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Exiliado

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  1. 24/7/2011 LA CIUDAD DEL OSO PANDA ¡Cómete el bambú, cómete el bambú…! Sala inmunda en la estación, Maribor. 5:40 AM Apenas han pasado cuatro horas desde que nos tumbamos con nuestros sacos en este antro mugriento, pero como estamos deseando salir de aquí cuanto antes, no nos importa demasiado madrugar. Aparentemente, ya no huele tan mal, lo cual achacamos a que nos hemos acostumbrado a nuestro amigo durante la noche. Sin embargo, en cuanto levantamos la cabeza nos damos cuenta de que el mendigo sonriente ya no está, y si podemos fiarnos de Garrido, salió huyendo de nosotros a eso de las tres. En realidad, no sabemos muy bien cómo tomarnos esto: ¿olemos terriblemente mal? ¿O en algún momento pensó que no estaba del todo a salvo con nuestra inocente compañía? En fin, no vamos a pensarlo demasiado. Más bien vamos a meternos corriendo en nuestro tren. El ambiente ahí dentro, en un tren internacional prácticamente vacío y desayunando precariamente en vasos de plástico, es mucho más agradable. No hace frío, hay periódicos gratis, y en la pulcritud del vagón se intuye ya la promesa de Austria, que en nuestras mentes es sinónimo de orden y precisión. Tenemos un folleto con los horarios de los trenes, que a priori nos hace mucha gracia, porque tiene unas horas muy peculiares, como las “6:17” o las “7:03” Y sin embargo, tan pronto arrancamos podemos comprobar que estos “alemanes de segunda” no tiene nada que envidiar a los del norte, y en cada diminuta estación provinciana el maquinista clava los horarios al segundo. Para gente criada en una ciudad con autobuses cada hora y sin horario fijo, resulta cuanto menos impresionante… El viaje se hace bastante corto y enseguida estamos pisando la estación de Wien Meidling. Me toca a mí cargar la pablo-chila hoy, así que me despreocupo totalmente de la ruta y nos dejamos guiar por el flamante GPS del móvil de Garrido. Durante un rato, no paro de quejarme (y lo hago siempre) de que con tanta tecnología ha muerto el romanticismo de los viajes ¿Qué fue de las horas perdidas en Verona dando vueltas a la ciudad con veinte kilos de peso? ¿Las discusiones en Roma que casi llevan al desastre por la ruta a seguir? Discutir y cargar peso bajo el sol de julio no parece muy “romántico”, pero al menos procurábamos que cada paso fuese por zonas interesantes. Y en efecto, la ruta por la que nos lleva Garrido es directa y eficaz, pero atraviesa un suburbio infinito y apestoso junto a las vías del tren. Un país serio, de gente seria, por fin... Por el camino, hacemos chistes mil a costa de la sorprendente fascinación de Rafa por Viena. El chaval es un músico consumado y apasionado del piano, y la simple mención de la ciudad le trae a la mente imágenes barrocas de conciertos a cuatro manos y Mozart deslumbrando a la corte, claro. Pero Rafa, no nos vamos a engañar… no vas a encontrarte ningún maldito piano por la calle, la mitad de la gente de la ciudad son guiris con el oído musical de un arenque en conserva y Mozart… bueno, Mozart era un capullo engreído al que en el siglo XXI le pegarían en el cole por moñas… La primera sorpresa que nos trajo Viena vino de la mano, o más bien zarpa, de un oso panda, presente en pegatinas en señales y coches. No sabíamos muy bien a que venía, pero pronto empezamos a ver carteles, más pegatinas, osos panda en carteles de publicidad… se estableció una especie de competición, que para cuando acabó el día estaba en un parcial de Pandas 17 – Pianos 2. La ciudad de Viena pasó de ser la capital de la música a ser la ciudad del oso panda, para desgracia de Rafa, que se picaba más y más con cada nuevo panda que encontrábamos. Asúmelo, hombre, un oso panda es considerablemente más mono que un piano, y mucho más abrazable. [N.d.E.: los osos panda son animales agresivos, territoriales y desagradables, con unos hábitos bastante asquerosos y que raramente son blancos y negros gracias a su costumbre de revolcarse en su propia orina. Pero bueno.] Al final. Por supuesto, llegamos a la calle del albergue, que gracias a nuestro estupendo alemán fue rápidamente rebautizada como “calle holocausto”, y entramos en él, un edificio antiguo de techo altísimo. Llamamos al timbre y salió a recibirnos una anciana señora de aspecto frágil y encantador, de las que es fácil imaginar con una bandeja de galletas y una taza de chocolate. Sin embargo, resulta ser más bien la madrastra de Blanca nieves, y con un inglés exquisitamente pronunciado y lo que Pablo luego calificará de “voz sexy”, la señora empieza a decirnos que nuestros motivos para cancelar la reserva el día anterior no son fuerza mayor y que tenemos que pagar la noche, aunque no hayamos estado. Obviamente, gente que duerme en la calle si hace falta no va a pagar por una noche que no hemos disfrutado, así que empieza una cruda negociación donde cobra fuerza la idea de salir corriendo sin más. Al final, in extremis llegamos a una especie de acuerdo que es más o menos un win-win. Moveremos la reserva, estaremos una noche más y pagaremos 35 euros por dos noches. No está mal para lo que pintaba la discusión, pero no deja de ser el albergue más caro que hemos pagado nunca, con la salvedad del primer hostal en Milán, hace ya cinco años, donde un paquistaní y su familia nos timaron miserablemente… La habitación está bastante bien, aunque un poco apretadas las cuatro camas, pero tenemos cocina, un baño bastante decente… lo suficiente para que se nos quite el mosqueo. Nos apalancamos un rato, porque estábamos bastante hechos polvo, hasta que el sentimiento de culpabilidad por pasar de Viena empezó a superar al cansancio, y entonces salimos a dar una vuelta. nuestra habitación desde la perspectiva de las pezuñas de Pablo Fuimos andando hasta el centro, porque así es como se conocen de verdad las ciudades, por supuesto, aunque la mitad del camino no tenía demasiado interés. De hecho, incluso era un tanto sórdido, con máquinas expendedoras de caramelos en la puerta de fábricas y talleres abandonadas, pero más adelante entramos en una calle comercial bastante más animada y a partir de ahí empezamos a creernos que estábamos en la capital de un país civilizado. Cuando empezábamos a entrar en el famoso Ring, nos asaltó una especie de jipy colgao con preguntas extrañas: -¿eh, eh, os gustan los helados?- Mientras nos preguntamos de dónde leches ha salido este tipo y porqué quiere matarnos/violarnos/robarnos un riñón, el tipo empieza a gesticular señalando a gente y soltando excusas hasta conseguir que miremos a donde indica. Y sorprendentemente, al final del tembloroso dedo del nostálgico de los 60 hay un montón de guiris comiendo helado en tarrinas. Así que seguimos sus indicaciones, y a la vuelta de la esquina encontramos una especie de fiesta diurna montada como promoción de Ben & Jerry’s. Maldita la gracia de comerse un helado con este tiempo pero... ¡es gratis! Pues imaginad el panorama, si esta es la que ha pasado la censura... Cargados con una cuantas tarrinas de helado, empezamos a recorrer el Ring en sentido horario con cierta parsimonia, refugiándonos en portales palaciegos cuando la lluvia nos impide caminar, porque por supuesto, hace un tiempo bastante asqueroso. The weather, que dirían los ingleses. Después de hacer más o menos la mitad del recorrido pensado para hoy, y ya saturados algunos de nosotros de tanto palacio barroco de pega con molduras de hormigón (excepto Rafa, que tiene cara de enamorado), y obligados por la lluvia, nos metemos en un típico café vienés en la plaza de la universidad, pasado el ayuntamiento. Palacio barroco del palo #143... El ayuntamiento y sus geranios son, hasta ahora, lo más original de la ciudad Visto lo visto, para ser Viena no es caro, y se supone que es casi obligatorio tomarse algo en algún café, pero los cinco euros por un café y un Apfelstrudel dolerán una temporada. Además, me siento indignado porque mi estupenda pronunciación (einen Apfelstrudel, bitte) en perfecto alemán de Mordor me ha conseguido una sonrisa de la camarera pero ninguna clase de descuento. Cuando la tormenta nos da un respiro, salimos a intentar terminar el recorrido, con Garrido rumiando entre dientes quejas infinitas por cualquier chorrada. Finalmente, llegamos al centro, a la plaza de San Miguel, donde yo me emocioné un rato hablando (sólo, por lo que parece) sobre las bondades de la Looshaus y sus líneas puras y modernas, sus ricos mármoles y la controvertida historia de su proyecto, construcción e inauguración. Todo esto, como cada vez que hablo de arquitectura, para nada, porque mientras tanto los indigentes culturales de mis compañeros están haciendo fotos a esculturas pseudo barrocas de escayola, o haciendo comentarios de alta escuela como “aquí huele a mierda de caballo”. En fin, sigamos… La famosa (para algunos frikis de mierda) Looshaus icono de la modernidad vienesa de princiCALLA DE UNA MALDITA VEZ, MARIO Después de recorrer algo más del centro y llegar hasta el Albertina, decidimos hacer un último paseo hasta Kartner Straβe (calle de la carne en alemán macarrónico del nuestro) y ahí ya volver al albergue, pero no fuimos capaces de ponernos de acuerdo en la ruta a seguir, nos separamos accidentalmente, y perdimos a Garrido. Seguramente sabrá buscarse la vida solo, así que no nos preocupa. Desde el Albertina, frente al hotel Sacher (el de las tartar) La lluvia y el frío han actuado limpiando la calle de guiris, así que podemos hacer la visita al exterior de la catedral de San Esteban y al templo de Zara que hay prácticamente al lado con calma. Una breve visita de paso a la “casa donde vivió Mozart”, que no es más que otra patraña para turistas y cuyo mayor interés es que de las rendijas del suelo salen los vapores de la calefacción y se está calentito, y de ahí al metro rumbo al albergue. Catedral antigua Catedral moderna lo más divertido que se podía haecr en la Mozarthaus: nada Cuando ya estuvimos allí, y no tardamos mucho porque el metro de Viena es acojonantemente veloz, nos pusimos a reflexionar en qué demonios íbamos a cenar, porque ya solo nos queda una triste caja de barritas energéticas Sirius y un par de salchichones. En estas estábamos cuando suenan unas llaves y por la puerta entra un grupo inequívocamente español, de madrileños para ser más exactos. Cuando se han instalado montamos una especie de coloquio en la cocina y averiguamos que vienen de (palabras suyas, lo juro) las cavernosas profundidades de Getafe, en el bajo vientre del inmundo sur de la capital. A pesar de venir de un lugar que nos pintan como los arrabales de Djibouti, son gente bastante agradable y maja y nos entretenemos todos un buen rato, hasta que el hambre impide seguir. A estas horas no soñamos ya con encontrar un supermercado abierto, pues ya han pasado las 9 y este es un país serio, así que nos conformamos con un típico puesto salchichero en la calle que da buenos resultados y engaña al estómago. Podríamos sentirnos culpables por estar alimentándonos de kebabs, bureks y salchichas, pero en vez de eso decidimos mirar el lado positivo del asunto. Así, intento imaginarme de que color serán los ojos del médico que me recete las pastillas del colesterol, y si serán suaves las manos del que me opere del infarto, y tan tranquilo. A la vuelta al albergue, nos espera una última sorpresa: más inquilinos. Viendo que son chinos, no tiene pinta de que se pueda sacar mucha conversación de aquí, pues es conocida la proverbial introspección y timidez de esta gente en el extranjero. O igual no, porque el chico (son una pareja) nada más llegar fue a la puerta del baño a esperar a Pablo, que en cuanto salió se encontró en la puerta a un asiático bajito y sonriente que le ofrecía la mano y no se estaba callado. Y es que no son exactamente chinos, sino de Hong Kong, y no tardan en demostrarnos que en la isla tiene un carácter, como poco, más abierto. En fin, la conversación nos dura hasta pasadas las doce, y después hacemos ruido un rato más, hasta que el sueño nos acaba de derrotar y nos vamos todos a la cama.
  2. 23/7/2011 LA LARGA MARCHA De cómo llegar a Viena no es necesariamente sencillo Hostal Azur, Ljubljana. 9:00 AM Una vez más, amanece en un país extranjero, el primero en el que disfrutamos de descanso en una cama. Cabría matizar varias cosas, claro, con respecto a la palabra "disfrutar", porque como todas las literas de albergue estas no tienen precisamente colchones de latex patrocinados por Constantino Romero, sino más bien jergones de campaña dignos de la primera guerra mundial. Además, los dos tipos que comparten habitación con nosotros tienen unas dotes musicales que son, como mínimo, impresionantes. En serio, uno de ellos tendría éxito como barítono. El otro sólo ronca mucho, pero al menos tiene cierto sentido del ritmo. En fin, al tema, que me despisto. Aun dormidos, nos turnamos para ducharnos y vamos pasando a la sala común-cocina-comedor-casino-chating room, con la idea de averiguar a que llaman aquí “desayuno incluido” Pablo ha ido el primero, y no tarda en volver a nuestra habitación con una advertencia “ojo con lo que decís, que me parece que entiende español” La respuesta de Rafa es inmediata y previsible: ¿Quién? ¿La tipa del desayuno? ¿Está buena? Todo ello en con un volumen de voz que ignora absolutamente el consejo de Pablo, claro. Pasamos a la sala y nos encontramos con la chica en cuestión, que debe estar en los veintitantos, y que está preparando unas cestas de mimbre monísimas con algo de fruta, un zumo, un bollo y cosas así en cada una. Entablamos conversación, con cieta prudencia al principio, haciendo gala de los típicos “good morning” en inglés macarrónico con acento nigeriano, pero tras cinco minutos, a alguno le da por preguntar de donde es, y resulta ser colombiana. Cabe preguntarse porque no nos ha dicho nada antes la chica, ya que obviamente hablamos español entre nosotros y tiene que habernos escuchado. Parece ser que hablamos “muy rápido, muy raro, y mal” No llegó a decir mal, claro, pero era fácilmente sobreentendible… La chica era muy maja, y desde luego tenía ganas de hablar. Estaba casada con uno de los dueños del albergue, esloveno, y tenían una empresa conjunta en la que trabajaba mientras se sacaba el master. Nos estuvo contando cosas de la vida en Eslovenia, de los proyectos de futuro que tenía y de cómo echaba de menos hablar en castellano. Según ella, el país es sumamente tranquilo, lo cual se traduce en aburrido, y la gente es un poco estirada. El idioma resulta poco menos que incomprensible para ella y el clima es muy lluvioso, lo cual le resultaba algo deprimente. Mientras pensábamos que esa chica en Galicia se colgaría de un árbol al cabo de una semana, acabamos el desayuno. La charla siguió entre los cuatro durante casi tres horas, hasta que nos acercamos peligrosamente al mediodía. Y digo los cuatro, porque Garrido apenas hizo una aparición estelar para tomarse un café, y volvió a la cama a seguir sobando. Al final, tuvimos que acabar la charla e hicimos el check-out. Recogimos todas nuestras cosas y marchamos a la ciudad de nuevo, caminando. Eran más o menos las doce de la mañana. Para cuando llegamos a la estación, el sol pegaba fuerte sobre nuestras cabezas, y nos metimos en el edificio buscando la taquilla donde comprar el billete a Viena. Estábamos bastante contentos, pues por fin íbamos a rentabilizar el carnet ISIC, que otros años se queda peligrosamente cerca de no servir para nada, con un ahorro de casi treinta euros en este billete. O esa era la teoría, claro. En otra jugada maestra del Cosmos, que controla los tiempos como nadie y sabe acecharte sin que te des cuenta, resultó que las plazas para ese billete con descuento en concreto estaban limitadas y, por supuesto, no quedan. Quizás mañana, dicen. O si no, pagar cerca de sesenta euros (que va a ser que no) En fin, de nuevo our gozen in a pozen. Nos apalancamos en una esquina de la estación, que por cierto estaba llena de españoles, a debatir la estrategia. Después de darle muchas vueltas a todo, de estar a punto de cancelar Viena y de pensar recorridos alternativos, decidimos coger el primer tren a Maribor. Al menos nos acercaríamos a Austria, y allí quizás tendríamos mejores oportunidades. Y veríamos una ciudad más, que siempre se agradece. Charlamos un rato con un chico que estaba viajando solo por Europa a golpe de interrail y que nos identificó como españoles gracias a nuestros gritos, y después empezamos a a pensar que deberíamos comer algo. Garrido y yo fuimos los encargados en esta ocasión de la intendencia, y fuimos a los ya famosos garitos 24 horas de enfrente de la estación. Inevitablemente, y ante la escasez de opciones, a cada cual mas desagradable, volvimos con lo peor que encontramos, unos bureks. Pero no unos bureks cualquiera, no. Un burek, plato tradicional en tierras balcánicas, puede ser un verdadero manjar, una especie de ensaimada de hojaldre rellena de queso, carne o manzana, segun la variedad. Pero estos no. Estos eran diferentes. Grasientos. Industrializados. Malolientes. Unos bureks tan malos que uno de ellos intentó morderme y todo de pura mala leche. Ya se sabe, in Soviet Russia, bureks eat you, y todo este rollo… Al final subimos al tren correspondiente dirección Maribor, que salía puntual poco después de las tres de la tarde. Quemábamos así una etapa más del viaje y la verdad, lo veíamos todo negro. Literalmente. Y es que tan pronto como los raíles giraron conduciéndonos dirección noroeste, apuntamos directamente a una inmensa y grandiosa masa de nubes negras, sumamente amenazadoras. Me parece que vamos a ir borrando los planes de tomar el sol. Como tantas otras veces, no lo sabíamos en ese momento, pero más nos habría valido bautizar esa tormenta, porque estaba a punto de convertirse en nuestra compañera de viaje más fiel. Y ya que no lo hicimos en su momento, me voy a permitir el lujo de hacerlo ahora. Es la tercera gran tormenta de los Vagabundos’ Tour, así que empezará por “C”. En ese caso, sugiero Camila. O Cordelia. Bah, qué leches, es mi tormenta, y quiero un nombre melodramático. Sera la Tormenta Cleopatra. Maribor. El cartel de la estación y tal... En un inútil intento por dejar de desvariar, resumiré que en un par de horas llegamos a la estación de tren de Maribor. Y prácticamente, ahí acabamos la excursión, porque la tormenta estaba en su máximo apogeo sobre nosotros, y la idea de salir a visitar la ciudad era poco menos que absurda. Lo primero, y para evitar problemas, fue comprar el billete a Viena. Tal como yo había predicho (¡¡¡Os lo dije!!! – dedo acusador – ) , el precio aquí era, exactamente, el mismo que desde Ljubljana, menos el precio del billete para ir a Maribor. Así la eleccion, teniendo a elegir entre pagar un pastizal y esperar a mañana por la mañana, se tomó sola. Haríamos noche en Maribor y saldríamos temprano por la mañana, para llegar a Viena antes del mediodía. Compramos el billete para los cuatro, mandamos un rudimentario email al hostal donde tenemos reservada habitación para esta noche, y trazamos un astuto plan magistral para el resto del día. Cogeríamos las cosas imprescindibles para pasar la noche, como los sacos de dormir, y lo guardaríamos todo en la mochila de Pablo, que este año hace de mochila común (la Pablochila la llaman) Como la estación no cierra, no necesitaríamos las quechuas, y dejaríamos todo en una taquilla en la estación, para no cargar con las cosas. La primera fase se cumplió sin problemas (dado que consistía en meterlo todo en la taquilla, no nos arrogamos mucho mérito), y a continuación nos dedicamos a hablar y hacer el tonto un rato, con la esperanza de que dejase de llover. Cuando llevábamos ya una hora haciendo el subnormal en la estación, Garrido y yo nos arriesgamos en un momento de aparente receso y hacemos una expedición a la estación de autobús, que es el edificio de enfrente, y donde contra todo pronóstico (es sábado y tarde) hay un Mercator abierto, así que compramos algo de comer y para desayunar mañana. Apenas volvemos a la estación, ya llovía de nuevo a mares. A medida que pasaban las horas, la situación pasó rápidamente de aburrida a rara, de rara a aberrante, de aberrante a tristísima y de tristísima a lamentable, a medida que hacíamos todo lo que se puede hacer en una estación para entretenerse. ¿Y que se puede hacer, diréis? Se puede jugar a las cartas, claro. Pero no será hoy, porque las hemos olvidado dentro de la taquilla, y ninguno quiere asumir el coste de volver a pagar tres euros por el despiste. ¿Emborracharse? Gran idea, pero todo está cerrado a estas horas de un sábado, y los posibles bares de la ciudad están a veinte minutos de lluvia torrencial. Así que agudizamos nuestro ingenio. Al fin y al cabo, somos un dos ingenieros, un publicista y un arquitecto, algo debería ocurrírsenos. Pensamos, pensamos, y pensamos. Y comenzamos una competición de levantarse del suelo con una sola pierna. Inventamos nuestro propio baile regional folclórico. Comimos todas las galletas que nos quedaban, y no eran pocas. Hicimos juegos de palabras con desenladrilladores, y perseguimos pasajeros para inquietarlos. La poca gente que pasaba, empapada, se quedaba mirándonos con caras de incredulidad, y en sus ojos se leía una súplica ¿Dónde está la policía cuando hace falta? Pero al final, hasta de hacer el imbécil se cansa uno, y la fiesta torno en apatía, sentados en una esquina o paseando. Hubo un único episodio más que nos entretuvo, y fue cuando, contra todo pronóstico dado nuestro aspecto de tiraos, dos chicas se acercaron a nosotros y empezaron una conversación en inglés. Sin duda, habían sido atraídas por el aura de magnetismo animal de Rafa y su apostura sin par, que bajo la apariencia de un chico sencillo y bohemio de aspecto cuidadosamente descuidado brillaba con fuerza, creando un conjunto irresistible. Disculpad un minuto, voy a guardar este billete de cincuenta euros. El caso es que se veía a la legua que no eran más que unas crías, que de ninguna manera llegarían a los dieciocho. Si su aspecto no llegaba para delatarlas, que si, cuando les preguntamos su edad cuchichearon entre ellas en esloveno, para después decir “diecisiete”. Ya nos es buena señal que tengan que consensuar su edad, pero además, aunque uno no es un experto en lenguas eslavas, si que se me los número hasta el cien en ruso, y lo siento, pero шестнадцать son dieciséis… A Rafa, por supuesto, no le importa en absoluto, y a nosotros para charlar un rato, tampoco, así que pasamos un rato entretenidos. Con las chicas eslovenas. Controlando a Rafa para que no acabe en prisión. Después de esto, milagrosamente hubo una pausa en el diluvio bíblico, y salimos corriendo hacia el centro. Ya había anochecido, pero dimos una vuelta por la ciudad, que por ser diminuta pudimos ver entera. Tiene buena pinta, y cierto ambiente a pesar de la noche terrible que hace, y al igual que Ljubljana no destaca por sus monumentos, pero está bastante bien. Cenamos en un sitio que servía poco más que kebabs, pero tenía formas de restaurante chachi y nos hizo sentir pequeño burgueses una vez más, aunque Pablo jura y perjura que sintió físicamente como se le estrechaban las arterias mientras comíamos la enésima comida asquerosa del viaje. Pero la tregua no podía durar, y una hora después empezaba a llover de nuevo. Volvimos a la estación y nos metimos en la sala de espera donde nos había asignado el jefe de estación para pasar la noche. Teníamos compañía, un vagabundo que ya habíamos visto por la tarde rondando la estación y que por lo que se ve, debe vivir ahí. Desgraciadamente, desprendía un intenso hedor, que incluso superaba al nuestro a chucho mojado, de esos a los que no te acostumbras fácilmente. Coñas aparte, estos episodios dan que pensar. Podemos quejarnos mucho de nuestras chorradas, pero aquel pobre hombre tenía que pasar por ello cada día. Tenía una herida bastante fea en un pié, y absolutamente nada más que lo que llevaba puesto encima, pero sin embargo se apreciaba que intentaba mantener la dignidad humana, razonablemente bien afeitado, sobrio y hasta sonriente con nosotros. ¿Qué es lo que hace que una persona acabe así? Debe ser muy jodido no tener una casa, ni un trabajo, ni familia que te cobije, ni amigos que te guarden… Cuando uno piensa en estas cosas puede quedarse un buen rato bastante tocado. Pablo especialmente estaba bastante enajenado con la situación. – Sea como sea, no quiero acabar así – repetía sin parar, mascullando entre dientes. – Lo que sea, pero acabar así no – A veces, llevar una vida de “pseudo-vagabundo” unos días ayuda a abrir los ojos. Se aprenden muchas cosas. En fin, no nos quedaba otra que irnos a dormir y esperar al día siguiente. Rafa tuvo una idea genial, y montó toda una cama con hojas de periódico para mantenernos separados del suelo asqueroso. Apagamos la luz, nos metimos en los sacos, hicimos lo que pudimos por acomodarnos al duro suelo, y cerramos los ojos. El olor, sin embargo, seguía ahí. El campamento en Maribor. Menos glamouroso que otras veces.
  3. Digo yo, que lo mismo os pongo un montón de fotos que sobran, y os cuento un montón de chorradas y anécdotas cutres que ni os van ni os vienen... si me estoy pasando de "personalista", decid algo, pero es que por defecto aquí soltamos rollo como si sólo lo leyésemos nosotros y tal... Por otro lado, ya que no escribo precisamente cada día, así al menos hay un buen cacho de texto que leer, xD
  4. 22/7/2011 GOLPE EN LA CIUDAD DEL DRAGÓN Asalto, lucha y conquista de la capital eslovena. Interior del parque Tívoli, Ljubljana. 5:00 AM El sol ni siquiera se ha planteado a salir todavía, y sin embargo ya tenemos a Garrido dando vueltas en la tienda. De hecho, no ha parado en toda la noche, pero esta vez parece más activo. Desvelado una vez más, le pregunto qué leches le pasa y dice que el suelo es una mierda, que no puede dormir, y que se larga. ¿Qué se larga? Si, se larga a la estación de tren, que abre precisamente a esta hora, a tomar un café o algo. En fin, que haga lo que le dé la gana, yo sigo sobando. Campamento de la primera noche, al amanecer Un par de horas después, el ambiente ya es diferente. Todos estamos ya medio despiertos y recogiendo las cosas. Garrido, que debe estar más aburrido que un pimiento en la huerta, hace su aparición estelar volviendo de la estación a donde ahora nos dirigimos todos para llamar al tipo del albergue y que nos venga a recoger. Una vez allí, desayunamos en una panadería, recogemos las cosas de las taquillas y esperamos la furgoneta blanca que nos llevará al albergue. Marko, el encargado de recogernos, llega puntual con un gracioso perro y montamos con las cosas. Todo estupendo, un ambiente festivo, e incluso el tipo se enrolla con unas cuantas palabras en español. No negare el mínimo momento de inquietud cuando la furgoneta salió de la ciudad y dejó los edificios atrás, pero mientas pensaba en cómo explicar en esloveno que tenía alguna extraña enfermedad genética que implica que mis órganos no tengan ningún valor, Marko realizó un último giro y se dispuso a aparcar junto a un edificio. El albergue es una casa en las afueras, con cocina, sala común y un par de habitaciones grandes con ocho plazas. En cuanto pagamos y nos asignaron camas, echamos un vistazo alrededor y comprobamos la no presencia de personas de cromosoma repetido, lo cual siempre es una lástima. De hecho, los únicos seres vivos son un grupo de rubitos con pinta de austríacos o similar, que podrían tener puesta más ropa por cortesía hacia los demás, y que no tienen pinta de querer salir a visitar la ciudad precisamente… Escribiendo esto que estáis leyendo, en versión taquigráfica En fin, nosotros a lo nuestro, que de momento es ir al supermercado a comprar algo de comer, cerveza, champú y jabón. La parte más divertida, contra todo pronóstico, no es la de la cerveza, sino la del champú, y es que en este curioso país tienen decenas de variedades de champús a cada cual más curioso: chocolate con naranja y rosas, claro, pero también caramelo, o el que finalmente cogimos: sabor (olor) a caipiriña. Conseguido este primer objetivo, volvemos al albergue, nos pegamos una ducha (no recomiendo probar estos champús: no saben realmente a lo que anuncia… sólo a jabón) y nos vamos al centro. Siguiendo la tradición, pasamos de autobuses y similares medios de transporte no gratuitos y cobardes, y el centro resultó no estar al final tan lejos, aunque por el camino nos dio tiempo a parar en una panadería y a comernos un delicioso y grasiento Burek, y a ser humillados por la panadera de sesenta años y su excelente inglés, claramente superior al nuestro. Primer Burek del viaje. Aun es fácil imaginarse las arcadas de Pablo... Una de mis prioridades en cuanto llegásemos a la ciudad era localizar alguno de los sitios donde podría hacerme el famoso carnet ISIC de estudiante internacional, puesto que soy el único que no lo tiene de los cuatro gracias a la maravillosa gestión de las oficias en Barcelona. Esa parte fue muy divertida en su momento, aunque quizás no merece la pena extenderse en detalles. Se puede resumir en que aparentemente en toda la provincia de Barcelona se acabaron los cartoncitos para hacer tarjetas de estudiante, y gracias a eso, voy a ser el único pringao sin descuentos. Pero eso se va a acabar. Cuando llegamos al centro y nos plantamos en una de sus plazas principales, a todos nos vino a la mente enseguida la misma palabra, que se puede utilizar en infinidad de ocasiones para describir todo lo que tiene que ver con Eslovenia: agradable. ¿Agradable? Si, agradable. Creo que esa es la palabra. Pues eso, que es agradable, ¿no? Vamos, que todo guay... Y es que a poco que empieces a caminar por el centro histórico, estupendamente conservado, es muy fácil pensar así. No es un centro muy grande, al contrario, toda la ciudad es bastante pequeña. Durante el resto de la mañana, caminamos bastante, y llegamos a salir de las zonas más turísticas y a adentrarnos en algunos barrios en la zona por detrás de la universidad de medicina y en calles con tiendas rollo punkarra, por lo que desde luego no se puede decir que sea una ciudad gigantesca. Verde era mi valle... y eso que esto es en el centro... Sin embargo, al contrario de lo que pasa en otras ciudades pequeñas, no transmite ninguna sensación de provincianismo o de pueblo. Mantiene perfectamente su carácter de capital de un país, e incluso tiene barrios céntricos con edificios nuevos y de considerable altura, pero eso no impide que en todo momento mantengas la sensación de controlar la escala de la ciudad. Es manejable. Como a cualquier capital, no le falta de nada, desde tiendas hasta bares, fuentes y rincones, plazas y parque; pero todo parece estar más o menos a mano. El puente triple Mercado de fruta/convención internacional de abejas y avispas No lo vamos a negar, como capital no tiene nada que hacer contra muchas otras, enormemente más imponentes, como, que se yo, Roma, Berlín o Praga. Pero las pintorescas casitas de colores, las plazas con césped verde bien cortado o el fantástico espacio central que se forma delante del puente triple tienen su propio encanto particular. Incluso la aparatosa Stoa de estilo pseudo griego, que en otro sitio podría ser pretenciosa o incluso vulgar, aquí forma un delicioso paseo a lo largo del río, con puestos de mercadillo y restaurante que, por supuesto, no podemos ni soñar con visitar con nuestro presupuesto. El amago de Stoa griega del palo Vistas del río desde diferentes puentes, todo muy romántico y chachi Cuando pasamos por la zona nueva de la ciudad, localizamos (no sin dificultad y tras un buen rato) una agencia de viajes que podía hacerme el ISIS. Me costó el doble de lo normal en Vigo, doce euros, y un buen rato explicándoles mi matrícula, que tomaban por una factura cualquiera, pero a cambio pude conseguir un estupendo carnet que me permitiría coger el tren a Viena al precio con descuento que nos habían dicho por la mañana. Conseguido este gran éxito, nos recompensamos a nosotros mismos con unas cervecitas en una terraza tan céntrica como cara. Garrido pidió al azar, y le trajeron una cerveza con zumo de no-se-que, que no le gusto una mierda. Para acabar de arreglarlo, una avispa decidió darse un bañito en su vaso. Con la remota esperanza de que el camarero le pudiese traer otra cosa, le llamamos, pero lo único que trajo fue un nuevo vaso, donde hizo el transvase. Ni siquiera habíamos empezado a beber de nuevo, cuando otra nueva avispa se metió también en este vaso. Ya por seguir la coña, le dijimos a Garrido que pidiese otro vaso, pero decidió pasar del camarero y de la cerveza. Una lástima, porque aun vino una tercera avispa, y habría estado bien poder pedir un cuarto vaso. Oh, si, lo se, es una absoluta estupidez, pero en el momento, parecia totalmente descacharrante... Primera cervecita, desgraciadamente en vaso pequeño. Bueno, vale, no es la primera... Tu amigo Chuck te recomienda que lleves una vida sana. Hazlo o te matará. El famoso dragón de Ljubljana es canijo y está rodeado de semáforos y cables Aproximadamente a media tarde, nos entretuvimos en el mencionado puente triple con la actuación de un tipo singular con barba de chivo, calcetines negros y rojos por las rodillas y un micrófono, que tenía una labia increíble y que estaba caldeando el ambiente para un espectáculo de malabares. Decidimos quedarnos un rato a ver qué tal se le daba, pero Garrido no aguantó ni diez minutos y nos dijo que prefería irse el sólo a ver el castillo si nos íbamos a quedar ahí. A mí el susodicho tipo intentó elegirme como “voluntario”, pero como tenía toda la pinta de querer engancharme a un arnés con otros tres tipos para que sujetásemos una cuerda con su peso encima, me mantuve discretamente al margen. Es decir, que le mande a paseo haciendo aspavientos mientras retrocedía poniendo caras y diciendo “ni de coña tío, no te me acerques”, mientras el público me abucheaba… Al final, estaba yo en lo cierto, y los cuatro afortunados estuvieron media hora aguantando el peso del funambulista a pulso. Nosotros estuvimos un rato más, y luego marchamos al castillo antes de que le diese por pedir dinero. A partir de aquí, todo un mundo de posibilidades se abrió para Pablo... Por el camino, encontramos una zona que parecía de bares y de marcha, incluyendo un garito que nos llamó poderosamente la atención por su sugerente nombre pensado para atraer público hispano. Subimos al castillo y estuvimos un rato dando vueltas por los distintos recintos, la capilla y todo lo que fuese gratis, y quedamos bastante contentos con la visita. Desde arriba nos pusimos en contacto con Garrido, que estaba volviendo al albergue después de bajar del castillo. Quedamos en que nos veríamos para cenar, y empezamos el descenso nosotros también. Vistas desde el castillo e interior del mismo. De vuelta al hostal buscamos un supermercado, uno de esos “Mercator” que dominan absolutamente el panorama de la compra venta. Teníamos la sensación de estar siendo bastante eficaces en nuestras tareas hoy, pero cuando estábamos a punto de entrar en el supermercado, una señora a la que llamar mayor sería un halago, metida en un chándal rosa y con zapatillas moradas nos adelantó tranquilamente por la izquierda. Fue un momento bastante traumático, que nos hizo darnos cuenta del ritmo post-menopáusico que llevábamos y que ayudó bastante a entender por qué Garrido se había marchado esta tarde, la verdad… Compramos algo de pasta, nata y champiñones y volvimos al albergue. Cenamos abundantemente, bebimos abundante cerveza y se nos hizo tarde en la sala común diciendo chorradas, pero no estábamos muy motivados como para irnos de fiesta al centro, porque queda bastante lejos y además, haber dormido ayer en un parque no ayuda mucho. Así pues, a eso de las dos de la mañana estábamos todos en cama, acumulando fuerzas para otro día que se preveía movidito.
  5. Gracias por leernos, la gente del foro que nos presta su tiempo es el verdadero sentido de estos diarios. Respecto al Prat, no hace falta que lo jures, pase como un mes estudiando el urbanismo del Prat y ya se lo que se cuece por ahi... en realidad, no llegamos a salir de terrenos de Aena, simplemente nos apartamos del meollo del aeropuerto. Hemos comprobado con el tiempo lo curioso que resulta como algunos sitios quedan completamente abandonados de noche, vamos, que ni polvo se puede encontrar ahi, mientras que a lo mejor a 200 metros hay un nido de criminalidad y drogas... son muy curiosas las ciudades...
  6. 21/7/2011 EL VIAJE DE LAS TRES PARADAS De cómo Eslovenia cayó al fin. HQ Vagabundo’s Team para España Oriental, Barcelona. 6:50 AM En algún momento indeterminado de la noche, antes para unos que para otros, todos dejamos de escuchar a Rafa. El siguiente ruido, que pareció sonar apenas un instante de que cerrásemos los ojos, fue el ominoso pitido del despertador del móvil. ¿En serio ya son las 6:50? Me meto en la ducha, mientras a mí alrededor empiezan a liberarse energías a medida que todos nos despertamos. En teoría, tenemos que salir de casa a las 7:30 para ir al metro, y de ahí, a la estación de tren. Sin embargo, no parece demasiado probable que lo consigamos, dado que a las 7:29 aun estamos recogiendo cosas aquí y allá por la casa. Zafarrancho de combate en el piso franco. A pesar de todo, la experiencia es un grado, y después de otros tres Tours, y decenas de aviones cogidos en Barcelona, tenemos bastante bien calculados los tiempos, y llegamos primero al metro, seguidamente a la estación, y por fin al aeropuerto, sin ninguna dificultad y a tiempo. Pasar los controles y facturar las maletas resulta absolutamente rutinario, lo que resulta un tanto decepcionante, pues esperábamos por lo menos que Rafa o Garrido pitasen un poco en un arco o que les registrasen. Finalmente, sin apenas retraso a pesar de tratarse de Ryanair, despegamos rumbo a Venecia una vez más. No puedo contar gran cosa del vuelo, que en cualquier caso no es como si tuviese el más mínimo interés, porque como demostraría a lo largo de todo el viaje, he desarrollado una habilidad impresionante para dormirme en cualquier lugar y en cualquier postura, y especialmente en medios de transporte. En cualquier caso, salió todo bastante bien, las mochilas salieron a tiempo sin que las facturasen a Vladivostok ni nada por el estilo. Al contrario de lo que pueda parecer, toda esta sucesión de cosas saliendo bien no nos estaba gustando en absoluto. Ya conocemos como va esto, y lo único que estamos haciendo es meter balas en la ruleta rusa del Cosmos. En cualquier momento puede pasar cualquier cosa, hay que estar precavidos. De hecho, el primer susto no tardó apenas en llegar. Nada más salir del aeropuerto, en donde debería haber un autobús “gratuito” para llevarnos al centro, en su lugar encontramos un cartel indicando que, justamente hoy, hay huelga nacional, y que los transportes no están garantizados precisamente a la hora en la que estamos. Primera jugarreta del cosmos. No es crítica, de momento. Tuvimos que esperar cerca de media hora al único autobús que se dignó en aparecer, y al que subimos aproximadamente mil seiscientas personas con sus respectivas mochilas y maletas, de las cuales pagaron aproximadamente cinco: una especie de rapero del Bronx retirado, una japonesa despistada, un señor con peluquín, Garrido y yo. Ahí, haciendo el canelo… Cuando llegamos a la estación de tren de Mestre, lo primero que hicimos fue dejar a dos aparcados en una esquina vigilando las mochilas, y mandar a otros dos a las taquillas para comprar los billetes. Después de una breve espera, llegamos al final de la cola, y todo parecía ir bien. El colega de la taquilla sonreía y nos pedía los cien euros de los cuatro billetes, pero cuando ya los teníamos sobre la mesa, y sin cambiar la cara de chulito italiano tipo nos dijo que, (oh, que pena) el tren estaba completo. En realidad, ni siquiera nos sorprendió, y tal como son las cosas, le pedimos directamente billete a Trieste, la bienquerida ciudad eterna segundona. Al salir, fuimos a los callejones siniestros que se abren por detrás de la estación. Allí esperábamos encontrar nuestro kebab de confianza de la anterior ocasión, y nuestros queridos antros nigerianos de trapicheo de drogas, donde como casualmente venden agua y refrescos a buen precio. Desgraciadamente, el sitio ha cerrado, asi que nos fuimos hasta un parquecillo cercano donde Garrido y Pablo afirman haber visto otro kebab. Arrastramos todas nuestras cosas hasta allí. Efectivamente, había un kebab. Un kebab chino. Un momento, un momento Pablo… ya sabemos que este es un barrio de inmigrantes, y eso está muy bien y tal pero… ¿un kebab chino? Uff… Al final, nos quedamos en una especie de parquecito anexo, el típico parque lleno de gente tirada sin oficio ni beneficio, y recurrimos a un supermercado y a otro kebab, también chino, pero con mejor pinta (es decir, sin máquinas de juego ni reuniones de las tríadas dentro) A eso de las tres fuimos a la estación y Rafa y yo nos lavamos los dientes en el mugriento baño disponible. Apenas faltaban diez minutos para la salida del tren, cuando una joven de cierto kilometraje (me temo que tendremos que explicar eso más adelante…) tambaleó ligeramente y luego se desplomó, fulminada, en el suelo. Vaya. Después de unos segundos que se hicieron eternos, las reacciones fueron diversas. En general, varias personas se lanzaron sobre la chica para ver que le pasaba. Rafael, voluntarioso y servicial, rápidamente le sostuvo la cabeza en alto, una actitud altruista que probablemente escondía la intención de pillar cacho. Pablo ya la daba por muerta y estaba flipando bastante, y Garrido aprovechó que siempre tiene el móvil en la mano para filmar el suceso (¿periodismo ciudadano o morbo made in youtube?) Por mi parte, yo estaba convencido de que era un truco para distraer al personal y robar, asi que me quedé cerca de las mochilas. Al final, resultó ser una especie de insolación o algo así, y después de otro amago de desvanecimiento un par de policías se la llevaron. En fin, anécdotas al margen, subimos al condenado tren y pasamos el par de horas hasta Trieste jugando a las cartas y durmiendo. Zona costera de Trieste Llegamos, fuimos a la estación de autobuses, que está justo al lado, y descubrimos que hoy solo hay un único autobús. Al final, escoger el tren de las 15:23 ha sido una suerte, porque con cualquier otro nos habríamos quedado en Trieste. Probablemente para siempre… En la hora y media que tenemos hasta la salida, Rafa y yo fuimos a dar una vuelta por Trieste, donde se estaba preparando alguna clase de festival, comimos unos helados y nos volvimos. Es una ciudad curiosa, Trieste. En la primera visita, nocturna y hace dos años, nos pareció casi de mentira, como decorados de teatro. Hoy nos parece una ciudad interesante y agradable, aunque sigue pareciendo artificiosa, y de hecho, en cuanto sales de las calles principales los edificios pasan a ser casuchas en medio de solares vacios, pero bueno... Plaza principal de Trieste. Pasamos el tedioso trámite de los pasaportes (el autobús es Búlgaro) y subimos, rumbo por fin a Eslovenia. Casi dos horas después, llegamos a Ljubljana. Lo primero que hice, con aires de Presidente de algo o enviado divino, fue arrodillarme y tocar el suelo, tierra eslovena, cinco años después del primer intento. Encontramos las taquillas, enormes y baratas, dejamos todas nuestras cosas menos las tiendas de campaña y cuatro cosas más, y nos fuimos a cenar algo a los garitos que hay enfrente de la estación. Allí cayó el segundo kebab del viaje. Después, y siguiendo el plan original, dimos un paseo hasta el parque Tívoli, en el extremo occidental de la ciudad. Ya era noche cerrada cuando llegamos, así que buscamos rápidamente un rincón entre una arboleda, nos aseguramos de que un vagabundo que merodeaba por ahí se había marchado, y montamos el campamento. No mucho después, estábamos durmiendo. Primera acampada. Nos falta el cartelito del #15M.
  7. Bueno, vamos a empezar con esto de una vez. Al menos, pondré el primer capitulillo, un prólogo introductorio que no os a a interesar a ninguno, xD, pero bueno, como entre otras cosas escribimos para nosotros mismos, pues mala suerte. Os ahorro las fotos (porque lo único que hay son personas semidesnudas comiendo). Espero mantener un ritmo de actualización decente y dejarlo acabado a lo largo de Agosto y no dejar que se estanque malamente. Sin más, bienvenidos al diario del Vagabundos' Tour 11. Gracias por leernos. Vagabundos' Tour 11 Atila, los hunos, y cuatro gallegos chungos DÍA 0 - Operación Burek Tormentoso. 1:30 Hora Zulu. Barcelona, Spain Deben ser aproximadamente las 2:40 de la mañana cuando el sonido irritante del telefonillo interrumpe mis divagaciones filosóficas y demás excusas para no centrarme en acabar de preparar la mochila (porque no, no está preparada, aunque el vuelo a Venecia sale en horas) Los otros tres vagabundos han conseguido llegar, no sin esfuerzo y tras dos horas largas de autobuses y transbordos, a mi pequeño pero acogedor pisito en Barcelona. Siguiendo el intenso olor de lasaña a medio quemar que se escurre por el patio y que pretende ser la cena, suben las escaleras y aporrean la puerta. Es cosa de abrir la puerta, y sin ritual ninguno en menos de cinco minutos mi refugio se convierte en una guarida zerg llena de porquerías por todos lados. Suena la alarma de grandes mamíferos sueltos, y aparece Garrido bramando por una toalla, quiere darse una ducha como sea, aunque tenga que arrasar con lo que pille en su camino. Pablo, mientras tanto, está abriendo todos los cajones y armarios que encuentra, es el único que no ha estado en este piso y quiere controlarlo todo. Rafa, aparentemente más relajado, está en una esquinita del salón huroneando en su mochila. Con Garrido en la ducha el ambiente se tranquiliza y empiezo a servir la lasaña. Rafa lleva un rato ensimismado mirando la espalda sin camiseta de Pablo, pero antes de que podamos decirle nada, se adelanta diciendo: - ¡Eh, se te nota la columna vertebral! - Mmm… si, claro, es lo que pasa cuando eras un vertebrado… - Pues a mí me gusta mucho que se note la columna en una espalda… -empieza a ser un tanto inquietante el diálogo- eh, no me entendáis mal, quiero decir que me gustan mucho las chicas con columna… Como es fácil de imaginar, a esto sólo le siguió un silencio incómodo y un cambio de tema. Aún no lo sabíamos, pero con este genial comentario, Rafa inauguraba una potentísima ser de frases que acabó mereciendo el nombre genérico de #turismorafa, en alusión al célebre caso del palurdo de Bisbal auto humillándose en twitter unos meses atrás. Finalmente, nos acabamos la lasaña, montamos el sofá cama y nos vamos a dormir. Son aproximadamente las 3:30, lo cual nos deja algo así como tres horas para dormir, pero aun así, creemos que merece la pena poder ducharnos y desayunar bajo cubierto y no habernos quedado a trasnochar en el aeropuerto. Acompasados por los primeros ronquidos de Rafa, que son casi una tradición, cerramos los ojos pensando en mañana. Esto está en marcha.
  8. Hola de nuevo! Estamos de vuelta en Galicia, sanos y salvos (más o menos). En breve comienzo la redacción del diario, y en cuanto tenga las fotos, empiezo a publicar capítulos del diario. No hemos cumplido exactamente el plan al 100%, pero podríamos decir que casi todos los objetivos se han conseguido y que ha sido en conjunto totalmente satisfactorio. Tenemos historias unas cuantas para quien quiera escucharnos. Paralelamente, hemos decidido fliparnos un montón e institucionalizar nuestra marca registrada "Vagabundos' Tour". Mientras la factoría china en Sichuan que hemos subcontratado termina de fabricar el merchandising, anunciamos aquí el estreno de la cuenta en twitter (arroba) MrVagabundo , donde iremos haciendo un reporte con cierta gracia y en diferido del viaje completo, día a día. Esperamos que os interese, y en caso contrario, que mintáis como bellacos para subirnos la moral. Un saludo
  9. Buenos días pueblo del foro. Llevo fuera de esto una temporadita, pero vuelvo dispuesto a poner remedio a tan larga ausencia. Y como primera acción, anuncio oficialmente y con cero antelación el... ¡¡¡Vagabundo's Tour 11!!! Después de haber abandonado la tradición del tercermundismo europeo el año anterior, volvemos con renovadas fuerzas y absoluta improvisación un año más para quien quiera escucharnos. Este año varios records podrían ser batidos: sin ir más lejos, cada año empezamos a montar los viajes entre enero y febrero, mientras que este año hemos empezado... a finales de junio! Bien! Hemos pagado un cierto sobrecoste en los vuelos por nuestra ineptitud improvisación espontanea, así que habremos de compensarlo con un gasto menor en alimentos y alojamiento. El viaje de este año tiene por objetivo completar en cierta medida las tierras centroeuropas, y abarca los siguientes territorios y escalas: Eslovenia: - Ljubljana - Lago Bled Austria: - Viena Eslovaquia: - Bratislava Hungría: - Budapest - Pecs - Szeged - Debrecen - Lago Balaton Rumanía: - Cluj-Napoca Como veis, principalmente nos ocupamos de Hungría, como otros años nos ocupamos de Italia o Chequia. La tierra de los hunos se va a enterar de lo que son los gallegos... La improvisación, en esta ocasión, es máxima: el plan inicial implica viajar a Venecia, que era más barato, llegar hasta Ljubljana de algún modo todavía desconocido, dormir en una Quechua en un parque, visitar la ciudad, dormir en cualquier otro sitio, ir como se pueda a Bled, dormir junto a la orilla en una Quechua, llegar como se pueda a Viena y apalancarse en algún sitio... si nada le pone remedio, esto ya implicaria llegar a Viena con 3 días de mugre en la piel y 3 noches de mal dormir... en fin... La idea una vez pasemos la agitación inicial es apalancarnos en albergue cutrérrimo en Budapest y hacer expediciones por Hungría, con una visita final al supuestamente precioso norte de Rumanía para coger un vuelo en Cluj-Napoca que nos acerque en la medida de lo posible a España. Esta es la teoría. Probablemente, cualquier parecido con la realidad más adelante sea mera coincidencia, pero eso lo contaré en el diario que seguirá a este post, diario que prometo completar, y al que después seguirá la finalización del anterior, que en su estado actual supone una vergüenza para mi estirpe. Sin más, un saludo a quien ande por aquí, yo marcho hoy mismo, día 19, a Barcelona para preparar el inicio, mis compañeros van allí el 20, y todos juntitos en amor y compañía a Venecia el 21 por la mañana. Si todo sale bien, el 6 de Agosto estaremos en Barcelona de nuevo. Son solo 15 días, pero es que el club Bilderberg anda especulando con la deuda de mi cartera y se han puesto los CDS de mi financiación por las nubes, así que toca apretar. Os pediría suerte, pero la suerte es para perdedores, mejor mandadnos fondos vía Paypal o rezadle a Cthulhu por nuestra carne mortal. Buscad noticias nuestras aquí en breve, o los informes de la morgue. Un saludo, y gracias por la atención, los vagabundos: Mario, Rafa, Garrido y Pablo
  10. primero de todo: estoy asumiendo que hoy en día más o menos cualquiera puede tener adsl si alguien tiene problemas con la cantidad de fotos, decid algo, y las reduciré, dividiré en varios post... lo que sea Respecto al tiempo entre post y post... para que decir nada... en fin, al menos estoy aquí, y con la firme intención de acabar mis dos diarios abiertos. Un saludo! 24 de Julio Día 21 – Cada oveja con su pareja, y los arquitectos entre rejas El día de hoy rompe la tradición de los demás días. Esta vez no salimos los cuatro junto, como grupo, a visitar algún lugar o a seguir alguna ruta. Berlín es una ciudad enorme, y sobre todo, enormemente estimulante. Cinco días apenas han sido suficientes para ver los más elemental entre lo básico, y anoche quedó claro que sería difícil llegar a un acuerdo satisfactorio para todos. Cuando parecía que el consenso nunca llegaría, recordamos de repente que no estamos en una excursión escolar y que ya somos mayorcitos como para hacer cada uno lo que nos apetezca, aunque desde luego, no hemos tenido ningún mal rollo entre nosotros. Por lo tanto, esta página del diario cambiará forzosamente de formato. Tendré que limitarme a explicar a donde fui yo, y de los que hicieron mis compañeros, a la espera de que escriban su propia versión, apenas puedo hacer alguna referencia. Advierto desde ya, yo solo, con una cámara, en una ciudad como Berlín, a unas horas en que no hay turistas... no nos engañemos, me ha costado horrores eliminar fotos, y hasta me ha dado pereza escribir letras por el medio para rellenar huecos... El día empezó, desde luego, muy temprano para mí. Anoche nos torturábamos ante la idea de no salir de fiesta a romper con todo, queda como una herida en el espíritu joven, pero mientras paro el despertador para no arruinar el sueño del resto de los compañeros de habitación, me siento menos culpable. Mientras me voy con mis cosas a la ducha, guardo en la mochila la cartera, la tarjeta de la habitación y el móvil. La pantalla aun brilla con el pequeño reloj digital de fondo. Marca las cuatro y dos minutos. Veinte minutos después, camino aceleradamente con el cuello subido hacia la parada del metro de Frankfurter Allee. El eficaz sistema de metro berlinés apenas tarda diez minutos en dejarme en Potsdamer Platz, donde empieza la ruta que tengo pensado seguir. Si quedaba alguna duda acerca de las motivaciones que llevan a alguien a levantarse a las cuatro la mañana siguiente a beberse dos litros de cerveza y con solo tres horas de sueño, todas se disiparon en un suspiro. Si la panorámica de la plaza ya es bastante impactante en un día normal, con las calles absolutamente vacías de personas y coches, la experiencia alcanza un nuevo nivel de satisfacción. El verde del césped, brillante de rocío, el sol naciente reflejándose en los afilados ángulos de acero y cristal de los rascacielos, el color rosado de la piedra que cuelga de las fachadas, suponen una satisfacción profunda en alguien que pretende llegar a arquitecto algún día. Exultante, recorrí la plaza sacando foto tras foto, hasta que el reloj, implacable, me dijo que debía comenzar a moverme para cumplir los objetivos del día. Comencé a caminar hacia el barrio diplomático, donde decenas de países compiten entre sí por construir embajadas que demuestren las virtudes de cada uno, en un delirio arquitectónico de vanidades que lleva a formas como las pastelosas embajadas de Italia y Japón, el llamativo pabellón de la ciudad europea de la cultura Essen 2010, la verdosa colaboración de las embajadas nórdicas y la engañosa fachada que despliega México. Omito los detalles de muchas más en estas páginas, que imagino que no interesan demasiado al común de los mortales, entre ellas la filarmónica de Scharoun, los almacenes de la Bauhaus, sedes de partidos y embajadas menos llamativas como la India o Emiratos Árabes. La filarmónica de Scharoun embajada de México embajada de los paises nórdicos Seguí caminando por una de las avenidas que atraviesan Tiergarten hacia la columna de la victoria, con dirección al Reichstag, pero me vi interrumpido por un despliegue colosal de vallas metálicas y camiones que acordonaban la zona justo en ese momento. Son las seis de la mañana, y por culpa de alguna clase de evento chorra pero que debe involucrar a alguien importante, tengo que rodead medio parque (y no es pequeño) hasta que aparezco por arte de magia en el edificio ovalado donde me parece que vive la señora Merkel. Futuro escenario de lo que sea que están montando. Ni un alma por aquí, decenas de policías detrás Kongresshalle Sigo el camino, llego al río, y ante mí el Kongresshalle con su cascara de hormigón. Hoy en día ni siquiera es legal construir algo así, y dicen que progresamos... Después, espero ante la puerta totalmente vacía del parlamento a que empiece el horario de visitas y subo a la famosa cúpula de Foster, solo para encontrarme con que he ido a acertar con uno de los dos días al año en que la cierran para limpiarla. Pero no importa, mi ánimo sigue alto, disfruto de las vistas de la terraza y me acerco a la puerta de Brandemburgo, donde hay un despliegue policial acojonante. En serio, ¿Qué demonios van a hacer en Berlín hoy? La ruta turística lleva a la estación de tren nueva, que había visto en documentales, y que aunque aparenta estar a tomar por culo de la civilización, es bastante accesible. Cuando llego, hago le que haría cualquier persona normal que va a una estación de tren sin intención de coger un tren: mirar para el techo. parte del despliegue de camino a la estación de tren Durante un buen rato, me pierdo en detalles de encuentros, sujeciones de paneles de vidrio, entramados de acero… poco a poco, me doy cuenta de que los usuarios decentes empiezan a mirarme con cara extraña… con un pequeño esfuerzo mental, es posible imaginarse lo que seguramente están pensando - ¿Qué hace este tipo aquí, mirando las paredes? - ¿Le has visto la cara? Creo que es del este… - Si, ahora que lo dices… debe ser uno de esos albanokosovares que huyeron de la guerra - ¡Míralo, míralo, está contando con pasos la distancia entre dos columnas! - ¿Crees que es un terrorista? - Que quieres que te diga, ahora mismo, ojalá sea un terrorista… con esa mirada de maldad, es lo menos malo que puede ser… - ¿Llamo ya a la polizei? - ¡Ja, ja, ya estas tardando! ¿Es que nadie va a pensar en los niños? Hostigado por las miradas, entro en una pastelería, donde finjo leer el menú, y luego en tienda de libros y me compro un donut. Por si acaso, será mejor que salga de aquí cuanto antes. in da puerta Desde la puerta de Brandemburgo de nuevo poco después, por fin me entero de lo que pasa aquí hoy. Se trata de un señor, que parece ser el senador de Illinois, que quiere presentarse a presidente de Estados Unidos. Pero… ¡es negro! Bah, menudo patán, no tiene la más mínima posibilidad. Normal que se vaya a hacer campaña a Europa. En cualquier caso, es un progreso. Hace como cincuenta años que les dejan ir en autobús, ahora les dejan hacer campaña. Dicen que de aquí a dos años podrán ir al colegio, si un buen republicano no lo impide antes. Lo que es aquí, eso sí, levanta pasiones, porque hay gente por todo lados (creo que dan cerveza gratis en algún lado). Apenas se puede pisar un poco de asfalto remoto, se le puede ver por las pantallas. Creo que ahora mismo está haciendo un monólogo. Es una lástima, porque esta mañana he estado justo allí, y ahora podría estar en primerísima fila… bueno, da igual, ya le oiré cuando le inviten a noche sin tregua. si, esta es la octavilla chunga, que tengo ahora en mi casa Como no tengo nada mejor que hacer, y andar es gratis hasta la próxima subida de impuestos, vuelvo a la zona más céntrica y hago un trozo de la ruta nazi, visitando las ruinas de una estación donde deportaban enemigos del estado y malvados comunistas. También una tienda de campaña con pinchos que es la prima-hermana rica que vive en la Moraleja de nuestras quechuas. la quechua grande A estas horas de la tarde, porque ya son las cuatro o así, me estoy muriendo de hambre. Y mientras pienso donde comer y visito promociones de vivienda de protección oficial de los 50 (si, ya sé que es triste) me cruzo por el camino con nada más y nada menos que Rafa. Como Berlín es una ciudad pequeña… Me cuenta que viene de visitar el museo de los instrumentos musicales (sic), y tampoco ha comido, así que vamos hacia el sur, a la zona (un poco más) turca de la ciudad, a comernos unos kebabs. El kilometraje por hoy ya ha sido bastante, pero si alguno se cree que esto va a acabar aquí, ya puede ir poniéndose cómodo. Porque nada más acabar de comer, nos tragamos de una sentada el todo el museo de la tecnología, con sus maquinas, barcos, trenes, aviones… Algo así como dos horas de pateada acelerada por un edificio inmenso, que se puede resumir muy rápidamente en tan recomendable como friki. Vale, ya cierra el museo, y ¿ahora qué? Pues según la guía, tenemos abierto aún a estas horas el museo judío, y poco más… ¿Nos interesa la historia y cultura del ancestral pueblo judío? No especialmente… ¿Somos filonazis concienciados que quieren conocer a su enemigo? Pse… Rafa tiene algunos problemillas con los ortodoxos, pero los judíos no le escuecen demasiado… ¿El edificio del museo está construido por un arquitecto modernillo del star system, con formas extrañas y criticables y un dudoso discurso artístico que a nadie le importa? Premio. No hace falta más, ahí voy yo, más feliz que un tonto con un palo. museo judio, de Libeskind Otra hora larga de paseo por el museo, que bla, bla, bla de Sion, y bla, bla, bla de la diáspora, y bla, bla, blaaahh (bostezo) de las familias comerciantes… pero el edificio es chulo y los jardines molan. (En este momento, creo que toca un disclaimer: a pesar de la fama que me gano por ahí, no soy ningún pirado fascista que canta el cara el sol al despertarse y conspira contra los judío-masones, it’s just for the show…) Un último esfuerzo, y nos dejamos caer por Checkpoint Charlie (y las viviendas de Rem Koolhas y de Eisenman de por ahí…) Checkpoint Charlie y las viviendas de OMA. Si, ya se, a quién le importa... Ahora sí, se empieza a hacer de noche, y Rafa dice que está agotado, así que se larga a dar una vuelta por el centro y para el albergue. ¿Y yo? Pues yo, aunque a pocos le interese a estar alturas saberlo, aun día algo más de guerra. Y tanto que la di. Fui caminando hasta el zoo, visite las ruinas de la iglesia bombardeada, visite la embajada de los países nórdicos para verla iluminada, y aun volví a postdamer platz para verla encendida por la noche, obteniendo a cambio unas fotos que luego la gente dirá que me he bajado de internet. Resultado de mi tour arquitectónico-cultural intensivo: 30 km caminados desde las 4 de la mañana (google earth dixit), La memoria de la cámara llena de edificios (no veas como pesa ahora), las piernas hechas puré y bueno, satisfacción y hambre a partes iguales. Cuando volví al albergue, previo paso por otro kebab, pude contrastar mi día con las versiones equivalentes de Pablo y Jhirska: el uno ha visitado el zoo y ha dado unas vueltas por la zona, incluyendo alguna embajada también, el otro se ha pateado el barrio y se ha gastado sus euros en ropa de persona guay y no de vagabundo miserable. Todos parecemos satisfechos. Y digo yo: ¿Nos vamos ahora de fiesta, de discotequeo por ahí? Sí, claro, parece buena idea… pero entonces doy un paso y caigo redondo al suelo, con las piernas paralizadas por el agotamiento. Prácticamente derrotado, y asustado por la posibilidad de trombos que lleguen al cerebro y se chiven a alguien de que no hay nada dentro, recurro a la medicina tradicional germana: cerveza. Y así es como la última oportunidad de irnos de farra en serio de este viaje se diluye entre botellines verdes. A muchos les parecerá una desgracia y un ausencia injustificable. Sin embargo, a día de hoy, sigo sin arrepentirme demasiado. Me encanta irme de fiesta por ahí, y lo hago todo lo a menudo que puedo, pero estos viajes los planteamos de forma diferente. Al final, las discotecas son todas parecidas, y exceptuando algún detalle, no creo que haya nada que no pueda encontrar en Barcelona de fiesta. Irnos de fiesta durante el viaje nos sirve solo para gastarnos nuestro escaso (muy escaso, a las pruebas me remito) dinero en copas de garrafonen, entender menos todavía a las dammen y para estar hechos polvos al día siguiente. Si te despiertas a las 12 y tienes un resacón que te cagas, no visitas demasiadas cosas, y me da bastante coraje irme a miles de kilómetros de casa y tener la sensación de que me pierdo cosas porque me da pereza levantarme del sofá. O salir de la quechua, según. Mañana a primera hora recogeremos el chiringuito de nuevo, por última vez este verano. Esto toca a su fin y la verdad, joder, ya era hora. por favor... ¿Qué discoteca supera esto?
  11. 20 de Julio Capítulo III – El asunto del pollo chorreante Para cuando Pablo despertó, hacía ya un rato que un equipo de barrenderos y jardineros municipales adecentaban el parque, barriendo hojas aquí y allá y haciendo comentarios acerca de las tiendas de campaña. Como siempre al despertarse, Pablo remoloneó algún tiempo más dentro del saco de dormir hasta que pudo oír algo de movimiento en la tienda vecina. En cuanto pudo confirmar que no era la única persona despierta del parque, salió de su saco de dormir y saludo al resto. Al poco, Rafa, Mario y Pablo estaban despiertos y comenzaban a movilizar los mecanismos habituales: doblar los sacos, ponerse algo de abrigo, despejarse un poco. Pablo salió a buscar una fuente, dejando a Rafa revolviendo en su mochila en busca de las tazas para el desayuno, mientras Mario intentaba despertar a Garrido de la forma más tranquila posible. Un Garrido recién despertado es un asunto peligroso, que merece el mayor de los cuidados, y seguramente una licencia especial. Localizada una fuente y un banco en el parque donde sentarse, los cuatro se trasladaron y empezaron a comer. Para su desilusión, las galletas que compraron ayer y que creían de un tipo, eran muy diferentes de lo esperado, pero en cualquier caso, tenían suficiente comida como para quedar saciados. Una señora madrugadora cruzó el parque en compañía de sus perros, para los que no pasó inadvertido el despliegue de comida, y se entretuvo delante de ellos deseándoles un buen provecho. Después siguió su camino y desapareció por la otra puerta del parque. - Cuando acabemos de desayunar, alguien debe pasarle un agua a las tazas, que luego queda todo hecho una mierda – dijo Mario. - Yo mismo – se ofreció Pablo – iré a fuente, y así dejo que Rafa huronee a su gusto en la tienda Huronear es un verbo que seguramente acabe pasando al dominio de la RAE. No hay mejor manera de describir el cansino sistema de Rafa para ordenar meticulosa e ineficazmente sus cosas en una mochila. - Nosotros a ver si podemos hacer algo para plegar la tienda del carrefa, que las instrucciones no hay quien las entienda. - ¡Es verdad! ¿Qué tal se duerme ahí? - Bueno, es mucho más grande – reconoció Mario – quepo totalmente estirado sin problemas, y aun sobra espacio para las mochilas abajo. Pero el tejido del suelo es bastante debilucho, se nota todo lo que hay debajo, y desde luego no creo que aguante una piedra o una rama. Se rajaría fácilmente. - ¿Qué dices? ¡Reconoce que esta de puta madre! – Garrido, orgulloso de su compra, defendía a su criatura - ¡Y por solo veinte pavos! Se duerme mucho mejor, y así no te me abrazas por las noches. - ¡Serás cabronazo! Me prometiste que no se lo dirías a nadie. – Mario le seguía el juego, olvidado ya el tema de la calidad de la tienda – Y tampoco es que te quejases mucho, ¿eh? Siguieron con la coña un poco más, antes de ponerse a recoger todas las tazas y volver a recoger las tiendas. Lo cierto es que la tienda del carrefour era cómoda por grande, pero la calidad era manifiestamente peor que la de las “quechuas”. La estructura era más endeble, y había condensado un poco en la zona del techo. Por suerte, no esperaban mal tiempo ni frio, así que Mario se quitó rápidamente el tema de la cabeza y empezó a plegar el saco de dormir. El campamento itinerante de los vagabundos, informal pero elegante en un rincón Cuando acabaron de recogerlo todo, lo que les llevó media hora holgada, se dirigieron al centro de la ciudad para recoger los equipajes, parando antes en los baños públicos del día anterior para lavarse la cara, los dientes, y en definitiva parecer un poco más personas y menos vagabundos recién escapados de prisión. No hubo mayor problema, y cuando tuvieron de nuevo sus mochilas se metieron en unos de los edificios de los bancos para cambiar moneda. Aunque no pasaron precisamente desapercibidos en las oficinas, vestidos prácticamente de playa y con un aspecto que evidenciaba que no se habían duchado esa mañana, no tuvieron mayor problema para conseguir unas cuantas kunas croatas, a un tipo de cambio bastante razonable. Garrido insistió en cambiar dinero para él mismo, mientras que los demás hicieron un fondo común para los gastos. Acabadas las tareas básicas, se montaron en el primer autobús con destino Zagreb. El precio del billete no era precisamente barato, y guardar las mochilas en el maletero tenía un suplemento, pero por lo menos el autobús parecía razonablemente nuevo. No hubo mayor novedad en el viaje, de cerca de tres horas de duración, y entre conversaciones y partidas de cartas jugadas en condiciones muy precarias, apoyados en libretas o reposabrazos, el tiempo pasó rápidamente, hasta que a través de las ventanillas pudieron ver los suburbios exteriores de la capital croata. Parecía imposible, pero estaban consiguiendo recuperar el control del viaje. Al bajar del autobús, empezó la aparentemente sencilla tarea de orientarse, lo cual en realidad no resultó tan sencillo. Había un plano sobre un cartel, pero era de tipo artístico, con dibujitos de los monumentos y cosas así, y les costó un rato situar el barrio de destino. Nunca puedes fiarte demasiado de un plano en el que la fuente de la plaza tiene, a escala, el tamaño de King Kong, pero a veces hay que aguantarse. Al final, una combinación de ese plano, la guía de viajes y el GPS integrado del flamante móvil de Garrido les permitió decidir un rumbo y comenzaron a andar. Siguiendo al principio las indicaciones del aparato, en el que Garrido había depositado muchas esperanzas, en seguida dieron con una calle que debían recorrer en línea recta y lo guardó en un bolsillo mientras comenzaban a caminar bajo el peso de mochilas y tiendas de campaña. El barrio donde está el albergue es una zona residencial muy tranquila, de casas bajas y con carácter de pueblo. Apenas a 15 minutos andando de la estación de autobuses, pero en un mundo totalmente diferente, nadie diría que se está en una populosa capital. No resulta complicado encontrar la pequeña casita con el cartel de “hostel” pintado con el inconfundible estilo pictórico del “buenrollismo” que caracteriza a mucho de estos sitios, verdaderos reductos hippies en algunos casos que cumplen una función imprescindible para los viajeros, no siempre suficientemente agradecida. Cruzan la estrecha valla metálica que protege un estrecho pasaje, para llegar a un pequeño patio donde rápidamente sale a su encuentro una pareja de jóvenes. Uno de ellos balbucea algo de español, bastante correcto, y les indica la dirección de la recepción. Mientras cumplen las formalidades de reservas, depósitos y entrega de llaves, Mario piensa en el extraño acento del chico que acaba de salir a recibirlos. No tiene una gran experiencia hablando con croatas, y menos en español, pero algo en la entonación le resulta familiar y extraño a la vez. Hablan un rato con él tipo de la puerta, que les recomienda un par de sitios de la ciudad y les pregunta por su viaje. Tras una breve conversación, vuelve al trabajo y los demás deciden salir a dar una vuelta por el barrio, buscando un supermercado, o en su defecto un lugar donde comer. vale chicos, mirad a la cámara y decid todos "drag queen"... Al final, se cansan de dar vueltas y se conforman con sentarse en unas piedras, restos del muro de una casa con aspecto de estar abandonada desde hace años. Rafa sacó los utensilios de costumbre de la bolsa y en seguida montaron el chiringuito habitual de pan de molde, atún en lata, del que parece que hay unas existencias enormes, y barritas energéticas Sirius. Después de una corta deliberación, se decidieron por las de cerezas con fresa, reservando las de chocolate, las de naranja y las de frutas del bosque para otro momento. Comieron al sol con toda la calma de quien tiene un techo bajo el que dormir, y volvieron al albergue. Mario se acercó a recepción para pedir una guía de pequeña biblioteca, y Garrido se acercó a los ordenadores, mientras Rafa preparaba la libreta y los bolígrafos para apuntar los trenes y albergues de los siguientes días, que es lo que tenían que buscar ahora. Durante casi dos horas, apuntaron nombre de albergues, de trenes, rutas y lugares por visitar. - Creo que tengo una ruta factible – Mario alzó la cabeza de la guía, de donde hacía un rato que no levantaba la mirada – esta podría valer… - Pues tú dirás. Con esta cuantas llevamos, ¿diez rutas? – Rafa estaba perdiendo la fe en sacar algo en claro aceleradamente. - Oye, no te quejes tanto, que no es culpa mía que los transportes en los Balcanes no sirvan para nada. Si queremos mantener los básicos en la ruta, Sarajevo, Belgrado, Dubrovnik… todo tiene rutas de ocho, diez, o incluso catorce horas - Ya, ya lo sé. Pero estoy ya aburrido de estar aquí – en el fondo, un sentimiento muy comprensible – ya lo acabaremos luego. - De acuerdo – concedió Mario – vámonos a visitar la ciudad, a ver que sacamos en claro a la vuelta. ¿Tenéis todo lo que necesitamos? Pues vámonos. Con la inestimable ayuda del GPS de Garrido, pusieron rumbo al centro. Recorrieron animadamente el barrio residencial donde estaba el albergue, y por el camino se encontraron con el de la puerta de esa mañana, que resulta ser francés. El tipo, si no se está inventando todo lo que cuenta, tiene un recorrido vital verdaderamente envidiable, pues ha recorrido mucho más de media Europa de la manera más lowcost posible, moviéndose de aquí para allá sin parar y sin apenas pisar su casa en años. No tiene oficio conocido, ni problemas económicos, lo cual siempre hace sospechar del verdadero espíritu aventurero de este tipo de gente. Venden un rollo pseudo-hippie de trotamundos sin recursos, porque tienen un padre que les manda dinero cuando están en apuros, y dentro de cinco años están trabajando de abogados con un traje tan caro como todos sus viajes anteriores. En cualquier caso, las historias que cuenta son interesantes, y como ha pasado algún tiempo en España se desenvuelve con bastante soltura en la lengua de Cervantes. Ahora mismo, aparentemente, está trabajando en el hostal como ayudante a cambio de una cama y comida, y tiene planes de volver a corto plazo por Francia. No obstante, recomienda fervientemente Bratislava como capital con una fiesta increíble, a precios que solo son posibles en el este. Después del inciso, siguen el camino paralelo a las vías del tranvía, y recorren en media hora los siete kilómetros y medio que los separan del centro. Desde luego, no tienen la sensación de haber hecho el camino en modo sprint, así que empiezan a aparecer las primeras sospechas acerca de la fiabilidad del GPS. No tardan mucho en rebautizarlo como “sistema de posicionamiento gitano”, sin que implique una intención especialmente racista. Lo primero es una parada en un supermercado para aprovisionarse de cara a la cena. Sorprendidos por el precio de los alimentos más básicos, el latente sentimiento de ahorro, o cutrez según a quien se pregunte, aflora y no compran nada más que algo de arroz y unos trozos de pollo de dudoso aspecto. acercándose al centro de la ciudad, Rafa pone su sonrisa de "me estoy haciendo un book/me he tragado un bicho" Desde la plaza central, siguen las rutas que marca un panfleto turístico que tienen, así que en rigor todo lo visitable y digno de mención, incluyendo monumentos culturales como la catedral o la tienda de intesport. Desde la parte alta, con el sol poniéndose en el horizonte, la ciudad re revela acogedora y fascinantes. El centro está muy bien planteado, hay poco tráfico, buen ambiente… el centro neurálgico de Zagreb, con sus tranvías en la tradición de hacerse fotos en los monumentos fálicos Atraviesan unas calles con una especie de feria, música de fondo, ambiente animado, parejitas buscando un rincón para darse al fornicio… finalmente, vuelven a estar en la zona monumental. Después de comprar las postales de rigor y comer algo, aun hacen un desvío en la ruta para visitar el teatro nacional y la zona universitaria. Desgraciadamente, con esto dan ya más de las diez de la noche. La calle, antes tan animada, ahora está muerta, y los siete supuestos kilómetros hasta el albergue parecen más reales que nunca. zona universitaria y teatro nacional: si estas aquí, estas oficialmente lejos Garrido, que está bastante harto de caminar y dar vueltas por hoy, hace lo mismo que siempre que está mosqueado: sacar kilómetros de ventaja. Aunque a primera vista parezca antipático o insolidario, lo cierto es que así no se desahoga con nadie, así que todos contentos. Casi dos horas después, por fin llegan al hostal. Entraron los cuatro en la habitación para coger los instrumentos de cocina, puesto que al fin y al cabo, no llevan todo el día recorriendo la ciudad con comida para nada. Para no despertar al hippie chungo y su novia que comparten habitación con ellos, van con sumo cuidado pero, seamos honestos, casi cuatrocientos kilos de gallegos cogiendo cacerolas y pan bimbo, mientras uno de ellos sujeta en la puerta un bolsa chorreante con medio kilo de pollo dentro, no es precisamente un comando ninja. Los comentarios acerca del fuego y de ¿dónde está la navaja? seguramente no habrían tranquilizado mucho a la sorprendida pareja si los hubiesen entendido. - ¿Lo tienes todo ya? Pues venga, vámonos – La conciencia de Mario, que aunque pequeña y asustadiza como un hámster en un laboratorio en ocasiones se esfuerza por hacer acto de presencia, habla aquí. - Ya va, ya va… - ¿Y… dónde vamos a ponernos con todo esto? – Como siempre, Garrido hace las preguntas precisas en el momento más incómodo. No es una pregunta banal. Al entrar ya han probado a acercarse a la sala común donde estuvieron por la mañana, solo para descubrir que por las noches se pluriemplea como habitación extra, o quizás como burdel ilegal de bajo coste. Lo cierto es que la asiática semidesnuda que abrió la puerta no fue capaz de dejarlo muy claro. Así que buscan un rincón donde colocarse, algún sitio discreto, apartado de las miradas de posibles transeúntes, pero a la vez iluminado, a ser posible con sitios para sentarse y razonablemente horizontal. Puestos a pedir, en todo un detalle que tenga un cierto nivel de higiene para no coger alguna enfermedad extraña. Sin embargo (deben ser cosas de los países pobres), parece que las calles no están pensadas para que un grupúsculo de infra turistas troceen pollo a las dos de la madrugada. Mientras piensan en el texto de la hoja de reclamaciones a la oficina de urbanismo, se deciden por un banco junto a un comercio. No hay farolas, les ilumina el escaparate de un comercio, tiene un trozo de hierba sin excrementos de perro, y los cercanos cubos de basura le cubren de las vistas desde la calle. Es más que probable que, a esas horas y con un hambre atroz, no pensasen mucho en las condiciones del lugar mientas montaban el chiringuito de cazos, bombonas, hornillos portátiles y botellas con agua del grifo. Sí lo hicieron poco después, y en una especie de contacto tácito se pusieron de acuerdo en que su situación simbolizaba muy bien el espíritu aventurero. Estaría bien decir que sería penoso si no fuese por el simbolismo del momento, pero no nos engañemos. Es penoso, sencillamente lamentable. Mientras litro y medio de agua hierve lentamente con arroz y un par de dientes de ajo en su interior (serán pobres, pero exquisitos), Mario trocea lamentablemente el pollo con la navaja. - ¿Qué, como lo llevas? ¿Te falta mucho con eso? El arroz ya casi está… viscoso - Rafa intenta romper la tensión interesándose por la comida - Bueno, no te creas que es muy fácil – contesta Mario - ¿Has visto estos huesos de aquí? ¿Y estos coágulos de sangre? - ¿Eso es normal? - Garrido está empezando a no verlo nada claro - El pollo del mercadona no tiene esa pinta… - Bueno, no es que esté muy limpio, ni muy bien cortado – que no se diga que Mario no entiende de pollo – De hecho, ahora mismo estoy bastante convencido de que a este pollo lo mataron con un cortacésped, o que lo atropelló un camión. Diría que el pollo es un animal que no tiene costillas en las patas… Mientras se entretienen hablando del pollo, pues la cosa es quejarse de algo, llega la puntilla a la situación, la gota que faltaba en el vaso. La librería de la esquina, su única fuente de luz, acaba su programa automático, y el escaparate se apaga. Los cuatro se quedan en silencio, los rostros iluminados por la luz azulada de las llamitas del hornillo. Ninguno quiere hablar, pues mientras no digan nada, aun pueden creer que esto no está pasando. Al final, una sencilla frase rompe el silencio. - Vaya puta mierda… En fin, sería quizás excesivo cebarse demasiado con su paupérrima situación. Sería mejor hacer un salto del tiempo y situarlos, hora y media después, metiéndose en las literas y cerrando los ojos con fuerza para forzar el final del día. Pero no sería justo que generaciones posteriores no oyesen nunca hablar, por lo menos, de cómo Garrido y Pablo se turnaron durante 40 minutos para darle a la manivela de la pequeña linterna con dinamo que llevaban consigo. Sería una lástima que nadie recordase los alaridos de Mario cuando chorros de aceite hirviente salpicaron sus brazos, o cuando se quemó los pulgares escurriendo el arroz. O la cara de odio contra el mundo que pusieron cuando, en el reparto de comida, comprobaron que después de todo apenas tocaban a cincuenta gramos de pollo por cabeza, y la consiguiente cara de asco cuando se dieron cuenta, tras cinco minutos masticando con cara de asco, de que ese pollo tenía el sabor del jabón de limón con el que habían limpiado el instrumental la última vez, con un aclarado obviamente insuficiente. Lo que si quedará escrito, por lo menos, es el sentimiento resignado, mientras tragaban con esfuerzo algo de arroz, de que al fin y al cabo estaban todos metidos en el mismo agujero inmundo. La situación es lamentable, cierto, pero al menos, son un equipo. Y entre todos, pueden superar cualquier cosa. De momento. el New York Times ofreció en su momento 2000$ por incluir esta foto en su reportaje "la gente de las calles"  
  12. 19 de Julio Capítulo II - La primera frontera Por mucho que lo intentase, el contenido de la taza seguía teniendo un color tenebrosamente blanquecino. Sin tener muy claro si la culpa era de de la leche floja que habían comprado o del sucedáneo de cacao que tenían, Mario secó de nuevo la cuchara y se dispuso a cargarse un poco más el desayuno, con la esperanza de que cambiase su color a uno más apetecible. Mientras se servía, casi podía sentir físicamente la mirada crítica de Pablo, el enemigo público número uno del azúcar, desde el otro extremo del banco. Absolutamente indiferente, aun echó un par de cucharadas más antes de empezar a mojar galletas. Estaban los cuatro sentados en un banco destartalado pintado de verde, el más entero y seco de los que habían encontrado en la plaza situada enfrente de la estación de tren. Eran aproximadamente las siete de la mañana y llevaban unos veinte minutos despiertos, desde que la policía les había indicado amablemente que se marchasen de la estación. No les había molestado durante la noche, algo que era de agradecer en comparación con otras estaciones que había visitado, e incluso a partir de algún momento, habían apagado las luces del sector del edificio donde estaban. De no ser por lo duro que era el suelo de granito de la estación, habría sido una noche casi perfecta. Ahora se retorcían y estiraban, desentumeciendo los huesos, mientras reponían fuerzas con lo que quedaba de desayuno, antes de buscar un autobús que les llevase a otro sitio. Quince minutos más tarde estaban guardando las mochilas en el mugriento vientre del autobús que les llevaría a Rijeka. Mientras cruzaban los suburbios exteriores de Trieste para coger la autopista se preguntaban a qué clase de lugar estaban dirigiéndose. Más tarde sabrían que, lejos de ser un lugar desconocido y dejado de la mano de Dios, Rijeka es uno de los puertos más importantes de Croacia, una ciudad de un respetable tamaño y considerable influencia italiana, conocida como Fiume de este lado de la frontera. De momento, sin embargo, el nombre les traía la idea de aventura. Superado el trauma de no visitar Ljubljana un año más, esta improvisación era un gesto de absoluta libertad, y el sol radiante y la tortuosa costa adriática que recortaba el horizonte más allá de las ventanillas eran suficientes para mantener el ánimo muy alto. La salida de la zona urbana, cuando la deriva del autobús hacia el interior, atravesando las suaves colinas cubiertas de hierba que pueblan el paisaje esloveno, trajo una novedad tan ridícula como agradable: al cruzar la frontera con, los guardias fronterizos sellaron sus hasta ahora virginales pasaportes. Aunque seguía siendo el país maldito que no conseguían visitar, con esto al menos se quitaban un poco la espina clavada. Algo más de tres horas después de abandonar Trieste, el autobús se detenía perezosamente en un aparcamiento al aire libre, en el centro mismo de Rijeka. Bajaron de un salto y recogieron el equipaje, mientras empezaban las maquinaciones sobre lo que iban a hacer. puerto y costa de Rijeka - Seguramente habrá taquillas, o algo así en la estación – dijo Garrido, mientras se echaba al hombro la enorme mochila – Podríamos dejar las cosas. - Primero deberíamos tener una hoja de ruta… hemos llegado hasta aquí, ahora tenemos que pensar como saldremos, que comeremos, y donde vamos a dormir – Mario echó un mirada a su alrededor, buscando la esperada estación de bus – ¿alguno tiene idea de donde está la estación? - Err… Mario… - dijo Rafa, pausadamente – creo que eso es la estación. Con eso se refería al conjunto formado por un pequeño bar con un letrero con horarios en la puerta y a una pequeña sala en el local de al lado, con una mesa donde parecía que vendían los billetes. Un cartel en croata, inglés, alemán e italiano señalaba a la entrada del bar: perritos calientes. Pizza. Almacén de equipajes. Al menos no tendrían problemas para salir de la ciudad. Al día siguiente había numerosos autobuses con destino a Zagreb y a otras ciudades. Despreocupados de este aspecto, decidieron recorren un poco los alrededores y buscar un sitio donde sentarse un rato. Acabaron sobre el borde de una gran fuente con surtidores, en lo que a juzgar por el gran número de edificios de bancos que dominaban el lugar, debía ser la plaza principal de la ciudad. El viento llevaba las salpicaduras contra ellos, refrescándolos, y la gente paseaba por las calles de alrededor con el aire despreocupado de un domingo por la mañana. plaza central de Rijeka - Lo principal es decidir qué hacer con las mochilas – Rafa se recostó contra la fuente y dejó los bultos en el suelo. – llevarlas todo el día es un coñazo, pero necesitaremos las tiendas y los sacos para la noche. - Podríamos dejarlo todo en las taquillas y recogerlo más tarde. – Pablo se quitó las zapatillas y los calcetines y se acomodó contra la piedra. Miró al agua con avidez, y sin pensárselo mucho metió los pies dentro – o podríamos coger lo indispensable y recoger el resto mañana. Mario frunció el ceño, cegado por el sol. Cambió de asiento mientras pensaba una respuesta. - No te creas que me hace mucha gracia dejar todas nuestras cosas en la trastienda de un bar croata toda la noche… – pasaba hojas de la guía rápidamente, buscando un plano general de Croacia. – aunque supongo que podría ser una idea válida. Pero lo que tendríamos que hacer es un nuevo itinerario. Con este cambio de ruta, todos los planes que teníamos van a tener que cambiar. Durante un rato, observaron el pequeño mapa en blanco y negro, buscando combinaciones, a cada cual más inverosímil. Mientras tanto, Garrido investigaba la zona, buscando alguna tienda abierta en domingo o algún lugar donde comer. Al final, acordaron algo parecido a una ruta, lo suficientemente flexible sobre el papel como para amoldarse a imprevistos. Mañana irían a Zagreb, y después bajarían de nuevo hasta Split buscando la costa. A partir de ahí, podían acabar tanto en un ferri a Dubrovnik como en un tren a Sarajevo, pero al menos tenían tres o cuatro días resueltos. Liberados de esa carga, se pusieron de acuerdo en que era hora de empezar a pasárselo bien. Se asearon mínimamente en unos baños públicos que Alejandro había encontrado y que estaban en un sorprendente buen estado, y dejaron las cosas en la consigna de equipajes. Lo único que se llevaron fue las toallas, la comida, las tiendas de campaña y los instrumentos básicos de supervivencia. Después empezaron a caminar por la ciudad buscando algún sitio barato donde comer algo. De todos modos, no tardaron mucho en rendirse, porque lo único que encontraron abierto fue una especie de bocatería muy poco motivadora y una heladería. Sin desanimarse, optaron por seguir los letreros que indicaban el camino hacia la playa. Comerían con lo que les quedaba de las reservas de conservas que arrastraban desde Vigo. de camino a la playa, equipado con lo típico Para llegar a los que los croatas llaman playa tuvieron que hacer casi todo el camino por una vía rápida elevada, cerca de la terminal de contenedores. Cuando ya estaban perdiendo la esperanza, un nuevo cartel con el inconfundible icono del un señor nadando que señalaba una escarpada escalera tallada en la ladera les indicó el camino a seguir. - ¿Esto es la playa? Será una broma, supongo. – Con expresión incrédula, Rafa miraba la plataforma de hormigón armado que se adivinaba al fondo del barranco. Un par de jóvenes, un anciano gordo y una par de señoras tomaban el sol tumbados. - Pues no se qué es lo que esperabas, chaval. ¿Tengo que recordarte como eran las playas en toda la costa del Adriático? – Mario intentaba camuflar su también evidente decepción con sarcasmo, algo habitual en él. Mientras bajaban los escalones, los dos jóvenes y evidentemente drogados croatas que disfrutaban de la playa les saludaron. - ¡Buon Giorno! ¿Italiani? – preguntaron en un macarrónico italiano. Probablemente, todo el mundo debe de hablar algo de italiano en esta zona, blanco habitual de las hordas de turistas. - Españoles. – Pablo, que bajaba en cabeza, contestó al saludo alegremente – gallegos para más señas. Lejos de cortarse, los croatas contestaron con un castellano igual de macarrónico. “¡Buenos días!” ¿Cómo estáis? - Hostia tío, ¿es que todo el mundo sabe hablar castellano? – masculló Mario – es muy triste que todo el mundo sepa algo en español y nosotros no sepamos ni “buenos días” en croata… - Ya ves… otros más para la lista, junto a la noruega, los checos, polacos, italianos, alemanes… - el gesto de Pablo estaba entre la resignación y la curiosidad, mientras seguía bajando escalones, casi abajo del todo ya. - ¿Has visto Garrido? ¡Estos también pronuncian mejor que tú! La ininteligible protesta de Garrido, a base de gruñidos seguidos de varios “infra seres del averno” “belceñus de satán” y semejantes, no hizo sino confirmar lo dicho y sonrieron mientras saltaban los últimos escalones de la escalinata. Ahora estaban en una especie de recoveco entre las afiladas rocas de los acantilados costeros, con una magnifica vista del Adriático. El agua, increíblemente cristalina, permitía ver el fondo del mar, rocas cubiertas de una delgada capa de fango y algas, e invitaba de manera irresistible a darse un chapuzón. Después de dudar un momento acerca de dejar sus bolsas tiradas en una esquina conteniendo el dinero, móviles y documentación, decidieron que los cuatro personajes que les acompañaban no suponían ningún peligro, y se metieron en el agua todos a la vez. La temperatura era exquisita, el oleaje mínimo, y dirigiendo la vista al norte la perspectiva sobre el espolón de roca y la terminal de contenedores era perfecta. Después del baño y de tostarse un poco sobre las toallas para secarse, subieron de nuevo al nivel de la carretera para pasar las peores horas del sol a la sombra de los arboles de un pequeño parquecito totalmente desierto, uno de estos meandros que quedan separados cuando se traza una carretera y que algún urbanista visionario decide dedicar a “zona verde”. El resultado suelen ser estos rincones de grava y arboles, bancos defenestrados y setos bajos, donde es fácil imaginarse a una anciana alimentando palomas. - Venga, saca la comida Rafa – dijo Pablo, sentándose en el único banco que estaba a al sombra y conservaba la mayoría de tablas del respaldo – con el bañito me ha entrado hambre canina. - Sí, claro. Ten, coge estas latas de atún, que voy a sacar los cuchillos. – Rafa se buscó un sitio a la derecha de Mario, mientras empezaba a desenvolver cuidadosamente cuchillos y cucharas de su envoltorio de servilletas de papel. La comida era más bien modesta, latas de atún que llevan cociéndose en su propio jugo desde hace cerca de dos mil kilómetros, y pan de molde reseco que pudieron comprar en un 24h, pero al menos permite preparar un sucedáneo de bocadillos con los que engañar al estómago. Cuando Rafa abrió la primera lata, no sin evidentes y vergonzosas dificultades, la expresión general al ver el contenido no fue exactamente optimista. El listón en esta clase de comidas es, normalmente, bastante bajo, y ha ido bajando aun más con los años, pero aun así, el espíritu criticón de Mario no podía estar tranquilo sin quejarse de algo. - Err… ¿el encargado de intendencia, en que mostrador está? – Miradas de extrañeza, cejas fruncidas – ¿El adjunto del departamento de logística responsable de las vituallas? – Mas miradas desconfiadas y gestos de “a este le ha dado el sol en la cabeza” - ¿Qué cojones estás diciendo, Mario? - A la mierda la sutileza. Digo que quien fue el iluminado que eligió la comida. Más que nada, para saber por qué comprasteis las conservas más baratas del primer antro vietnamita que encontrasteis. Joder, es que ni siquiera es atún, ¿no habéis visto la lata? Son migas de atún. ¡Eso es lo que sobra de cuando limpian las máquinas de la conservera! ¿Y qué clase de aceite es esta? ¿Colza? Maldición, si fuera gato muerto en aceite de motor no sería peor. Mientras Pablo y Rafa, que habían comprado las latas, se interrumpían entre sí diciendo que si era del Carrefour, que si estaba dramatizando como siempre, y que si la culpa era de Rafa (excusa esta que suelen utilizar para casi todo, y casi siempre sin motivo), Garrido, que ya masticaba el primer sándwich, interrumpió con un gesto de admirable pragmatismo. - Pues a mí me parece bárbaro, chico. comiendo deliciosos manjares en un parquecito Y así acabo la imaginaria discusión antes de empezar, y comieron bastante tranquilamente el resto de latas. Realmente, el aspecto era infame, pero el sabor era aceptable, y de postre comieron mas barritas energéticas Sirius, que se postulaba ya como patrocinador oficial del viaje junto a Quechua. Al acabar, volvieron al centro de Rijeka y visitaron lo que pudieron de la ciudad, que estaba increíblemente tranquila, y acabaron sentándose en la terraza de la heladería de la mañana. - Oh, me siento tan burgués. – dijo Mario, recostado en una silla de mimbre y girando los pulgares sobre el vientre – tomando capuchinos en una terraza del extranjero, consumiendo como buenos capitalistas… ¿Qué más necesitaría para ser feliz? - ¿Qué tal mujeres? – sugirió Rafa, al tiempo que la vista se le perdía detrás de una morenaza de escándalo que cruzaba la plaza – el nivel de Croacia está ganando mucho por momentos. ¿Tú has visto eso? - Mmm… pechos… - Pablo giró la cabeza y puso la misma expresión que pondría Homer Simpson ante un donut, mirada ausente y cara de felicidad. Pablo y su idea de elegancia. De fondo, Sadam Hussein. La ejecución fue un fraude, logró escapar Pasaron cerca de cuatro horas tirados en esa terraza, y solo se salvaron de ser considerados parásitos por el dueño por el continuo circo de helados que paso por delante de Mario y de Garrido. Poco faltó para que el camarero les hiciese una foto para enmarcar como “cliente del mes” cuando, después de un café y dos o tres helados cada uno, aun Alejando tuvo el valor de pedirse un Banana Split completo, casi medio kilo mas de calorías. A medida que fue atardeciendo, dejaron sus cómodos asientos y dieron una vuelta por la zona cercana a la calle principal buscando un lugar donde dormir y uno donde cenar. Encontraron un lugar que era candidato ideal a camping provisional en un parque, detrás de un gran museo de ciencia que exponía en el jardín una especie de consolador-cortador de pan gigante a propulsión atómica, con el que se fotografiaron orgullosos. el cortador de pan cuantico con propulsión por hadrones Decidido donde dormirían, Mario y Garrido fueron a comprar el desayuno del día siguiente al mismo 24h de la mañana, mientras Pablo y Rafa buscaban un bar o restaurante barato para cenar. Quedaron en encontrarse todos en la plaza de las fuentes en un rato y se dividieron. Mario y Garrido fueron los primeros en volver a la plaza, y esperaron sentados junto a la fuente viendo pasar a los turistas que salían de sus refugios al caer el sol. Un rato después, llegaron Rafa y Pablo. - ¿Habéis encontrado algo interesante? – Preguntando Mario en cuanto se sentaron todos. - Bueno, no hemos encontrado bocaterías interesantes o similar, pero hemos encontrado un restaurante con muy buena pinta –explicó Pablo, manifiestamente orgulloso de su descubrimiento – las pizzas están muy baratas y tiene buena pinta, pero sin pasarse. - Si, es una especie de tugurio elegante. – puntualizó Rafa – Parece un buen sitio. - Ah, que buenismo – exclamó Garrido – una pizza estaría de putísima madre. - ¿Pues sabes que he encontrado yo? – dijo Mario, rebuscando en la bolsa azul que le habían dado en la tienda y sacando orgulloso una caja de galletas - ¿Adivináis qué es esto? - ¡Dios! ¿En serio? ¡Buah, es fantástico! ¿Son las galletitas del albergue de Gdansk? - Si, Rafa, son las magnificas y maravillosas galletitas mágicas de Gdansk. Ya verás que desayuno nos metemos mañana. - Se acabo la tiranía de las barritas Sirius – aventuró Pablo - ¿Tienes algún problema con mis barritas Sirius? - Ninguno si no constituyen el 87% de mi dieta. ¿Has encontrado algo más en la tienda? - Bueno, me he comprado un cepillo de dientes… parece ser que hacer la maleta en el último minuto hizo que mi neceser quedase prácticamente vacío. Es Signal, y me ha costado más que todo lo demás junto. Obviamente, no recibió contestación a este último comentario, salvo miradas escépticas. A continuación, se acercaron al restaurante en cuestión. El garito resultó francamente interesante, y las pizzas, además de baratas, estaban entre las mejores que habían probado. Garrido, además, se pidió un calzonne, esperando desde luego algo diferente del monstruosamente grande volcán de masa y carne que le pusieron en frente. La anécdota que se llevaron, sin embargo, fue gracias a la tecnología punta del servicio, que incluía un dispensador de papel para secarse las manos que reaccionaban a los gestos, por lo que había que saludarlo para poder secarse. El impacto psicológico fue tan grande que lo visitaron todos por turnos antes de acabar la cena. Saciados y satisfechos, Rafa y Mario se plantearon irse de fiesta siguiendo el rastro de minifaldas que discurría hacia el sur, pero como iban en bañador, no tenían más ropa ni dinero cambiado, y tenían que dormir en una tienda de campaña en un parque, postergaron la fiesta para otro día. La subida a la parte alta de la ciudad fue mucho más dura esta vez, con el estomago lleno. Discutieron un rato el mejor lugar para plantar las tiendas, pensando en la visibilidad cuando se hiciese de día y en no molestar demasiado a la pareja que se estaba enrollando en un banco y que acabó marchándose frustrada. el acojedor campamento para esta noche Se metieron rápidamente en las tiendas en cuanto las desplegaron, para evitar que se llenasen de mosquitos. Al día siguiente amanecería temprano y tenían la pesada responsabilidad de enderezar el viaje para darle un rumbo definido. Pasadas las quejas al acomodarse en las tiendas sin luz, solo con una diminuta linterna a dinamo, cerraron las cremalleras sin tardanza. Pronto se hizo el silencio sobre el improvisado campamento. Esta vez, no tardaron mucho en dormirse
  13. Después de una cantidad absurda e indignante de tiempo, prosigo con el relato. Se agradece el voto de confianza de los que no me consideran un vago o maleante (lease fdo87, xD) y comprenden lo absorbente que puede ser la vida universitaria. Aunque espero aumentar la frecuencia de actualización (tampoco es como si puediese ir a peor), ya prefiero no dar plazos ni nada parecido. Eso sí, prometo solemnemente que, tarde o temprano, el diario acabará. Sea cuando sea. Sin mas, procedo a soltar el rollo. Puede ser que me extienda demasiado en detalles absurdos, de estos que hacen pensar: tio, no me cuentes tu vida. Aunque por otro lado, quienes entran aqui lo hacen para que les cuente mi vida (o la suya, si sois vosotros). O solo se aburren mucho en el trabajo o similar. En cualquier caso, el diario es mio y me lo follo cuando quiero, como diria un buen amigo. Así que así queda, espero que no se haga muy insoportable. 18 de Julio Capítulo I – Regreso a la ciudad de las máscaras Aunque hacia un rato que había amanecido, no parecía que el sol tuviese mucha prisa por llegar hasta donde estaban las tiendas de campaña. Aparcadas detrás de una caravana, cerca de uno de los barracones alicatados que hacen las veces de lavabos, es el ruido de las duchas y la humedad lo que termina despertando a los cuatro viajeros. Con la confianza que da haber estado en un sitio anteriormente, se visten y desperezan con toda la tranquilidad del mundo. Rafa sale con parsimonia de su tienda, su cara es un poema, una especie de canto a la gloria y necesidad de un buen café. primer campamento general/centro logístico del viaje - ¿Qué se supone que vamos a desayunar hoy? - Pse… tenemos barritas Sirius de estas… quizás más latas de atún… me temo que hasta que pasemos por un supermercado, nuestra dieta no va a ser muy apasionante. - Pues tendremos que ir a uno antes de cruzar a Venecia, por que que yo recuerde, no es que hubiese un eroski en cada esquina precisamente. Apunto has estado de empezar con un mal plan. Por suerte, ventajas de ser varios, no tarda en aparece alguien que se fije en los detalles. - ¿Cargamos la comida todo el día entonces? Mejor vamos a la vuelta. Ahora compramos gas aquí al lado, y los billetes de tren, la comida cuando volvamos. El plan parece definido, entonces. En cuanto acaben de infra-alimentarse con barritas energéticas del palo, comprarán gas para el hornillo en la tienda de artículos de camping que descubrieron hace dos años, cogerán el autobús “gratuito” y se acercarán a la estación. Asegurarán su futuro comprando los billetes para mañana, y visitarán con calma la ciudad. El plan se desarrolla con tranquilidad, aunque con escasa eficacia. Entre el desayuno, la tienda del gas y pagar el camping, las horas pasan implacables. Se han despertado a eso de las nueve y media de la mañana, y sin embargo no son capaces de llegar a la estación antes de la una y media. Parece que nadie tiene mucha prisa aquí. Llegan a la estación, primer punto importante del día. De nuevo, Garrido, Pablo y Rafa se dejan cuidar sin ningún remordimiento de conciencia y mandan a Mario a comprar los billetes, mientas ellos cuidan de las mochilas fuera. Primera prueba del día, y del viaje. Y, como no podía ser de otra manera, primer fracaso. Mario sale con cara de mosqueo de la sala con las maquinitas de auto venta. -Me temo que no podemos pagar los billetes. – el tono irónico que Mario adoptaba frecuentemente se dejaba entrever de nuevo – - ¿Qué pasa? ¿Son la hostia de caros, no? Bueno, ya sabíamos que este era el tren caro, como veinte euros, ¿No? Pero bueno, está presupuestado, mejor no lo… - Tsch, tsch, para el carro Garrido. No podemos pagar los billetes… por que no hay billetes. - ¿Qué quiere decir que no hay billetes? - Bueno, es un término que usamos para referirnos a la no existencia de algo… – El sarcasmo aflora siempre en los momentos tensos– - ¿Qué no existe ese tren, o qué? - Existir, existe, pero parece ser que está completo. - ¿Ya están todos los billetes vendidos para mañana? - Err… para mañana… y pasado… y… aparentemente, tenemos algo así como una semana de lista de espera. - ¿Y qué hacemos ahora? Es una buena pregunta. Por lo pronto, se monta rápidamente un comité de crisis. Todos reunidos en círculo alrededor de unas mochilas, llaman la atención de un paisano que vende estampitas de santos para no sé qué fundación. Si ya esta gente es pesada de por sí, un vendedor de estampitas italiano es el súmmum de lo insufrible. Es como si tuviesen un arte especial para estas cosas, y durante quince eternos minutos habla, y habla, y habla, de su hermano pequeño, del los huérfanos desvalidos, de la caridad… Viendo que no va a sacar nada en claro, acaba marchándose, y se reanuda la discusión buscando una solución. De veinte minutos de debate, quince son de quejarse de los trenes italianos, de Eslovenia, de lo tarde que es y del cambio climático, y al final deciden sin pensárselo mucho cambiar el destino. Cogerán un tren a Trieste, ciudad casi fronteriza desde la cual (es lo más lógico del mundo) debe salir un tren a Ljubljana. Compran el billete, que por lo menos es más barato, dejan el equipaje en la taquilla, y cogen la primera lanzadera hasta Venecia. - Bueno, Mario, ¿tienes alguna idea, o caminamos sin rumbo como la ultima vez? - Bueno, había pensado en caminar sin rumbo, pero empezando por otra zona, así en vez de pasar por Rialto una y otra vez, pasaremos por otros sitios una y otra vez. Empezaron a caminar, en dirección hacia la zona de Dorsoduro, para rápidamente perderse entre casitas en ruinas que Garrido afirmaba haber visto en algún programa de Iker Jiménez. Como suele pasar en Venecia si no llevas un plan muy definido y te dejas llevar, las olas de turistas te empujan lenta y sutilmente hacia el corazón de la ciudad, la plaza de San Marcos. Una vez allí hicieron lo que hace todo el mundo: hacerse fotos haciendo mamonadas, caminar sin rumbo por los pórticos… cuando encuentres a wally, recuerda que aun te quedan el pergamino, la cámara y el malo ese de nombre raro "encuentros en la tercera fase" o "definición precisa de mamonear" Visiblemente cansados de caminar todo el día sin ver nada nuevo, aun a pesar de lo bonita que es Venecia, el estado anímico en seguido derivó en una apatía general. Mientras Mario se empeñaba en visitar iglesias y mas iglesias, puentes y casas, absorto en su paranoia arquitectónica, los demás se dejaban llevar, bebiendo por turnos de la botella de agua que habían comprado en un 24 horas regentado por nigerianos. Al final de la tarde, emprendieron el camino de vuelta a la estación, aunque esta vez por caminos alternativos de dudoso final. La cuestión principal no podía tardar mucho en salir a la luz, y quiso el azar que fuese Rafa el que rompiese el hielo. - Empiezo a tener hambre. ¿Qué vamos a cenar? - Pues no es una mala pregunta… tendríamos que comprar provisiones, y supongo que podemos comernos una pizza en cualquier lado. - Antes he visto un palé de gente con bolsas de estas del Billa, así que tiene que haber un súper por aquí –intervino Garrido– - ¿Un supermercado? ¿En Venecia? ¿Pero tú no ves que la gente de esta ciudad no se alimenta con comida? Se limitan a chuparle la sangre a los turistas, y supongo que algún helado de vez en cuando para el tema de la digestión. Sin embargo, y contra todo pronóstico, el rumor resulto ser cierto, y aunque estaba disimulado tras cortinas poco llamativas, no fue demasiado difícil seguir el rastro inverso de clientes que salían del comercio. Una vez dentro del inesperado supermercado, el grupo se divide en pequeñas células independientes sin necesidad de mediar palabras, una rutina que es fruto de muchos asaltos a supermercados. El comando “pan y nutella” localiza y termina sus objetivos rápidamente. Rafa se separa de los demás y se acerca a las conservas. Mientras, la brigada especial de bebidas alcohólicas parecía tener problemas para decidirse. Mario se volvió e hizo un gesto en dirección al estante. - Amaretto. Compremos una botella de amaretto – dijo sorprendentemente decidido – ¿qué hay mejor que bebida tradicional italiana? - No se, no lo veo claro – dijo Garrido – del amaretto lo mismo nos cansamos en dos días, y luego hay que cargarlo. ¿Qué te parece eso? “Eso” era una caja blanca con forma de prisma, etiquetas invitando a la fiesta y la omnipresente marca en relieve “Absolut”. Una cinta plateada remataba el conjunto. - ¿Colonia sueca? ¿No se te ocurre nada mejor? ¿Y como se supone que llevaremos esa caja, increíblemente aparatosa? - Esa Desgraciadamente, ya no había mucho que hacer. Mario sabía que podía continuar la discusión un rato más, pero ya estaba decidido. El principal problema era la evidente falta de opciones mejores, pues todo consistía en versiones de marca blanca de licores varios. Si no bebía Kolroff del eroski en su casa, ¿por qué se supone que iba a beber su equivalente italiano? Reunido el equipo en el exterior, procede a evaluar los resultados de la operación: pan de molde del palo, una bolsa de 1 kilo de galletas insípidas diseñadas por lo menos para largas travesías por el mar, nesquick a precio de polvo de diamante y vodka en una graciosa caja promocional blanca. Lo que se dice un éxito completo. Caminaron sin ninguna prisa por las zonas más alejadas de los circuitos masivos de turistas, disfrutando de la silueta recortada de iglesias y palazzos contra el río cuando cruzaron el gran canal, visitando monumentales iglesias y atravesando serenas plazas. Hicieron una pausa para comer unas pizzas en un garito diminuto y casi marginal, y volvieron a la estación de Mestre en el primer tren lanzadera con olor a vino de taberna barata. Santa Maria della Salute despedida de nuevo de Venecia, desde el puente nuevo Una vez llegan a la estación, el resto de los pasos hasta coger el tren es pan comido, poco más que recoger las mochilas de la consigna, curioso invento que consiste en dejar las mochilas a un desconocido a cambio de dinero, con la esperanza de que aceptará devolvértelas, algo que en los años anteriores ni siquiera se habían planteado y que se pondrá muy de moda este verano. Instantes antes de subir al tren, Pablo acaba con toda posibilidad de hidratarse durante el camino al destruir la única botella de agua grande de la que disponen, lo cual les condenará a todos a suplicar por un sorbo de la diminuta botella de cuarto de Garrido, rellena de agua de lavabo. En el sucio y estrecho andén, el binario nº2, Mario pensaba en lo necesario para cumplir el resto del día con éxito y en el previsible desarrollo del siguiente, mientras Alejandro vomitaba un torrente de improperios e insultos hacia Rafa, la botella de agua o la deforestación de los bosques de bambú. “ Belceñú, quitate del medio” o “Te voy a dar un palé de hostias”, eran todas frases que debían interpretarse desde el cariño. Eso sí, una forma muy siniestra y rebuscada de cariño. La mayor parte de lo que decía era totalmente inventado por el mismo o derivado de la terrible jerga carcelaria que hablan los habitantes de su pueblo. Ese dialecto malvado y cruel, que emponzoña las bocas de los borrachuzos jóvenes de la negra tierra de Chaín, merecería un capítulo aparte, y si bien no mancillaremos estas páginas con él, quizás en un futuro sí sea necesario alguna clase de glosario para entender a Garrido. En el tren, los cuatro combaten el frio gélido de un vagón climatizado para que Walt Disney se sienta muy a gusto. El viaje en tren no dura más de dos horas, aunque parece tiempo suficiente para destruir el ánimo festivo y sumirlos en un estado de melancolía y depresión. Ya en Trieste, Mario y Pablo buscan la estación de autobuses mientras Garrido y Rafa investigan la de trenes, que parece el punto de reunión de un grupo de chavales hip-hoperos con complejo de B-boys y vagabundos de diversa calaña. Unos minutos después, y mientras en la estación de trenes dos jóvenes se empiezan a sentir cómodos con la agradable temperatura del vestíbulo y la multiculturalidad impuesta, apenas unos cientos de metros más allá Pablo y Mario piensan como van a contarle al resto que, justo mañana, domingo, no existe absolutamente ningún autobús o tren con destino en Ljubljana, ni nada que se le parezca. Tendrían que improvisar de nuevo, dos veces en menos de veinticuatro horas. Desde luego, estaban superando todas sus marcas anteriores, aun ni siquiera habían abandonado el “país puente”, y ya tenían que redefinir prácticamente medio esquema del viaje. - Entonces, ¿nos centramos ahora en buscar un lugar para dormir? - Sí, claro, ya discutiremos esto mañana – obviamente, ninguno quería enfrentarse a la tediosa tarea de hacer cuadrar de nuevo – y van tres veces - Demos una vuelta por Trieste. Quizás encontremos una plaza o algo así Comenzaron a caminar sin una idea clara de adonde ir, buscando algún parque urbano, o una plaza recogida donde poder sacar las tiendas y montar un campamento provisional. Mientras caminaban por la zona al este de la estación, Mario no podía evitar ver la ciudad desde el punto de vista de un estudiante de arquitectura. - ¿Te has fijado? – dijo – Las fachadas de los edificios… no parecen reales… - Es cierto, ya lo había pensado. – contestó Pablo, alzando la vista hacia los edificios– - Es como si estuviesen pintadas con carboncillo, o fuesen fotocopias pegadas sobre tablones de madera. Recorrieron gran parte del centro de la ciudad, divertidos con esta nueva perspectiva. La combinación de las manchas de carbonillas de los escapes de los coches y la cálida luz de las farolas causaba una clara sensación de artificio, algo que en combinación con los edificios de estilo neoclasicista, con sus atemporales frisos recargados, capiteles corintios y grandes pórticos, ayudaba a sentirse como un figurante de una gigantesca ópera, una especie de show de Truman o de estos pueblos del oeste falsos con fachadas sujetas por cuatro maderos. la foto no es nuestra, pero espero que de una ligera idea de porqué esta ciudad parece una versión grande del campamento playmobil Finalmente, llegaron a los muelles, desde donde podían seguir la tortuosa línea de la costa, interrumpida aquí y allá por un faro, una grúa, o uno de los muchos barquitos veleros que allí atracaban. Pararon de caminar frente a un gran letrero de madera pobremente iluminado con un plano turístico de la ciudad. Esta vez fue Mario el que rompió el hielo e insinuó lo que ninguno quería reconocer. - Bueno, parece que en Trieste no tienen mucha necesidad de contacto con la naturaleza… – dijo Mario con un matiz falsamente inocente en la voz– - ¿Cómo puede ser? ¿Realmente esta gente no tiene ni un maldito parque público en toda la ciudad? – el tono de Pablo era entre indignado y cómico, no acababa de creérselo del todo– ¡Hemos recorrido media ciudad, y no hemos visto nada ni parecido a un parque! - Bueno, no olvides la plaza de enfrente de la estación – replicó Mario – supongo que en estas condiciones es lo más parecido a un parque que deben tener aquí… - Pero está rodeado de carreteras por los cuatro lados. Tiene muchos bancos y poca hierba, y absolutamente nada de privacidad. – dijo Pablo – todo el que se vaya de fiesta nos verá haciendo el notas con las tiendas de campaña. Y mañana por la mañana, a plena luz… Con la situación que tenían por delante, no les quedaban muchas opciones. Volvieron a la estación, que no les costó mucho encontrar, decididos a dormir en una esquina si los otros dos tampoco tenían una idea mejor. Sentado en un banco junto a la puerta, aburrido y casi dormido, Rafael contaba los minutos para que acabase el día de una vez. Como casi siempre en situaciones similares, Garrido era un pésimo compañero de espera. Después de unos primeros minutos de interesante conversación, empezaba a hartarse de estar sentado y empezaba a dar vueltas. Al principio se mantenía por la zona, pero no tardaba mucho en largarse a los rincones más extraños explorando por su cuenta. Esta vez no había sido de otra manera, y cuando regresaron Mario y Pablo, Rafa esperaba solo junto a las mochilas. Mucho más sensato que Garrido en muchos aspectos, le resultaba obvio que no podían dejar todas sus cosas sin vigilancia a la una de la madrugada, en una estación de tren llena de vagabundos durmiendo en las esquina, aunque en el fondo tampoco ignoraba que su tarea era más simbólica que eficaz. Con cinco mochilas enormes, dos tiendas de campaña, bolsas de supermercado y sacos de dormir, poco podría hacer si tan solo dos personas se coordinasen un poco para quitarles algo. Este alto sentido de la responsabilidad no impedía, no obstante, que se aburriese como una ostra. Al menos, pensaba en ocasiones, estoy tranquilo. La única ventaja de que Garrido se marchase era evitar las ráfagas de insultos creativos y las múltiples combinaciones con la palabra “palé” que Garrido hacía en los últimos días. Cuando estuvieron todos juntos (para lo cual hubo que buscar a Garrido entre los andenes de reparaciones) analizaron la situación, y viendo que la estación parecía bastante tranquila, optaron por echarse a dormir en un rincón. Los mejores sitios estaban cogidos por los mendigos (la experiencia es un grado), pero encontraron un sitio razonable junto a una puerta lateral. Intentando ignorar la luz de la sala, se enfundaron en sus sacos y conectaron las alarmas para una hora insultantemente temprana teniendo en cuenta que mañana, hoy, era domingo. Lo último que vieron antes de dormirse fue a un punk acomodándose sobre unos asientos, a unos veinte metros de ellos. Ninguno tuvo la más mínima sensación de riesgo en aquella estación, alejada de la ruta prevista y donde nadie más en el mundo sabía que estaban Es esa estación todo el mundo tenía sueño. Todo irá bien mientras no se produzca un incendio. Esta puerta es nuestra
  14. 23 de Julio Día 20 - Er día curtural Un día más, en el acogedor tugurio donde temporalmente vivimos, entran los primeros rayos de sol por la ventana. Mientras abro los ojos sin mucha prisa, los sentimientos de odio desarrollados durante la noche vuelven a aparecer, algo más calmados por suerte. Hago la pregunta tradicional de las mañanas (“¿Estás despierto?) y recibo la misma respuesta que siempre de Pablo: pues claro. ¿Cómo iba a ser de otra manera? ¿Cómo no íbamos a estar despiertos, si a apenas metro y medio de distancia hiberna plácidamente el último ejemplar de la raza de los big foot, emitiendo su gruñido característico. A juzgar por la intensidad de hoy, además, debe haber cogido una bronquitis brutal, quizá incluso algo más serio, tuberculosis o que se yo. En efecto, Rafael está roncando otra vez, como si hubiese estallado una guerra química y se esforzase por acumular desesperadamente todo el maldito aire posible. Mientras pienso que la escena es casi de Walt Disney, con Rafael en la litera de arriba y la rubia francesa cachonda en la de abajo en una autentica versión revisionista de “la bella y la bestia”, Pablo se deja de tonterías y pasa a la acción, que en este caso consiste en tirarle calcetines y almohadas hasta que se despierta. Media hora después, medio despejados todos, procedemos al desayuno tipo de chuminadas del Lidl en el patio del albergue, mientras hacemos planes. El esquema de hoy es sencillo: debería ser un día cultural tranquilo, en el que veremos todos los museos imprescindibles que podamos, para dejar el último día de mañana libre de compromisos. El primer objetivo es el archiconocido Museo Pergamon, que recibe su nombre del grandioso altar a Zeus traído de, sí, eso mismo, Pérgamo. Como una cosa tan grande pudo acabar en un museo en Berlín es una cosa bastante curiosa, parece ser que un prusiano aburrido se fue a lo que era el imperio Otomano a picar en el suelo por cuatro perras, se encontró unas piedras que le gustaron y las mando por Seur a casa (presumiblemente envueltas en Pergamino, jojojo) Al señor Bismark le pareció que tenían que tener algo griego molón ahora que eran un imperio, y tan tranquilos y metódicos como son los alemanes se lo trajeron en un par de días hasta Berlín. Total, para luego tardar como 50 años en abrir el museo, y que les durase menos de 20, porque a los soviéticos también le gustaron las piedricas y se las llevaron una temporada a Leningrado. Altar de Pergamo, esperé 15 minutos a que no hubiese cientos de japoneses en los escalones Vale, lección cutre de historia aparte, las siguientes horas se resumen en pasear por salas y salas con cosas muy interesantes, incluso aparte del altar y la puerta de Istar. Como dentro nos habíamos separado, nos fuimos rejuntando al salir en la puerta, y pensamos en buscar algo de comer. Volvimos caminando a la zona de ayer, hacia Oranienstraße, donde comimos el kebap mas barato que pudimos encontrar y unas patatas con salsas indias extrañas, bastante convincentes. Después de hacer el perro un rato más, tocaba ahora visitar el Altes Museum, magnífico edificio neoclásico del grande Schinkel, el primer edificio del mundo en ser construido específicamente para ser un museo, en 1830, y que dentro alberga una cúpula que es réplica de la del Panteón de Roma. (Mala suerte, esto está escrito por un aspirante a arquitecto) Resultado de hacer una foto a través de unas gafas de sol. El efecto polarizado que esperabamos se convirtió en esta chusta. Parece que en parte del museo están reorganizando exposiciones, o montando un congreso de encofradores, o algo así, porque solo es accesible la mitad de él, pero todas las obras representativas han sido desplazadas a esa misma ala, así que no nos quedamos sin ver el conocidísimo busto de Nefertiti que ha sido éxito editorial en cientos de exámenes de cultura clásica para 3º de la ESO, o morbosas momias con sus abalorios, aunque (oh, gran decepción), resulta que los egipcios eran todos unos palmoymedio de apenas metro cincuenta, que si lo multiplicas por el coeficiente “soy una momia arrugada y reseca”, deja claro que “El retorno de la Momia” debería ser, de hecho, una comedia en plan “siembra el mal como puedas”. NeferTiti, tronco... es que hoy estoy sembrao A la salida del museo, nos sentamos un rato en la escalinata, donde un sujeto repartiendo octavillas me regala un papel azul con dibujitos, con una foto de un negro y no sé qué texto extraño en alemán. Según deduzco gracias a la fantabulosa guía de conversación lonli planet, es un alegato por la supremacía de la raza negra y la extensión de un movimiento sectario extraño, mezclado con frases un poco “flower power” que deducimos son debido al consumo de drogas por parte del negro en cuestión y los amigos que dice tener en Europa. Lo meto en la mochila junto a toda la basura y nos ponemos en marcha, caminando hacia el barrio del albergue, con la intención de cenar en un restaurante japonés que vimos hace un par de días y que parece tener precios interesantes. Foto de relleno para que ocupe más. Tampoco esperaríais muchas fotos buenisimas de un día que pasamos en museos... El susodicho sitio se resiste un rato a ser encontrado, pero al final cenamos bastante correctamente en el tal “Papa No”, excepto Rafa, que dice que pasa de comer “porquerías de amarillos” (En su defensa, no dijo exactamente eso, pero creo que darle un halo de racista pro-apartheid le da sabor al relato). En el albergue se come un arroz con salchichas, plato socorrido a la par que digno, y después nos ponemos a beber más y más de la deliciosamente barata cerveza. Ja! No hay censura, no hay censura, Rafa, te chinchas... La botellas amenazan con salirse literalmente de los bordes de la mesa, de donde por supuesto hemos sacado todo lo que pertenecía a las otras compañeras de habitación. Supongo que cualquiera estará de acuerdo en que una colección de decenas de botellines verdes de diferentes marcas es algo mucho más importante que “no tengo sitio para apoyar mis gominolas, mi entrada de disco pija y mi botella de granadina”, así que desestimamos la moción de las inglesas y planeamos el día siguiente. Lo más básico de Berlín lo hemos visto juntos, pero para mañana cada uno parece tener planes diferentes. Mientras que Pablo quiere visitar el Zoo de Berlín, a Rafa le interesa el Museo de los Instrumentos (sic), Jorge no tiene muy claro aun que le interesa, y yo tengo una lista con decenas de edificios interesantísimos que visitar y que no parecen levantar mucho entusiasmo entre el resto del equipo. Después de pensarlo durante un rato, concluimos que cada uno hará lo que le venga en gana, concretamos un par de lugares y horas de encuentro opcional entre nosotros, y pasamos capítulo. Durante un rato valoramos la posibilidad de irnos de fiesta por los bares y discotecas de los alrededores, dado que tenemos unas cuantas recomendaciones bastante sugerentes, pero al final pasamos de todo y nos limitamos a acabar nuestras cervezas. Mañana necesitaremos energía para aprovechar el último día en Berlín.
  15. El alojamiento era en el A&O de Friedrichshain, que estaba bastante bien, tanto de habitaciones como de instalaciones, y era razonable de precio. Por cierto, todo nuestro respeto a Bilbao, al Athletic y a quien escribiera eso, pero en mi opinión ir hasta el muro de Berlín, que es un simbolo internacional, y hacer una pintada como esa, me parece una mamonada (sin acritud). Pero vamos, igual que un Hala Madrid! en la Sagrada Familia, o un Amunt Valencia! en la Capilla Sixtina. Un saludo, espero poner el siguiente capítulo esta noche.
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