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Venga, Fish, ánimo que ya no veo tu diario ni en la primera página del "Me voy, he vuelto...". Que no se diga y enséñanos desnuda tu aventura, muéstrala con pelos y señales, si es posible contanto todo lo morboso e indecente posible.

 

Un saludo y por aquí te esperamos. Ciao.

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He aquí la siguiente entrega. Aunque ahora estén más espaciadas por falta de tiempo, por supuesto no abandono el relato, que además de tener como propósito el compartir la experiencia con mis apreciados viajeros del foro y resto de amigos, espero imprimir una vez acabado para no olvidar ni un detalle de esta maravillosa experiencia.

 

Gracias por los ánimos, continúo con el día 9:

 

Lunes, 18 de Julio de 2005. Día 9.

CAPÍTULO 9 – EN EL CARRIL BICI

 

Despertamos al amanecer. La creciente claridad y los ladridos de los perros que la gente sacaba a pasear fueron nuestro despertador aquella mañana. Los sacos de dormir estaban empapados, después del relente que había caído aquella noche. Eran poco menos de las 7 de la mañana, y una vez habíamos recogido las cosas fuimos al albergue en el que dormiríamos esa noche a dejar las mochilas.

 

Pasaríamos aquel día en Ámsterdam, así que cogimos un autobús hasta la estación de trenes, y de allí fuimos hasta la capital de Holanda. Nada más llegar, primero desayunamos sentados en la plaza del Dam, y empezamos a recorrer a pie esta maravillosa ciudad. Ámsterdam es conocida como “la Venecia del norte”, ¿o era Brujas? Lo cierto es que lo he oído de los dos sitios, y ambas ciudades se ajustan a esta descripción. Ámsterdam está surcada por cientos de bellos canales cruzados por numerosos puentes. Pasear por sus calles es una buena opción para descubrir la ciudad, eso sí, teniendo cuidado de no meterse en el carril bici, porque literalmente te atropellan. Sin embargo, la ciudad es grande, y nosotros también queríamos tocar el timbre para que se apartasen los turistas despistados, así que fuimos a alquilar unas bicis. Era algo que nos había quedado pendiente en Gante y que teníamos muchas ganas de hacer.

 

Por 6 euros cada uno, alquilamos unas bicis por tres horas. Eso sí que era auténtico, fue una gran idea visitar Ámsterdam de esta forma. Las bicicletas eran comodísimas, puedes llevar la espalda recta y no cuesta nada pedalear. Otra cosa curiosa que tenían es que no tenían el freno en el manillar. Para frenar bastaba con mover los pedales en sentido contrario. Al principio te lías un poco, pero enseguida te acostumbras. En dos pedaladas cogías bastante velocidad, y comprendimos al fin que era por eso que la gente iba tan rápido por el carril bici, constituyendo un peligro para cualquier peatón imprudente que osase meterse dentro.

 

Pero no sólo los peatones que se cruzaban estaban en peligro; nosotros, inexpertos en el manejo de aquellas bicis éramos también víctimas potenciales de las altas velocidades del carril. Para divertimento de mis compañeros, me tocó a mí pegarme el porrazo. El accidente ocurrió de la siguiente manera: iba yo tan tranquilo por el carril bici cuando un tío un tanto estresado me pita para que me aparte. Hasta aquí, todo correcto. Sin embargo, el carril era estrecho, y yo veía que no cabíamos los dos. Al pasar con presteza por mi izquierda aquel aficionado a las contrarreloj, creí que iba a dar con su manillar durante el adelantamiento, así que, prudente yo, me eché un poco más hacia la derecha. La falta de experiencia a aquellas altas velocidades hizo que me comiese una valla situada a mi diestra, que cogía parte del carril. No obstante, salvo algún rasguño en el brazo no hubo consecuencias más graves.

 

Seguimos pedaleando y a media mañana llegamos al Vondelpark. Este parque es realmente inmenso, aun yendo en bici, tardamos un buen rato en recorrerlo. Hicimos un alto por allí, junto a uno de sus numerosos estanques. Después de descansar un poco, fuimos a devolver las bicis a la tienda, ya que se nos acababa el tiempo de alquiler.

 

Una vez habíamos devuelto las bicis, volvimos a regañadientes a nuestro clásico medio de transporte: los pies. Pasamos por un mercadillo, donde tras regatear con un vendedor, nos compramos tres camisetas a 10 euros cada uno. Nos habíamos encaprichado de ellas y nos permitimos ese lujillo como souvenir.

 

Entramos en un Kentucky, ya que había una oferta bastante curiosa justo los lunes, que aprovechamos para comprar un montón de trozos de pollo (o lo que sea eso que venden) que nos comimos en la plaza del Dam, que habíamos convertido ya en nuestro comedor. Nuestro estado era un tanto lamentable, tirados allí en el suelo de la plaza con la pinta de guarros y devorando el pollo con ansia, pero bien felices que estábamos llenando el estómago tras la ajetreada mañana.

 

La mañana la habíamos aprovechado bien, no habíamos parado desde las 8 de la mañana y gracias a ir en bici habíamos visto gran parte de Ámsterdam, aunque por supuesto no es suficiente para conocer esta impresionante ciudad. Por ejemplo no vimos la casa de Ana Frank, que es un sitio que creo imprescindible visitar en Ámsterdam. Yo había estado algunos años atrás y por ello no me importaba, pero si no habría insistido en ello. La lectura de su desgarrador diario fue una de las más impactantes de mi vida.

 

Por la tarde nos dimos otro paseo por Ámsterdam, parando en un par de coffee-shops. En uno de éstos, nos dejamos olvidado el pollo que nos había sobrado para la cena. Al lector le parecerá algo irrelevante, pero en ese momento nos pareció un auténtico desastre. Antes de irnos, nos encontramos por casualidad una tienda de setas alucinógenas y compramos unas mexicanas con las que Fran se agarró un ciego tremendo pero que a Alex y a mí no nos subieron nada. Mirando el lado positivo, al menos nos sirvieron para merendar.

 

Más tarde, después de haber recorrido todo Ámsterdam, volvimos a Haarlem, donde nos esperaba nuestro albergue. En el albergue de juventud, paradójicamente lo que menos había eran jóvenes. El albergue pijo, le llamábamos, a 25 euros la noche y más senectud que juventud. Al menos teníamos una habitación para nosotros solos.

 

Al fin nos pudimos pegar una buena ducha y volver a ser personas normales (todos menos Fran, que seguía bajo el efecto de las setas). Después había que amortizar el albergue y nos dedicamos a lavar la ropa sucia, que ya iba haciendo falta. Tras las labores de higiene, cenamos allí en la habitación. Después había que terminarse la marihuana que aún nos quedaba, ya que al día siguiente nos íbamos de Holanda y no era plan de arriesgarse. Hicimos el “esfuerzo” y caímos redondos en la cama.

Editado por Fish

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Martes, 19 de Julio de 2005. Día 10.

CAPÍTULO 10 – EL MUNDO ES UN PAÑUELO

 

Amanecimos en el albergue pijo de Haarlem. Durante el desayuno nos aprovisionamos de tarrinas de nocilla en cantidades y nos preparamos unos bocadillos, que sacamos de allí con alguna dificultad más de la esperada. Abandonamos el albergue y cogimos el autobús para ir a la estación. Esta vez estábamos más presentables y, a diferencia del día anterior la gente se atrevía a sentarse junto a nosotros en el autobús.

 

Cambiamos de tren en Ámsterdam, y partimos hacia la capital de Bélgica. Como fue un viaje largo aproveché para escribir el diario, que llevaba tres días atrasado y se me estaba empezando a ir de las manos.

 

Cuando llegamos a Bruselas, el hambre apretaba y fuimos primero a una tienda que encontramos llamada “economato español”, pero que de economato tenía lo justo, porque nos querían clavar 4 euros por media tortilla de patatas plastificada. Al final compramos en un supermercado supercutre que encontramos por el barrio marroquí y fuimos hacia la Grand Place. Como comprobamos, era de lo poco que merecía la pena de Bruselas. Esta ciudad era más fea que pegarle a un padre con un calcetín sudado. Bueno, a lo mejor no tanto, pero en comparación con las otras ciudades que habíamos visto, Bruselas no había por donde cogerla.

 

Estábamos comiéndonos unos bocadillos sentados en la Grand Place cuando de repente aparecieron por allí las dos madrileñas con las que ya habíamos coincidido en París y en Ámsterdam (bueno, ésa no cuenta porque allí habíamos quedado). Sin embargo, encontrarnos de nuevo allí en Bruselas de improviso, era ya el colmo de las casualidades. Ellas ya habían visitado la ciudad y se iban a la estación, así que nos despedimos una vez más. Visto lo visto, no sería raro encontrarnos en algún otro sitio de Europa en lo que quedaba de viaje, pero lo cierto es que fue la última vez que coincidimos por ahí.

 

Después de comer, fuimos a ver el Manneken-Pis, la fuente del famoso niño meón, que resulto ser toda una decepción. Después íbamos a ir a ver el parlamento europeo, porque a Fran le hacía ilusión ver el tema de la burocracia, no entendíamos por qué. Cuando nos enteramos de que estaba lejísimos, como no nos hacía tampoco especial ilusión (yo iba más que nada a sacarme la foto de rigor haciendo el corte de mangas al tinglado), nos sentamos en una plaza a deliberar, ya que la ciudad no nos estaba gustando nada. No sabíamos qué hacer, pero al final sacamos una conclusión: “Vamos a movernos y ya nos pasará alguna movida por el camino”. Después de otro pateo por la ciudad, al final de la tarde, decidimos volver hacia la estación de Midi, que tenía bastantes números para convertirse en nuestro hogar aquella noche. Pero efectivamente, nos pasó una movida.

 

Al margen de la gente del interrail, con la que nos encontrábamos por media Europa (que mucha casualidad es ya), ver una cara conocida en otro país era lo último que se me había pasado por la cabeza. Sin embargo, por allí, en una calle cualquiera de Bruselas, me encontré con Lourdes, una amiga de la facultad. Ni siquiera sabía que iba a viajar allí, así que la sorpresa fue mayúscula. “¡¿Pero tú qué haces aquí?!” “¿Y tú?”. La situación parecía irreal.

Así pasamos de ir a dormir en una estación a dormir en una casa en pleno centro de Bruselas. Lourdes y las dos amigas que la acompañaban (estaban las tres pasando unos días por allí) fueron al piso mientras nosotros íbamos a buscar las mochilas a la estación. Como después no pudimos encontrar la calle donde habíamos quedado, al final quedamos por el móvil justo en el medio de la Grand Place, que no tenía perdida. Allí nos sentamos a esperar, y en ese momento vimos cómo se iluminaba todo. La verdad es que de noche la plaza resulta mucho más espectacular.

 

Poco después estábamos en el piso, que era del hermano de una de nuestras anfitrionas. Era un pequeño estudio justo al lado de la Grand Place. Allí estuvimos hablando y jugando a las cartas, y después preparamos unos macarrones para cenar.

 

No recuerdo qué hora era, pero el sueño nos venció pronto. Al día siguiente pensábamos ir a Estrasburgo, aunque finalmente fue otro el destino elegido. Pero eso deberá ser contado en el próximo capítulo.

Editado por Fish

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Lo de tu episodio con tu compañera de uni me recuerda mi viaje

me encontre con una pareja de argentinos(ya mayores)en el vaticano,en florencia y en venecia

sigue con el diario que esta de puta madre

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Fish, lo tuyo es chorra. Yo pensaba que la casualidad estaba en lo de las madrileñas, pero al leer que era lo de tu amiga de la facultad, joder, es la caña.

 

Esperando próxima entrega, chaval.

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Vaya potra que tuvisteis, asi da gusto viajar por Europa. Una confesion a mi tampoco me gusto nada Bruselas, sera porque me enamore de Gante?

 

Sigue con el relato que est muy bien :lol:

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Saludos a todos! Sí, soy consciente de que tanta suerte no es normal, pero de todas formas fue una constante en nuestro viaje.

 

Efectivamente asiram, nosotros también nos habíamos enamorado de Gante, y después de ver ésta y otras ciudades como Brujas o Amberes, Bruselas nos decepcionó mucho.

 

Bueno, aquí sigo con el episodio 11:

 

:Miércoles, 20 de Julio de 2005. Día 11.

CAPÍTULO 11 – EL DILUVIO UNIVERSAL

 

Bruselas, Bélgica. Comenzábamos el undécimo día del interrail. Nos despertamos bastante tarde, siendo el día que más dormimos del viaje (10 horas de sueño que hacían falta). Tras despedirnos de nuestras amigas, fuimos a la estación central mientras desayunábamos unos bocadillos sobre la marcha. La idea era ir a Estrasburgo, pero como no salía ningún tren en las próximas horas, decidimos ir hacia Luxemburgo.

 

Llegando el tren a nuestro destino, se nos presentaba una nueva compañera: la lluvia. Densos nubarrones cubrían el cielo, y veíamos ya el agua golpear furiosa contra las ventanas. Tras unas tres horas de viaje, llegamos a la estación de Luxemburgo, donde consultamos los paneles para ver cómo marchar luego. Las conexiones hasta Estrasburgo nos iban a hacer perder mucho tiempo, así que decidimos ir hacia París y de allí a la Bretaña francesa, cuya visita nos habíamos saltado subiendo hacia los países bajos. Salía un tren directo hacia París a media tarde, lo cual nos dejaba un margen de unas dos horas para visitar la pequeña ciudad de Luxemburgo.

 

La lluvia nos ofrecía una tregua por el momento, pero el cielo estaba negro, y al poco de salir de la estación ocurrió lo previsible y empezó a diluviar. Las inclemencias del tiempo no eran razón para detener nuestro camino, así que nos pusimos los impermeables y continuamos la marcha hacia el centro de la ciudad, parando un instante en un supermercado donde nos aprovisionamos de comida.

 

De camino hacia el centro, pasamos por un gran puente que ofrecía magníficas vistas. Todo estaba cubierto por grandes y frondosos árboles, formando un agradable paisaje. El precio que había que pagar para disfrutar de esto eran sin duda las numerosas lluvias que debían de sufrir por allí, como estábamos comprobando en nuestras carnes.

 

La ciudad de Luxemburgo no tiene mucho que ver, pero el paseo por sus céntricas calles nos resultó agradable a pesar de la lluvia. La visita fue algo acelerada, debido al poco tiempo de que disponíamos, pero pudimos conocer algo de este olvidado país de Europa.

 

Terminamos nuestra visita y volvimos a la estación, desde donde partíamos hacia la capital de Francia. Fue un viaje largo, de casi cuatro horas, en el que aproveché para tomar notas en mi cuaderno de bitácora, como hacía habitualmente. A medida que nos acercábamos a París, el cielo se iba despejando de nubes. Francia nos recibía con mejor tiempo que Luxemburgo.

 

No aprovechamos mucho aquel día, ya que lo pasamos casi entero viajando. La ruta que acabábamos de tomar estaba siendo un poco caótica, surgida de la improvisación y perdimos mucho tiempo. Pero no todo nos iba a salir perfecto, así que sin más preocupaciones continuamos nuestro periplo por la zona E.

 

Llegamos ya de noche a la estación del este de París, desde donde cogimos la línea de metro que nos llevaría a Montparnasse, no sin antes reírnos un rato cuando Alex se quedó aprisionado en las puertas de acceso al metro. Al poco de montarnos, nos dimos cuenta de que nos habíamos equivocado de dirección, con lo que tuvimos que bajarnos y montarnos en la línea con sentido contrario, que era la última que hacía el recorrido aquella noche. Un poco más y nos quedamos allí tirados.

 

Tras andar un poco desde la boca del metro hasta la estación, viendo fugazmente la torre Eiffel iluminada a lo lejos, por fin llegamos a la estación de Montparnasse, que había llegado a ser algo así como nuestra casa en París. Y aquel día más que nunca, ya que no salían trenes a Rennes hasta la mañana siguiente, por lo que tendríamos que dormir allí.

 

En una de las zonas de espera de la estación, montamos el siempre entrañable chiringuito, con las esterillas y sacos de dormir bajo unos bancos a los que atamos las mochilas, siempre cautos. Cuando ya nos disponíamos a dormir, aparecieron unos cuantos guardias de seguridad hablándonos en aquella lengua ininteligible que para nosotros era el francés. Les enseñamos los billetes de interrail diciéndoles como pudimos que íbamos a Rennes por la mañana. Sólo les entendimos que cogiéramos las cosas y que fuéramos con ellos. Pensamos que nos iban a registrar, pero simplemente nos condujeron hasta otra sala de espera donde había más gente durmiendo.

 

En aquella sala teníamos un inconveniente. La luz estaba fortísima, imagino que para que la gente no le echase cara como nosotros y no utilizase la estación a modo de albergue. Entre aquello, el sofocante calor que hacía, y que nos despertaban cada dos por tres para que enseñáramos los billetes, allí no había quien pegara ojo. Cuando por fin estaba cogiendo el sueño, llegaron unas tías pegando voces y despertando a todo el personal. Después de aquello, Fran y Alex se desvelaron y empezaron a hacer coñas con lo feo que era Utrecht (tema bastante recurrente en los últimos días). Es ese tipo de cosas que no resultan graciosas cuando las cuentas a terceras personas, pero yo cada vez que me acuerdo de las historias de Utrecht que salieron durante el viaje no puedo evitar reírme.

 

En fin, lo último que recuerdo de aquel día fue lo difícil que se hacía el dormir en el suelo y muerto de calor con Fransúa de fondo con su “Utrecht te devora el alma”.

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Esperando próxima entrega, Fish. Está interesante. Ánimo, que no es nada fácil ponerse en verano a escribir un diario cuando hay tantas cosas por hacer. :bye2:

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FISH!!!por lo q leo y por lo q me suena si mi memoria "fish" no me falla...tu eres uno de los cacereños a q si??!!!!!!!!!jiji dime q no me ekivoco!!tengo q leer tu diario bien pq he llegado y veo q sois lo peor y no parais de escribir ni en vacaciones, jaja

 

Ali tiene vuestras dires y hasta q no venga del pueblo no os puedo agregar así nos pasamos fotillos y nos contamos el final de nuestros viajes jajaja, q odiseas eh???los sinrumbo, jaja tengo una morriña majo q no puedo con ellaaaaa

 

PD:voy a leer tu diario con detenimiento, y espero q si salimos no nos pongais a parir, jeje ya sabes, siempre quedará utrech...jaja :bye2:

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