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Como lo prometido es deuda, aquí iré publicando por entregas, como es habitual en el foro, el relato de mi interrail.

 

Hoy la primera, con el capítulo 0, a modo de prólogo, y el 1, primero del viaje. Espero que os guste:

 

 

 

DIARIO DE TRES TROTAMUNDOS por Fish

Relato de un interrail por la zona E

 

CAPÍTULO 0 – FUERA DE LAS VÍAS

 

Esta historia que, como cronista oficial del grupo, me dispongo a relatar aconteció en el mes de Julio de 2005. Sin embargo, el viaje comenzó mucho antes de coger el primer tren. Por ello, empezaré por el principio.

 

No recuerdo cuándo fue la primera vez que oí hablar del interrail. Supongo que era demasiado pequeño como para acordarme, pero las ganas de vivir una aventura semejante me acompañaron desde entonces. Sabía que era algo que, cuando tuviera edad suficiente, tenía que hacer.

 

Llegó el momento en el que empecé a plantear seriamente a mis amigos el realizar este viaje. Pronto comprendí que el principal obstáculo que había que salvar para hacer un interrail no era sólo el dinero, sino encontrar a gente dispuesta de verdad a hacerlo. Esta historia le sonará a muchos; en principio a todo el mundo le gusta la idea, pero después la realidad es bien distinta y empiezan las excusas. Ya sea por un motivo o por otro, al final me acababa quedando en tierra.

 

Finalmente, el verano pasado decidí que éste iba a ser distinto. Por ello comencé a ahorrar y seguí haciéndolo durante todo el año. Me informé más seriamente en el foro de interrail, y seguí proponiendo la idea a mis amigos. Con un presupuesto de 600 euros, la zona elegida era la E, que comprende Francia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo, para 16 días. Veía el sueño más cercano que nunca, y llegué a la determinación de que este verano yo me iba de interrail, solo o acompañado, pero me iba.

 

La propuesta seguía ahí, y a falta de un par de meses, se apuntaron dos amigos, Alex y Alberto. Esta vez la cosa iba en serio. Finalmente, Alberto abandonó por motivos de trabajo y nos quedamos Alex y yo.

 

Unos días después fuimos a comprar el billete. Habíamos llegado al punto de no retorno. Casi no me lo creía. Por fin tenía en mis manos el codiciado billete de interrail y con él, la certeza de que me iba. La fecha elegida era el día 10 de Julio.

 

Faltaba más de un mes, pero yo ya llevaba tiempo estudiando posibles itinerarios e informándome de todo lo necesario a través de internet (gracias a todos los del foro, qué haría sin vosotros). Tras acabar los exámenes del fatídico mes de Junio, llegaron los preparativos finales; llenar la mochila y conseguir la documentación que nos faltaba. El primo de Alex, Fran se apuntó la última semana y preparó todo en un tiempo récord.

 

Así pues, finalmente íbamos tres, de distintas partes de Extremadura: Alex, Fran y Fish (yo mismo), todos con la casa a cuestas y ganas de ver mundo. Por fin listos.

 

 

 

Domingo, 10 de Julio de 2005. Día 1.

CAPÍTULO 1 – HACIA LA TORRE “EIFIEL”

 

A las 6 de la mañana sonó el despertador. Había llegado el día. Tras el desayuno y ducha pertinentes, me coloqué la riñonera interior con los billetes y documentación (que pasaría a ser conocida como faja) en la cintura y la mochila a la espalda. Ya podía empezar a acostumbrarme, porque íbamos a pasar mucho tiempo juntos desde entonces. Me dirigí hacia la estación de trenes. Comenzaba el interrail.

 

El tren salió de Badajoz a las 7:35 de la mañana, con destino Madrid. Tras dar una vuelta enorme por diversos parajes de Extremadura (normal que el tren se use poco en España), unas dos horas después llegó a Cáceres, donde me encontré con mis dos compañeros de viaje, Alex y Fran. Las paradas del tren se hacían bastante amenas porque todo el mundo se quedaba entallado en las puertas automáticas de los vagones, que se abrían durante el tiempo suficiente para que pasara una persona, pero no su correspondiente macuto, con los consiguientes atascos.

 

Una vez acomodados en lo que pronto consideraríamos nuestro hogar, hicimos un primer uso de los diccionarios de conversación que llevábamos en el que sacamos un par de cosas en claro: que mis dos años de francés en el instituto no me habían servido de nada y que había que descartar el holandés. De todas formas, al menos por los países bajos, con el inglés no tendríamos problemas.

 

Durante el viaje conocimos a un chaval alemán que estaba viajando por España, que le sacó más partido a los diccionarios que nosotros tres juntos, apuntándose algunas frases en un papel. Después se sentaron enfrente de nosotros unos viejos con los que estuvimos hablando el resto del viaje de las cosas de la vida, que siempre se aprende algo, con lo que estuvimos entretenidos hasta que llegamos a Madrid.

 

Nada más llegar a la estación de Atocha, preguntamos para cambiar a la estación de Chamartín, hasta la que cogimos un cercanías. Mientras esperábamos allí al siguiente tren, que nos llevaría hasta la frontera, preparamos los primeros bocadillos del viaje, piedra angular de nuestra dieta durante el viaje.

 

Lo más destacable de nuestro vagón fue que había unos niños tocapelotas con una trompeta de plástico amenizando el viaje a los pasajeros. Quedaban muchas horas hasta llegar a Hendaya, así que matamos el tiempo dando una vuelta por el tren. Echamos un rato en el espacio entre dos vagones, en el que estuvimos hablando con un viejo (por alguna extraña razón, los trenes en España están llenos de viejos). Era bastante cachondo y nos insistía en que Burgos era la octava maravilla del mundo mientras nos fumábamos un cigarro, hasta que vino un revisor a echarnos una pequeña bronca. Después, tras contarle que nuestro primer destino interrailero era París, llamó a su mujer, que la había visitado hacía años y le había gustado mucho, sobre todo la torre “eifiel”. Nos aconsejó, entre otros sitios a visitar, que cogiéramos un barco por el río Nilo. Nos quedamos flipando, pero no le dijimos nada porque se la veía muy ilusionada hablando sin parar de París. Fue muy agradable la mujer y le agradecimos los consejos.

 

Poco después, el tren paró en Burgos, donde al fin se bajaron los niños de la trompeta, que como ya se había enterado todo el vagón, iban a pasar el verano con sus abuelos. Vaya regalito para las vacaciones.

 

El tren iba con bastante retraso, porque por lo visto había tenido que variar la ruta por causa de un incendio. Si se retrasaba demasiado, tendríamos que hacer noche en Hendaya, ya que no salía otro tren hacia París hasta la mañana siguiente, pero confiábamos en llegar a tiempo.

 

Al final del trayecto, el vagón estaba prácticamente vacío. Sólo quedábamos nosotros y dos madrileñas que conocimos allí, que empezaban también el interrail. Paseándose por el vagón, Fran encontró por ahí tirada la trompeta que nos había martirizado horas antes, con la que se encargó de comunicar nuestra llegada a Hendaya a los cuatro vientos poco después. Habíamos cruzado la frontera, ya éramos guiris oficialmente.

 

Nada más bajarnos del tren, un tío fuera de sí, pegando voces y tocando el silbato como si le fuera la vida en ello, nos puso nerviosos y nos montamos en el primer vagón que vimos, de un tren que estaba a punto de salir. Pasado el momento de confusión, nos dimos cuenta de que ya la estábamos cagando y nos volvimos a bajar. Habíamos estado a punto de irnos a saber dónde. Tras hacer la reserva pertinente, nos montamos en el tren bueno.

 

Allí cenamos en compañía de un francés que venía de los sanfermines, con el que nos estuvimos comunicando en una especie de esperanto, mezclando castellano, francés e inglés. No sería la última vez que combinábamos varios idiomas en una sola frase. El resto de la noche, la pasamos en uno de los espacios que hay entre vagón y vagón hablando con las dos madrileñas de antes y dos asturianos que también empezaban esa noche el interrail. Con el cachondeo que se acabó formando, se corrió la voz por el tren y acabamos como 14 o 15 personas allí metidos, mientras la mayoría del tren dormía. Sobre las 4 de la mañana, alguien pensó que sería sensato imitar al resto de pasajeros e intentar dormir un poco, ya que llegábamos a París unas dos horas después. Nos despedimos, quedando en Ámsterdam para el sábado siguiente, y volvimos a nuestro vagón. Allí nos acomodamos como pudimos en dos asientos cada uno con el saco de dormir. Costó coger el sueño esa primera noche, pero al final caímos, mientras el tren nos llevaba casi sin enterarnos (benditos [acronym=Train à grande vitesse. Tren de alta velocidad francés]TGV[/acronym]) rumbo a París.

Editado por Fish

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Me gusta tu diario, Fish, tiene buena pinta.

Espero que nos sigas relatando más y más aventuras.

A ver si se animan lo demás y los qye vayan llegando.

 

Nos vemos.

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Gracias, Ulises. Yo también estoy abonado a tus fascículos :bleh:

 

Estos dos han sido prácticamente de introducción. Ahora viene la parte más interesante. Mañana pondré la siguiente entrega.

 

Saludos.

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Continúo con la segunda entrega :bleh: :

 

 

Lunes, 11 de Julio de 2005. Día 2.

CAPÍTULO 2 – PATEÁNDONOS PARÍS

 

Despertamos con el amanecer, llegando a París. A las 6 de la mañana, tras apenas una hora de sueño, nos bajamos del tren en la estación de Montparnasse. El día iba a ser largo, y había mucho que andar, así que fuimos a dejar las mochilas en consigna. Lo que no sabíamos era que ésta cerraba durante la noche, algo que seguro no olvidarían unos cuantos tíos que estaban durmiendo junto a la puerta esperando a que abrieran. A las 7 de la mañana abrieron y pudimos dejar los macutos en una taquilla, cogiendo las mochilas pequeñas con lo imprescindible para patearnos París.

 

Nada más salir de la estación, nos encontramos de frente con un rascacielos enorme que nos vendría perfecto como referencia para volver a la noche. Llegó el momento de sacar la guía de viaje, más conocida como “la biblia”, para ver por dónde íbamos a la torre Eiffel. Empezamos a andar buscando la avenida por la que ir, hasta que nos dimos cuenta de lo absurdo de la situación al ver la majestuosa torre alzarse a lo lejos, dándonos la bienvenida. Era tan sencillo como andar hacia ella.

 

De camino hacia nuestra primera visita, nos asaltó lo que pronto se convertiría en un temible enemigo: las ganas de mear. Bien es sabido por todo interrailero que una vez cruzados los Pirineos te puedes olvidar de mear gratis. Nosotros, novatos entonces, no habíamos aprovechado en el tren, por lo que nos tocó pagar en una de las cabinas individuales, sujetando la puerta con el pie para poder entrar los tres por el precio de uno. Al terminar, la puerta se cerró, quedándose atascada y ya no se podía entrar. No era nuestra intención, pero valga como venganza por tener que pagar por mear el cargarnos la cabina.

 

Llegamos a la torre Eiffel, el monumento más visitado del mundo, que todavía no había abierto y ya se estaba formando una cola kilométrica en una de las bases. Era para subir en ascensor. Nosotros, que no queríamos tener que vender nuestros órganos para pagarnos el viaje, fuimos al lado opuesto, por el que podías subir por las escaleras por 3 euros. Allí además no teníamos que aguantar cola. Mientras esperábamos, llegó un camión de soldaditos que se empezaron a pasear con sus metralletas por debajo de la torre. Los militares paseándose por sitios emblemáticos y estaciones de tren serían una constante en nuestro viaje, tras los recientes atentados de Londres. No veíamos en qué garantizaban la seguridad, más bien daban la sensación de todo lo contrario. Pero bueno, a lo que íbamos. Subimos al segundo piso (más no se podía por las escaleras) y estuvimos por allí un rato, disfrutando de las impresionantes vistas de París y sacándonos las obligadas fotos.

 

Hacía bastante calor, y tras la subida se nos presentaba otro nuevo enemigo: la sed. En todo París no encontramos una sola fuente a lo largo del día que pasamos allí. Dedujimos que el principal negocio de la ciudad no eran los restaurantes, hoteles o tiendas. Tenían que ser por fuerza los meaderos y los botellines de agua, que cobran a precio de oro.

 

Tras bajar de la torre, buscamos un supermercado donde comprar algo para desayunar. Saliendo de las calles principales, encontramos una tiendecita escondida donde pudimos comprar agua, zumo y unos dulces a un precio medio razonable para ser París. Desayunamos sentados en un banco frente al Sena. Después de cruzar el río, seguimos nuestro camino por los Campos Elíseos, desde donde vimos el Arco del Triunfo y llegamos a la plaza de la Concordia. De camino al Louvre, nos paramos un rato en una fuente que tenía sillas alrededor. Como hacía algo de viento, el agua te mojaba un poco y se estaba más a gusto que un interrailero meando gratis.

 

Los alrededores del Louvre estaban abarrotados de turistas. Teníamos entendido que el lunes podíamos entrar gratis por ser estudiantes, pero resultó que no. Nuestra intención era entrar, pero vistos los precios y las colas se nos quitaron las ganas, ya que tampoco había ningún entusiasta del arte entre nosotros. Nos sentamos en el centro de la plaza, frente a la pirámide de cristal hasta que nos echaron de allí unos seguratas porque o estábamos de pie, o no estábamos, entendimos.

 

Más tarde comimos unos bocadillos al lado de una iglesia que encontramos buscando la catedral de Notre-Dame, y con la que nos tuvimos que conformar, pues no hubo manera de encontrarla por más vueltas que dimos. Al menos nos sirvió para callejear un poco por París y descansar de tanto monumento. Mientras comíamos, un viejo le echó la bronca a Fran sin que supiéramos por qué, pero como no entendíamos ni papa de francés nos importó bastante poco.

 

Tras desistir en nuestra búsqueda de Notre-Dame (todavía no entiendo por qué no pudimos encontrarla, si estábamos siguiendo el plano) fuimos al palacio de Luxemburgo, donde nos echamos una estupenda siesta en los jardines hasta que un gendarme nos despertó diciendo que allí no se podía dormir. Por lo visto a Alex y a Fran les despertó dándoles pataditas. Es un despertar bastante desagradable el abrir los ojos tras una apacible siesta y encontrarte el careto de un gendarme. Segunda vez que nos echaban de un sitio de París en el mismo día, pero se agradecía de todas formas porque si no fijo que no nos despertábamos hasta el día siguiente.

 

Como en París no nos querían, volvimos a Montparnasse y recuperamos las mochilas. Quedaba por visitar el barrio latino y Montmartre, pero como no teníamos dónde dormir, íbamos a pasar la noche en el nocturno París-Carcassonne. Ya pasaríamos otro día en París si había oportunidad.

 

El tren salía de la estación de Austerlitz, y para llegar allí cogimos un autobús abarrotado en el que no podíamos evitar ir golpeando cabezas variadas con las esterillas. En particular, la esterilla de Fran era como tamaño familiar y tuvo que haber alguna que otra decapitación en el autobús.

 

En la estación, Fran compró una botella de agua que resultó ser con gas. La intentamos disipar agitándola, pero estaba igualmente malísima. Tras cenar sentados en un rincón de la estación, nos montamos en el que aquella noche sería nuestro dormitorio. Nuestro vagón estaba lleno, pero confiábamos en que fuera vaciándose en las siguientes paradas. Así fue, y mientras tanto aproveché para escribir unas líneas en el diario. Cuando pudimos encontrar cada uno un par de asientos, bastante estrechos e incómodos, por cierto, nos tumbamos haciendo gala de desconocidas habilidades contorsionistas. El cansancio del día había hecho mella, y esta vez poco tardamos en caer dormidos, mientras la noche envolvía al tren que nos transportaría hasta el sur de Francia. Carcassonne y su famosa ciudad medieval nos aguardaban.

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A ver si esta noche o mañana tengo algo de tiempo y pongo el siguiente. Próximamente en sus pantallas el capítulo 3 "de la higiene a la tortura".

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muy bueno el diario!!!!!!!

lo del agua con gas tambien me paso a mi en bari,dios que mala estaba

Sigue pronto que esta genial

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Gracias a todos, me alegro de que os guste.

 

Lo del agua con gas, debería advertirlo en grande, porque nosotros no nos dimos cuenta hasta que la abrimos y sonó el pschhhh. :lol:

 

Bueno, sigo con el capítulo 3:

 

Martes, 12 de Julio de 2005. Día 3.

CAPÍTULO 3 – DE LA HIGIENE A LA TORTURA

 

A las 6:30 de la mañana llegamos a Carcassonne. Nada más bajar del tren encontramos lo impensable: ¡una fuente con agua, potable, gratis y en cantidad ilimitada! Después de las penurias con el líquido elemento pasadas en París, una chorrada como ésta te hace feliz. Vaciamos la botella de agua con gas, que, por qué será, la habíamos racionado bastante, para llenarla con agua normal.

 

El plan era visitar Carcassonne durante el día para por la noche coger el nocturno de vuelta a París. Por eso, lo primero que hicimos fue reservar plaza en el tren, para quedarnos tranquilos. Después había que dejar las mochilas. La estación era muy pequeña, pero aún así no encontrábamos las taquillas. Al preguntar, se confirmaron nuestros temores: la estación no tenía consigna. Tocaba cargar con las mochilas durante todo el día. Sabíamos que algo así tarde o temprano nos pasaría y ya estábamos preparados psicológicamente, aunque nuestras espaldas no opinaban lo mismo.

 

Tras el garbeo de reconocimiento inicial, esperamos en un parquecito a que abrieran la oficina de turismo, ya que a esas horas no había nada abierto. Después fuimos directamente a la ciudad medieval, parando en una tienda por el camino donde compramos un zumo y unas galletas chungas con pasas por elección de Fran. Desayunamos junto a la puerta del castillo. Las galletas estaban malísimas, pero Fran parece ser que no compartía nuestra opinión culinaria porque se pegó el gran atracón (gran error, como comprobaríamos más tarde).

 

Pasamos la mañana paseándonos por la ciudad medieval. Es enorme e impresionante, y estupendamente conservada, aunque por dentro nos decepcionó un poco porque parecía más un centro comercial que un castillo, lleno de tiendas con cientos de turistas comprando compulsivamente. Sin embargo, saliendo de las zonas con vocación de parque temático, disfrutamos mucho más del lugar, sentándonos finalmente en un sitio apartado del mundo consumista en el que se podía disfrutar de una de las mejores vistas del castillo.

 

Al llegar el mediodía, volvimos al pueblo. Tras separarnos un momento con la misión de buscar algún sitio para comer, fuimos a un turco que encontró Alex, que aunque estaba ya cerrando cuando llegamos, se portaron y nos prepararon unos kebabs. Mientras esperábamos, nos invitaron a unos chupitos llamados shooter o algo así. Una vez conseguidos los víveres, fuimos a un parque que habíamos visto cerca de la ciudad medieval, justo a orillas del río. Había unas mesas de madera a la sombra, donde comimos de lujo.

 

Después de comer, desplegamos nuestro campamento justo al lado de una fuente de esas de manivela que bombean agua. Primer uso de las esterillas, porque el suelo estaba lleno de pinchos (luego hubo que quitarlos de los aislantes con paciencia). Además, montamos un tendedero entre dos árboles. Llegó el momento de la higiene que nuestra querida fuente nos iba a proporcionar. Con tal cantidad de agua gratuita, sería imperdonable no aprovecharla, así que lavamos ropa y aprovechamos para ducharnos como pudimos. Como pasamos allí bastante rato y hacía bastante calor, dio tiempo a que la ropa se secara de sobra, a excepción de unos calzoncillos míos que se volaron del tendedero y se llenaron de barro, con lo que tuve que lavarlos otra vez.

 

Mentes científicas como las nuestras no podían irse de allí sin obtener un curioso dato: cuánto nos habría costado toda el agua usada aquella tarde en la fuente si la hubiéramos conseguido comprándola por botellines de agua mineral en París (única vía de obtención de agua en la ciudad del amor y la deshidratación). Teniendo en cuenta la velocidad de llenado de una botella y el tiempo aproximado de uso de la fuente, obtuvimos un coste total de unos 1000 €. Puede que el realizar este experimento revelador fuese causa de una anterior insolación; puede que fuera nuestra obsesión por el agua tras el día anterior en París; puede que fueran las dos cosas o puede que ninguna, pero ahí dejo el dato.

 

Una vez recogido el chiringuito, como teníamos que coger el nocturno de vuelta a París, nos dirigimos a la estación, parando en una plaza frente a ésta para cenar unos bocadillos.

 

Ya estábamos cenando, limpitos, felices y tranquilos, cuando las dos últimas cosas se jodieron. Ocurrió en el momento en el que aparecieron en el horizonte (a diez metros) tres yonkis con cuatro perros, aunque decían tener diecisiete. Comenzaron pidiéndonos dinero mientras nos rodeaban con los perros (estábamos de espaldas a una fuente). El que parecía el cabecilla, es decir, el más chungo de todos, chapurreaba algo de español y una luz se abrió paso entre las tinieblas (ahora me puedo poner poético, pero en el momento estábamos acojonados) cuando le oímos llamar a un español que estaba al otro lado de la plaza. Pensábamos que ya estábamos salvados, cuando apareció el tío, todavía más chungo que los otros, sin camiseta y lleno de cortes. El español realmente iba a su bola, no paraba de repetir que se iba a follar a una francesa cuando apareció el novio y se le jodió el plan. Aunque para insistencia la del yonki cabecilla con ciertos conocimientos de español, que, ironías de la vida, nos advirtió mil veces sobre el peligro de la gente mala que roba por ahí.

 

Llamadlo milagro, llamadlo suerte, llamadlo capacidad de amistad yonkil, pero el caso es que salimos indemnes. Tras una media hora eterna de sutil y estoico aguante, aparentando buen rollo, nos pudimos ir tranquilamente a la estación. El enfrentamiento “amistoso” se saldó con unos daños totales de cuatro cachos de chorizo que nos sobraron de la cena y que les ofrecimos.

 

Una vez a salvo en la estación (hogar, dulce hogar), esperamos una hora al tren mientras hablábamos de lo sucedido. En ese rato, salieron las dos frases célebres del día, que reproduzco a continuación:

 

“Siempre nos quedará París” (Alex, tras la huida a la estación, deseando salir de allí).

“No ha sido para tanto” (Fran, quitándole hierro al asunto, pero con la digestión cortada tras el incidente).

Editado por Fish

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