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Tras casi dos años de ausencia, ha despertado en mí mi espíritu aventurero para este 2012 y mi espíritu ruin y guarrete para contar vivencias. Mientras preparo mi interraíl de este próximo junio, iré subiendo capítulos de mis aventuras por CentroEuropa en 2010.

 

Al final distirbuí mi pase flexible de cinco viajes en diez días en un Madrid - Charleroi en avión y comenzado el billete con:

 

Una visita a Brujas de un día sin pernoctar y salida a Holanda.

 

Dos días en Amsterdam.

 

Tres en Berlín con visita a Postdam.

 

Un día en Praga.

 

Dos días en Cracovia con visita a Auschwitz y Wieliczka.

 

Dos días en Budapest.

 

Y a parte salida a Viena para otros dos días y visita de medio día a Bratislava. La vuelta Bratislava - Girona y Girona - Madrid en avión.

 

P.D. No sé si subiré alguna foto, por tema privacidad y por tema informático, pues a mí me sacas de las flechas y las pinturas y me pierdo.

Editado por Manawenuz

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Recuerdo que había estado, para variar, haciendo frío toda la primera mitad de junio. Cuando por fin comenzaba a arreciar el calor partimos una tarde cercana al solsticio rumbo a nuestra primera parada, el aeropuerto Madrid - Barajas. Nada más empezar la aventura casi perdemos el tren de Tarancón y echamos por tierra mi puntualidad perfeccionista y británica, y es que no quería dejar ningún cabo suelto y hasta el último segundo estuve confeccionando mi guía casera (acabó arrugada como el coño de una leprosa, pero la conservo y algo habré de hacer con ella, porque por una reliquia así los japos pagan un riñón y medio, y no es coña): historia de cada ciudad; historia, características y partes más interesantes de cada monumento; planos detallados de todas las ciudades, y estando señalizados todos los monumentos, bares de visita obligada, restaurantes y discotecas donde casi comer y beber por la patilla… y todo ello con su parada de autobús y metro más cercana; platos y bebidas típicas a degustar; y un pequeño diccionario con frases y palabras en los diversos idiomas de Mordor entre los que estaríamos atrapados. Todo esto además acompañado de todos los horarios de los trenes y de los albergues más baratos y, a ser posible, que no estuviesen en un barrio yonki - marginal (aunque tampoco se nos caen los anillos por tratar con vagabundos, como ya se verá). Imprimimos los billetes de vuelta y mandamos una copia de todo a los emails (hay que ser previsores para evitar posibles extravíos y shows posteriores blasfemando en medío del gentío en plan la peli “Como dios”). Me afeité y acicalé, porque no sabía entre qué escoria y sabandijas me iba a ver envuelto a lo largo de dos semanas y si habría de luchar contra los piojos únicamente con esa ducha y ese afeitado. Nos embutimos nuestras mochilas gigantes chepudas de los chinos, apretadas como unas tetas de silicona de 12 kilos cada una, a las cinco de la tarde, para recorrer en poco más de cinco minutos un kilómetro y medio hasta la estación. Yo estaba ya sudando como un muñeco de nieve en Florida. Pero, claro, Vichu suele ser adivino y dijo que teníamos que empezar con suerte y que nos encontraríamos a alguien para que nos bajara… nada más girar la primera esquina corriendo a todo meter cuales Bilbos el día que debía reunirse con los enanos en Delagua nos encontramos a su hermana con el coche, quien nos bajó a la estación (el karma luego nos daría por culo con creces por esta potra). Sacamos los billetes, con nuestro respectivo descuento que ya me encargué de atar con tres visitas amenazadoras al de la taquilla. Nuestro billete europeo para todos los trenes de Europa por 150 euros nos acreditaba y hacía merecedores de un 50% gratis; importe por supuesto yo sabía con certeza que el ferroviario ignoraría dada la incompetencia innata de este país, así que me aseguré varias veces de que se informaba y no le pillara de susto. Cogimos el tren medieval rumbo a Madrid. En las tropecientas horas que dura el viaje nos dio tiempo a repasar trayecto y estrategias y a echar un montón de partidas de cartas.

 

Cuando llegamos a Madrid podíamos haber salido en Atocha o continuar hasta Nuevos Ministerios. Nos entraba en el descuento, así que optamos por llegar hasta allí, que estaba más cerca del aeropuerto y además podríamos ir directamente. Decidimos salir a dar una vuelta por las calles de la jaula de grillos madrileña y buscar unos chinos para avituallarnos generosamente con tres o cuatro litros de cerveza, pues el avión salía a las 6 de la mañana y tendríamos que pasar mínimo desde la 1, cinco horas esperando en el aeropuerto. Lo que parecía una tarea sencilla se convirtió pronto en una odisea graciosa. Pegas una patada al aire y salen cuatro badulaques, más en Madrid, pues tras andar con casi 15 kilos a la espalda un par de kilómetros sin ver nada nos reíamos y comenzamos a desesperar, pero sólo tras estar hora y media andando por todo el centro – norte con idéntico resultado desistimos y empezamos a despotricar y a mirar mal a todo bicho viviente. Encima cada vez con más sed, con la lengua igual que un trozo de velcro. Terminamos para hacer tiempo haciéndonos fotos a mansalva en el Bernabéu como dos simpáticos orientales. Cuando nos cansamos decidimos que sería mejor ir al aeropuerto y esperar y ya está, eso sí, con la boca más seca que un cactus (había que ir economizando). Al llegar, sólo el mero hecho de contemplar la escena con el suelo atestado de moros desperdigados entre cartones varios y una mancha de aceite acá y acullá hizo que se me revolvieran las entrañas. El ambiente cargado y la sala hediendo a putrefacción me puso de mala hostia (no ayudó la eternidad de mil vidas que tuvimos que esperar allí al avión), pero el hecho de ver gente con los cartones estratégicamente situados para rezar fue el hecho que me infundió ganas de echar gasolina y volar toda aquella área. Dimos una vuelta y nos hicimos unas fotos con una estatua que parecía ser Marx. Echamos otras tropecientas de las ya míticas partidas de cartas y puse algo de música. Fui al baño a mojarme los labios con un poco de agua al menos. Pasó el tiempo y, cuando comenzó a agitarse el gentío, decidimos ejecutar otra de nuestras jugadas maestras: pasamos a las letrinas, abrimos en la estrechez de los habitáculos los mochilones y nos pusimos como unas focas capas y capas de pieles para quitar peso al equipaje. (Quien haya volado con Ryanair sabrá que sin coste sólo está permitido portar 10 kilos sin facturar… íbamos a estar fuera dos semanas… pero está por nacer todavía quien nos haga pagar un suplemento de cualquier tipo a nosotros. Dos pantalones uno encima de otro y tres camisetas.) Nos pusimos los caparazones otra vez y salimos cuales cebollas rumbo al embarque.

 

Los putos vuelos serán baratos, seis euros señores (e incluso íbamos a haber cogido uno de tres que salía de Valladolid, ya que buscar tropecientas combinaciones para buscar siempre lo más barato es algo básico para gente con economía creativa), pero incómodos y molestos como un supositorio de plomo. Menos mal que duró dos horas. Claro, a ese precio había unos capullos molestando mi sueño que no dejaban de pedir “cubalibres de avión”, esto es chupitos del tamaño de un tapón de botella a seis euros, dejando en posición de abstemios a Boris Yeltsin y a Aznar. En ese trayecto Vichu quiso volver a probar sus dotes de vidente y dijo que a lo largo del viaje estaba seguro que teníamos que encontrar alguien conocido o de Tarancón. Yo contesté que una polla, que si se había pensado que iba a Gandía y no a incrustarse en la Europa profunda. Cuando ya tenía en mente sacar el rifle de cazar elefantes para cargarme a todas las azafatas, a los borrachos y al del altavoz, aterrizamos en Charleroi (en medio del campo, más bien), más perdidos que un pulpo en un garaje. Un autobús supuestamente nos debía transportar a la estación de tren. Había 800 cuando se supone que sólo habría uno. Mal empezamos, y comenzaba a cagarme en dios. Dentro de las indicaciones de mi guía intuí que era uno en particular. Acerté, pero la puerta se nos cerró en las narices y el siguiente tardaba veinte minutos. Mis gritos se oyeron por todo el espacio aéreo. Había mucho ruido de un lado a otro, como un enjambre de avispas, por lo que imaginé que se trataría de españoles o de italianos. Sí, eran españoles, claro. Éstos iban más perdíos que un hijo puta el día del padre y parecían más inútiles que Epi y Blas en una cama de velcro (yo creo que éstos lo más lejos que habían salido era a comprar tabaco a la esquina de su casa). No sabían si estaban en Seattle o en Kuala Lumpur. Me vieron con pinta de enteraíllo y con cierta idea de por dónde me movía, leyendo unos papelajos… allá que fueron detrás de mí. Les expliqué todo cuanto necesitaban saber del autobús y trenes de hacia donde se dirigían. Por un instante los ojos se me transformaron en una pantallita con el símbolo de los diamantes de la tragaperras, y me imaginé urdiendo alguna estafa para sacarles las perras o haciendo de guía para ese nutrido grupo de personas; aunque pronto deseché esa idea y me alegré de que siguieran su camino por otro lado, porque cuanto más grande es un grupo más dificultades tienes para moverlo, y mi preparación detallada y exhaustiva exige que para ver todo lo planeado si digo que a las “10 y 22” hay que ir allá y ver “x” hay que hacerlo por lo civil o criminal, porque en un viaje tan justo y pillado por el tiempo si no te quedas sin ver la mitad de las cosas.

 

Por fin llegó el autobús, sacamos el ticket y nada más tomar contacto con personal autóctono, primer show. En un alarde de idiocia suprema fui a lucirme y me dirigí en holandés al conductor para preguntarle unas cuantas dudas. En vista de su encefalograma plano y nulo y de que obtuve por única respuesta el silencio probé intentando preguntarle si sabía hablar inglés. El australopithecus sólo atinó a balbucear algo parecido a un gruñido mientras le intuí un pequeño giro de cabeza que podría significar “a medias”. La cola se hacía densa detrás nuestra y empezaba a oírse un murmullo de desaprobación. Entonces caí en que estábamos en la parte belga francófona. Se veía al tipo haciendo esfuerzos enormes porque no le reventara el encéfalo, así que ya no lo intenté en francés (probablemente ejecutaría su primera palabra la semana siguiente a las 4, así que pase del cromagnon). Ya nos apañaríamos. Nos acomodamos en el autobús y de pronto veo una chica que no dejaba de mirar. Inexplicablemente no veía interés sexual hacia mí, y yo tenía también una sensación extraña con respecto a ella. A todo esto coge, se me acerca y dice “¿Samuel?” Me quedé estupefacto, pero enseguida vi… ¡que es que la conocía!!! Le dije que me perdonara, que sabía quién era, pero que no me acordaba de su nombre ni de qué la conocía. Resulta que era una chica de Cuenca, amiga de algunos colegas míos, y con la que he coincidido en algún que otro concierto. Vichu se tronchaba de la risa y no cabía en sí de gozo al haber vuelto a acertar la premonición, y no en ocho días después de iniciar el viaje… ¡sino en unas horas! No hase falta disir nada más. La chica iba con unos amigos cuatro ó cinco días a recorrer el noroeste de Holanda principalmente, pero pasarían por Amsterdam un día y nos hicimos una vaga promesa de esas de quedar para salir de fiesta y bla, bla, bla. Vamos, la típica acción para quedar bien pero que luego nunca se cumple. Nos despedimos en la estación y fuimos a por nuestro tren, dirección Amberes, donde haríamos transbordo. El tren había salido hacía cinco minutos, y es que arrastrábamos la pérdida del primer autobús del aeropuerto. Nótese que mi puntualidad controlada made in Robert De Niro en Los Padres de Ella se tambaleaba, y es que por esos 40 minutos nos vimos justísimos para ver todo lo de mi guía y llegar al último tren. Por fin llegó y subimos.

 

Hay que hacer mención a la diferencia abismal entre los trenes españoles castellano – manchegos, sacados de un museo de los horrores de la II G. M. en campos de concentración o de una peli de Paco Martínez Soria (en ellos haces un viaje en el tiempo), con los trenes europeos, en este caso belgas. Modernos, espaciosos, con una mesa cada dos asientos (donde volvimos a jugar a las cartas para pasar el rato) y cómodos. Eso sí, para pagarlos tienes que vender un riñón, y es que en el Benelux te cobran hasta por respirar (por cagar es un hecho que sucede en toda Europa de Francia hacia arriba). Por exigencias del guión y dos pequeñas erratas tuvimos que elegir, en primer lugar, por exceder los días del billete único, pagar los trenes al inicio del viaje o al final del mismo. Benelux o Hungría – Eslovaquia. Sobran las palabras para explicar lo que hicimos. Nos sentamos mientras contemplamos las inmensas campiñas belgas y hacíamos unas instantáneas. Un verde y llano mar de plantas y animales por todas partes, antítesis del mar gris empedrado o amarillo de la mitad de España. Llegamos enseguida a Antwerpen y fuimos por el tren hacia Brujas.

 

Este nuevo tren tenía dos pisos y era aún más sofisticado y funcional. Estaba hasta las tetas de gente, y la dificultad para arrastrar nuestra enorme joroba – equipaje por allí y los roces continuos con los cachalotes europeos rebosantes de grasa provocaron que me saliera fuego por los ojos. Calmé mi ira imaginando lo divertido que sería cagarme allí mismo para que el asombrado gentío se abriera paso, pero deduje que resultaría más útil sacar la motosierra y trinchar pavos como un poseso. Nos instalamos y a medio metro vimos el tercer grupo de españoles en una hora, segundo de castellanas, señores, increíble. Dos momias de unos 35 años de Albacete que continuaban viajando a esa edad al estilo juvenil, sólo dios sabe por qué motivo. Iban a estar como una semana por toda Bélgica. Nos dimos conversación durante el trayecto y nos hicimos unas fotos con las matusalenes. En plan qué guay y bonito todo nos dimos los correos y los feisbus, que aún hoy no he agregado y nos despedimos de las reliquias biológicas para bajar en Brujas.

 

Brugge significa puente en holandés, por lo que la traducción al castellano de la ciudad resulta ridícula. Pero vaya ciudad, madre mía, y qué monumentos y no los de piedra. Hay que decir bien alto un viva la madre que parió a todas y todos los habitantes de esa bella ciudad. Todos cortados por el mismo molde hechos a imagen y semejanza del sudor de los dioses, con el canon de belleza más perfecto que se pueda encontrar. Sin duda la ciudad del mundo donde más gente guapa he visto con diferencia. Increíble, de verdad. No había que desaprovechar la ocasión de intentar engañar a alguna desplegando mi sexapil, pero no conseguía gran cosa; indiferencia, nada más. Más adelante del viaje sería sustituida por cara de meme infinito desprecio.

 

Fuimos andando con nuestras casas andantes sobre los hombros kilómetros cuesta arriba. Pasamos por muchos de los bonitos parques de la ciudad, vimos las estatuas e hicimos un poco el cafre. Siguiendo con el ascenso visitamos la iglesia de Nuestra Señora, segundo edifico de ladrillo más alto del mundo, y la Catedral de San Salvador. Hacía un calor acojonante y un cielo sin ninguna nube. Me extrañó mucho, ya que como fiel personaje del Show de Truman suelo llevar la lluvia conmigo cuando viajo (en Almería en julio estuve una semana y llovió tres días). Curiosamente una amiga nuestra estuvo un par de días antes en Brujas y pasó frío, en fin. Mi joven piel se estaba derritiendo como un helado de limón, así que decidimos que ya era hora de empezar el turismo cervecero y pasamos a un bar con, como yo la llamo, la técnica puti, es decir, una botella de agua y diez vasos y remolonear una hora sin consumir más. Los bares son sangrantes y están llenos de snobs de esos con pinta de gustarles pagar 4 euros por un café, pero como todavía no teníamos pinta de vagabundos no quisimos desaprovechar la ocasión y entramos en plan feel like a sir. Yo me pedí una leffe y nos trajeron un plato minúsculo como un dedal con kikos que nos pusimos a degustar con premeditada lentitud. Después, fuimos a la plaza del Mercado con sus encantadoras casas de colores varios y a la plaza Burg.

 

Insistentemente obligué a Vichu a que buscáramos algunos bares que tenía puestos en mi lista y un restaurante donde degustar el plato típico belga para comer, mejillones al vapor con patatas fritas y alguna tabla de quesos típicos. Tras dar tres o cuatro vueltas a casi todo el recinto amurallado a 30º y con los caparazones encima sin encontrar nada Vichu empezó a mostrar abiertamente cara de hostilidad hacia mi persona, pero cuando no encontramos más que uno de los bares de mi lista y estaba cerrado y los restaurantes que tenía propuestos eran un atraco a mano armada cambió directamente a querer asesinarme (no destaqué precisamente en el viaje por tener mucho éxito con los bares y restaurantes anotados en mi guía, porque si no había muerto el dueño se había convertido en una tienda, o estaba en ruinas, o le había caído un meteorito, pero estaba siempre cerrado). Así que hubo que dejar para otra ocasión los mejillones. Sí que comimos patatas fritas con salsas en un puesto callejero que había en la plaza del Mercado, mucho más económico para nuestra supervivencia, pues no sabíamos que encontraríamos los siguientes días, y la ración era generosa. Hice ademán de patear la maqueta de la plaza para hacerme una foto, por lo que desperté las curiosas miradas del gentío así como algún que otro insulto que comprendí a la perfección al ser dos viejarras españolas (ellas no lo sospechaban). Me quedé deseoso de tener rayos gamma por los ojos para volatilizarles el culo. Después de comer nos entró la torrija y no teníamos ni puta idea de dónde meternos, no teníamos ninguna claridad de ideas.

 

De pronto, callejeando, encontramos nuestra salvación del día y la de muchos momentos de crisis del viaje: un badulaque donde cervecear a un precio razonable de un euro. Había cientos de tipos de cerveza, menuda variedad. Recuerdo comprar una Brugse Zot, especial de Brujas, y alguna otra, todas ellas de 10º, de las que te pegan un buen viaje, cuanto más fuertes más me gustan, y compré para llevarme cerveza de frambuesa para tenerla de reserva en algún momento de emergencia. Cada vez que pasábamos por esa calle era paso de visita obligada, y Apu ya nos conocía y se reía. Hasta tal punto reconforta la mente la cerveza que no sólo se aclararon los pensamientos, sino que cuales Popeyes con las espinacas te otorga una dosis extra de fuerza y energía. Como si de una prueba del maestro Mutenroshi se tratase, pagamos la entrada del campanario y nos atrevimos a escalar los más de cien metros de escalera empinada de caracol con los caparazones de tortuga encima. Las vistas merecían la pena, eso sí. Después callejeando nos sentamos en la sombra de enfrente de una iglesia a seguir bebiendo, cuando aparece misteriosamente de la nada un viejo a regalarnos un librejo de religión y no sé qué mierdas, imagino que de alguna secta de movimientarios de esas, y a convencernos de que pasáramos a la iglesia. Con la misma rapidez con que había llegado desapareció como Goku, teletransportado. La iglesia también estaba chula, y tenía un gran órgano y un bonito púlpito, pero si pensaban que íbamos a hacer alguna donación, dieron en hueso con nosotros.

 

Continuando la visita y las compras vi que había tropecientas tiendas de chocolate, bombones y pasteles de una exquisitez y calidad de elaboración extraordinarias. Había incluso unos pechotes de chocolate para babear y comérselos enteritos, tamaño Yola Berrocal. Compré una caja de bombones que me acompañaría sin derretirse con el calor y los viajes durante 10 días y seis países hasta que di cuenta de todos. Se nota que, aunque no muy baratos, son de una calidad que por aquí no se ve. La bolsa de los bombones es ya un clásico entre todas las fotos del viaje, pues me acompañaba hasta truñar y salía en los sitios más insospechados. Ligando junto a mujeres, en campos de concentración, en las literas de un camerino de tren embutido como una lata de sardinas, etc. Dimos una vuelta por los canales y calles varios y llegamos a las Casas de la Caridad y el Beguinaje, donde se enrolaban las lesbianas robustas camioneras tipo Rita Barberá y se hacían monjas (de hecho había una estatua de una monja con pinta tío que tiraba para atrás, gafas de sol y que se le notaba un bigote como para hacer cuerdas para violines). Ponía que era zona sagrada o algo así y que estaba prohibido armar escándalo y hacer ruido. Por supuesto me puse a correr por ese jardín como un poseso, armando todo el alboroto que me fue posible y poniendo nerviosas a todas las bestias y criaturas que por allí pacían tranquilamente.

 

Dimos una última vuelta en este caso por la zona universitaria y fuimos de regreso camino de la estación, pues el tiempo se nos había echado encima. Aún así fuimos corriendo por enésima vez sudando como una puta en un confesionario con las jodidas mochilas para ver una de las puertas antiguas históricas de entrada a la ciudad. No era una de las siete maravillas del mundo, pero como estaba en la guía y planificada, había que hacerlo. Por ello estuvimos de nuevo a cinco minutos de perder el tren, pero todo habría ido con más calma si por la mañana no hubiéramos perdido aquel primer autobús. En resumen ciudad medieval de cuento, muy verde y bonita en todos los aspectos. Nos subimos al tren rumbo a Amsterdam a las ocho y algo de la tarde, y llegamos a la capital de Holanda a eso de las 10 y media… de la tarde, con el sol casi en el mismo sitio donde lo habíamos dejado. Y es que resulta curioso ver cómo si vas al norte en verano hay mucha más luz que aquí y llega un momento en que el sol se para y no quiere meterse en el horizonte. A las 11 menos cuarto pisamos suelo holandés en la calle por primera vez…

Editado por Manawenuz

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Podrías separar más en párrafos... o poner alguna foto en la que no salgas tú si el tema privacidad te preocupa tanto... para hacer más ameno el diario... porque la verdad es que viendo esos tochos de párrafos no dan ganas a uno de leerlo... y seguramente esté muy bien el diario y aporte muchas cosas... pero te digo que la mayoría de foreros, incluído yo, se nos quitan las ganitas de leer así... suerte y espero que lo mejores para poder disfrutarlo como se merece...

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jajajajaja vaya risas estamos echando mis compañeras de piso y yo! eres un puntazo! Eso si, alguna fotico de la bolsa de bombones no vendría mal... xDD

 

;) ;)

Editado por SraRorschach

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jajajajaja vaya risas estamos echando mis compañeras de piso y yo! eres un puntazo! Eso si, alguna fotico de la bolsa de bombones no vendría mal... xDD

 

;) ;)

 

Gracias, me alegra que te guste, je je. La cosa se irá complicando más, ya verás. :lol:

 

No os preocupéis, mañana pongo fotos y lo estructuro más cómodo de leer para los que no podáis. Iba a haberlo hecho pero hoy no funcionaba la página. También tengo ya otras dos partes más escritas.

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