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Piter

Europeando sobre las vías del tren

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EUROPEANDO SOBRE LAS VÍAS DEL TREN

22 días en Francia y el Benelux

 

Iré publicando por capítulos (uno de cada día) lo que ha sido mi primer Interrail. Espero que os guste.

 

El itinerario que ideamos era este: http://forums.inter-rail.org/interrail/tema/25118-itinerario-francia-y-benelux/page__p__357488#entry357488

 

Al final la ruta fue la siguiente: París - Rennes - Mont St Michel - Saint Malo - Annecy - Lyon - Estrasburgo - Colmar - Luxemburgo - Namur - Dinant - Bruselas - Gante - Malinas - Brujas - Amberes - Rotterdam - Utrecht - Amersfoort - La Haya - Delf - Amsterdam

 

 

Martes, 12 de julio de 2011. Día 1.

CAPÍTULO 1 – PISTOLETAZO DE SALIDA

 

El calendario marcaba doce de julio. Para mucha gente iba a ser un día normal; algunos tenían que ir a trabajar, unos aún tenían exámenes de recuperación, otros dedicarían el día a ir playa, otros.... Para mi compañero de viaje, Marc, y para mí, era un día muy señalado. Ese día dio comienzo algo que llevábamos meses deseando hacer, una aventura que habíamos planificado desde hacía mucho tiempo; un viaje de 22 días en el que íbamos a recorrer Francia, Luxemburgo, Bélgica y Holanda con el billete Interrail.

 

Mis padres nos iban a llevar al aeropuerto, así que establecimos mi casa como punto de encuentro. Marc llegó puntual, en un momento acabamos de meter lo que faltaba en la mochila y unos viente minutos más tarde ya estábamos en el Aeropuerto del Prat. Facturamos sólo una de las dos mochilas. En ella metimos todo lo que no podíamos subir al avión: el desodorante, la navaja suiza multiusos, etc. Después de despedirnos de mis padres pasamos el control de seguridad.

 

Faltaba un rato para el embarque, así que desayunamos un café y una pasta que pagamos a precio de manjar. En ese rato comprobé que el viaje no empezaba precisamente con buena suerte y mientras sujetaba el móvil con una mano y el vaso con la otra, me tiré el café literalmente encima de los pantalones. Solo llevaba cuatro pantalones cortos y uno largo, y ese ya causó baja a las primeras de cambio. Imaginaba que la baja sería definitiva y que no volvería a ponérmelos hasta llegar a casa; no me equivocaba.

 

Subimos al avión después de despedirnos de la gente que vía Whatsapp nos decía el último adiós y nos deseaba buen viaje. Este salió, cómo no, con retraso. Además, la pista donde estaba resultó estar lejísimo del sitio de despegue, ya que nos tiramos quince minutos con el avión dando vueltas -que no volando- por el aeropuerto, cosa que nos tomamos como una excursión por las diferentes pistas de despegue y aterrizaje.

 

Al fin despegó, y en menos tiempo del que indicaba easyJet nos plantamos en la terminal 2B del aeropuerto principal de París, el Charles de Gaulle. Además de militar y escritor, Charles de Gaulle fue Presidente de la República Francesa entre 1958 y 1969.

 

Recogimos la mochila facturada, nos fumamos el primer cigarro del viaje y cambiamos de terminal con el bus lanzadera, con tal de ir a la estación y tomar el tren dirección París centro. Nuestra torpeza nos hizo equivocarnos a la hora de adquirir el billete de tren y compramos uno que no nos servía. Gracias a una empleada muy poco agradable de la estación, supimos qué billete necesitábamos y fuimos para el andén, previo desembolso de 9.20€.

 

La intención era parar en Saint Denis para ver el estadio donde el Barça ganó su segunda Champions, pero decidimos seguir las indicaciones de un revisor, que aparte de explicarnos que no podríamos hacer transbordo, nos dijo que la parada estaba lejos del campo y que tardaríamos un rato en llegar. Descartamos entonces la parada antes de llegar al centro de París. Ya veríamos si encontrábamos algún hueco para acercarnos durante nuestra corta estancia en la ciudad.

 

Poco tardamos en llegar a la Gare du Nord, unas de las estaciones más grandes de la capital gala. Encontramos -no sin problemas- la taquilla dedicada al Interrail, donde queríamos reservar los billetes de los [acronym=Train à grande vitesse. Tren de alta velocidad francés]TGV[/acronym] (trenes de alta velocidad franceses, el equivalente al AVE) para ir y venir de Rennes y del nocturno a Annecy. La inacabable cola que encontramos hizo que nos replanteáramos el plan, así que tomamos el metro para ir al albergue.

 

Lo encontramos gracias a las indicaciones de una pareja mayor que nos vio apurados mirando el mapa y buscando la calle. Muy amables, sí señor. Llegamos cerca de las 15h al Auberge International des Jeunes, y como hasta las 16h no podíamos hacer el check in, aprovechamos para comer en la zona común (lo digo en singular porque solo había una) un bocadillo que traíamos de casa para la primera comida. Subimos a la habitación después de comer y comprobamos que tendríamos compañía; había una maleta rosa debajo de la cama de una de las dos literas que había en el cuarto.

 

Salimos del albergue dirigiéndonos andando hacia la Plaza de Bastilla, lugar significativo en la Revolución Francesa pero que en la actualidad no presenta atractivo alguno. Enseguida nos topamos con el Sena, y poco después llegamos a la Catedral de Notre-Dame.

 

Observando la maravilla gótica nos tiramos un rato, y después de hacer las fotos de rigor, descartar entrar dentro por la cola que había y pasar por el Palacio de Justicia, seguimos el camino por el borde izquierdo del río. Siguiendo todo recto el Sena llegaríamos a la Torre Eiffel, y ese era nuestro objetivo para terminar la jornada. Cruzamos algunos de los innumerables puentes que cruzan el río y continuamos la marcha viendo, a lo lejos, en la otra orilla, el Museo del Louvre.

 

Tardamos más de dos horas en llegar a la Torre Eiffel, tiempo en el que nos paramos varias veces a hacer fotos. También nos sentamos a fumar en unas escaleritas a orillas del río mientras escuchábamos el jazz de un músico que intentaba animar el ambiente a cambio de unos céntimos. La primera imagen que estaba teniendo de París estaba siendo francamente buena, y acabó de convencerme el hecho de contemplar la Torre Eiffel casi desde abajo, en un parquecillo que hay antes de llegar, donde nos sentamos a descansar las piernas. Tanto desde allí como cuando nos situamos justo debajo, saqué decenas de fotos.

 

Es muy curiosa la historia del “espárrago de metal”, como lo llamaban despectivamente muchos parisinos cuando se construyó. Y es que, parte de los artistas y de la opinión pública del momento consideraban que una estructura de hierro de esas características no serviría para nada y que costaría una millonada. Quién les iba a decir que años después, el “armatoste de hierro” se iba a convertir en una de las estructuras más famosas y admiradas del mundo…

 

Al lado de la torre intercambiamos fotos con dos argentinas y con dos rusas que se acercaron de repente y nos pidieron hacerse una foto con nosotros. Pensamos que, o bien era por nuestro encanto, o bien porque querían poner celosos a sus novios cuando enseñaran las fotos del viaje. Me quedo con la segunda opción.

 

Las colas para entrar a todos los monumentos se estaban convirtiendo en una constante, y la Torre Eiffel no iba a ser una excepción. Descartamos entrar y tomamos el metro de vuelta al albergue.

 

Cuando subimos a la habitación para ducharnos comprobamos que nuestra compañera de habitación era una asiática bastante tímida y, para qué nos vamos a engañar, un poco misteriosa. Bajamos a la zona común/comedor y nos comimos el segundo y último bocata que traíamos de casa.

 

El sueño pronto se apoderó de Marc; sus incesantes ronquidos así nos lo hacían saber a mí y a nuestra vecina asiática, que se desesperaba intentando dormirse. Pensando en qué nos depararía nuestra aventura los siguientes días me acabó venciendo el sueño a mí también.

 

Fotos del capítulo: http://forums.inter-rail.org/interrail/tema/26433-europeando-sobre-las-vias-del-tren/page__view__findpost__p__365416

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Miércoles, 13 de julio de 2011. Día 2.

CAPÍTULO 2 – AMELIE NO ESTABA

 

Las camas del albergue eran horribles y la estabilidad de las literas dejaba mucho que desear; cada vez que uno se movía, del ruido y el movimiento, despertaba al otro, con eso está todo dicho. Aún así, habíamos cargado las pilas lo suficiente como para patear durante todo el día.

 

Hacía un frío impropio de julio, y antes de salir del albergue tuvimos que echar mano de las únicas prendas de abrigo que llevábamos, un pantalón largo y una chaquetilla. Sin duda, ese aire y esa temperatura no le iba nada bien al resfriado que se llevó Marc de viaje.

 

Antes de iniciar la marcha por las calles de París fuimos a la Gare du Nord a reservar los [acronym=Train à grande vitesse. Tren de alta velocidad francés]TGV[/acronym] y el nocturno y así quitárnoslo de encima a primera hora. Como suponíamos, había cola, pero nada comparado con la exageración de varias horas del día anterior. Mientras esperábamos conocimos a unas sevillanas cuya intención era ir de Paris a Bruselas con el Thalys sin pagar suplemento. Los Thalys son unos trenes que conectan varias capitales europeas a gran velocidad y su precio es elevado. Con el billete Interrail el palo que te pegan por reservar un asiento en esos trenes es considerable, pero espero que tuvieran suerte intentando no pagar la reserva…

 

Bromeábamos entre nosotros imaginado el precio que tendrían que pagar las andaluzas por ese tren, pero la clavada que nos llevamos nosotros por la reserva de los dos [acronym=Train à grande vitesse. Tren de alta velocidad francés]TGV[/acronym] fue tremenda: ¡36€, 18 cada trayecto! Había leído por internet que el suplemento era bastante menos, pero no teníamos elección si queríamos cumplir el itinerario y llegar a Rennes al día siguiente por la noche.

 

La ruta que ideamos para el segundo día en París comenzaba en el Centro Pompidou, edificio que alberga el Museo Nacional de Arte Moderno y que deleita a los visitantes con una de las colecciones de arte moderno y contemporáneo más completas del mundo. La constante parisina de encontrar largas colas en todos los sitios se cumplió una vez más, así que pasamos de entrar.

 

Congelados de frío rodeamos el Centro Pompidou y yendo hacia la orilla izquierda del río vimos la Torre Saint Jacques y el Hotel de Ville, el ayuntamiento de París. Desconocíamos que en Francia, a los ayuntamientos se les llama Hotel de Ville, así que antes de descubrirlo leyendo la Lonely Planet (guía) flipamos al pensar que un edificio de semejantes características podía ser realmente un hotel. Después de sacarle las fotos de rigor, nos metimos en la calle Rivoli, y siguiendo por ella (está totalmente repleta de tiendas) llegamos al Museo de Louvre. Obviamente, las kilométricas colas tumbaron a nuestro deseo de entrar y nos tuvimos que conformar con dar un paseo por fuera y ver la famosa pirámide de cristal, que conforma la entrada al museo.

 

Me lo imaginaba grande, pero no con esas dimensiones tan exageradas. Pero sí, todo ese conjunto de edificios que antaño fueron un castillo y luego se reconvirtió en palacio real, son ahora un museo. Para que os hagáis una idea, el lado del museo que da al Sena mide 700 metros de largo y se dice que para ver todas las obras parándote unos segundos en cada una se necesitarían nueve meses.

 

Nos metimos en el parque que comienza inmediatamente cuando termina el Louvre, el Jardín de las Tullerías, pero desviamos nuestros pasos hacia la derecha para acercarnos a la iglesia que tiene forma de templo romano, la Madeleine. Antes de llegar a la iglesia hicimos un parón para fumarnos un cigarro en la Plaza Vendome, lugar donde se respira lujo por los cuatro costados; está rodeada de tiendas de alta joyería como Cartier y coches de lujo esperan en la puerta del Hotel Ritz.

 

Nos reenganchamos al Jardín de las Tullerías y saliendo por la parte norte pasamos por debajo del Arco del Triunfo del Carrusel (no confundir con el Arco del Triunfo). La construcción de este arco fue idea de Napoleón para conmemorar sus victorias militares, y es curioso porque mirando al arco de frente se distinguen La Noria de París, el obelisco de la Plaza de la Concordia y más al fondo, el Arco del Triunfo.

 

Al salir del parque nos encontrábamos en la Plaza de la Concordia, el principio de los Campos Elíseos. El día siguiente era 14 de julio, día nacional en Francia, y la plaza estaba cortada y tomada por los medios de comunicación.

 

Si ya de por si los franceses son muy patrióticos y les encanta hacer ondear su bandera tricolor, imaginaos como estaba toda Avenida de los Campos Elíseos; cada dos metros había un bandera a un lado y a otro de la avenida. Pasamos por decenas de banderas antes de llegar al Arco del Triunfo, previo paso por el McDonald’s para llenar la barriga.

 

Después de hacerle las fotos correspondientes y sentarnos en sus inmediaciones para descansar, dimos por finalizada la primera parte del recorrido de la jornada (Centro Pompidou - Arco del Triunfo) y fuimos en metro hasta la parada de Blanche, en pleno barrio de Pigalle.

 

Pigalle está situado al norte de París, muy cerca de Montmartre, y es conocido como el barrio rojo de París. Sus principales calles y bulevares están llenos de sex shops, locales de striptease, salas de fiestas y cabarés de moda, entre los que destaca uno de los más famosos que existen, el Moulin Rouge (que fue creado por un catalán, por cierto). Ya iba avisado de que el molino rojo que da sentido a su nombre no era nada del otro mundo, e hice bien en llevar mis expectativas tan bajas.

 

A dos minutos de allí se encuentra el Café des 2 Moulins, brasserie (café-restaurante) que sirvió de escenario en Amelie. Nos lo encontramos cerrado, con las persianas medio bajadas y el camarero limpiando dentro. Después de comprobar que Amelie no estaba, seguimos nuestro camino dirección Montmartre. De camino rechazamos una invitación de un hombre que amablemente nos invitó a su local a “echar un vistazo y si os gusta lo que veis, os quedáis”.

 

Enfilando las características calles empinadas y empedradas de Montmartre llegamos a las escaleras que conducen a la Basílica del Sagrado Corazón. La vista desde abajo es igual o mejor que desde los pies de la basílica, y no hay nada mejor que sentarse en las escaleras a descansar las piernas viendo uno de los numerosos espectáculos con los que artistas se empeñan en distraer a la gente a cambio de céntimos y aplausos. Destacaban unos chavales que hacían verdaderas virguerías con una pelota de futbol y un cantante, que a base de entonar clásicos se metía a la muchedumbre en el bolsillo.

 

Después de contemplar el Sagrado Corazón durante un rato nos tumbamos en el césped que hay al lado de las escaleras a perfilar el recorrido por París del día siguiente, además de maldecir el precio del suplemento que habíamos pagado por los [acronym=Train à grande vitesse. Tren de alta velocidad francés]TGV[/acronym].

 

De camino al metro para volver al albergue paramos en un supermercado a comprar pan, tomates y agua para la cena. Fue un placer mayúsculo darse una ducha revitalizante y hasta acompañar con pan un fuet que nos habíamos traído de casa, bajo la atenta mirada de dos alemanes, un suizo y un japonés. Les resultaba extraño que untáramos el pan con tomate en los bocadillos. De hecho, si tuviera que juzgar sus caras, me atrevería a decir que pocas veces en su vida habían visto un fuet. El caso es que cenamos mientras escuchábamos las historias de cada uno de ellos. El suizo era un hombre de unos cuarenta años, que viajaba solo porque odiaba que a su mujer no le gustara alojarse en hostales y albergues. Los alemanes escuchaban las explicaciones del suizo y bebían vino blanco, a palo seco, y el japonés estaba preocupado por el cambio yen-euro, que al parecer no le era favorable en los últimos meses.

 

Por cierto, antes de bajar a cenar conocimos a un nuevo compañero de habitación, un coreano (Choo para nosotros). Parecía más agradable que la asiática (el país no lo sabemos porque solo cruzamos varios “hello” con ella) y mientras nos duchábamos él se maqueaba para salir esa noche.

 

Aunque el cansancio apretaba, Marc estaba jodido del constipado y yo tampoco me encontraba muy fino, decidimos salir para ver la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo iluminados.

 

El viaje en metro hasta el Arco fue inútil porque nos lo encontramos sin luz, pero acercarnos hasta la Torre sí que valió la pena. Visto lo visto, consideramos imprescindible la visita a la Torre Eiffel de noche. Varias fotos y un rato después volvimos a coger el metro para volver al albergue.

 

Al llegar encontramos al lado de la puerta un charco de bebida en el suelo y al recepcionista cagándose en todo y mirando para las ventanas superiores. Dedujimos que la noche les había cundido a los del vino…

 

Entre los ronquidos de Marc, los lamentos y espasmos de la asiática y que Choo llegó liándola, conseguí dormirme bien entrada la medianoche, repasando mentalmente lo que habíamos visto hasta el momento. París me estaba pareciendo monumental, en todas las acepciones de la palabra.

 

Fotos del capítulo: http://forums.inter-rail.org/interrail/tema/26433-europeando-sobre-las-vias-del-tren/page__view__findpost__p__365417

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Jueves, 14 de julio de 2011. Día 3.

CAPÍTULO 3 – AU REVOIR, PARIS!

 

Recogimos las mochilas y bajamos a desayunar antes de hacer el check out del albergue. Habíamos pasado dos noches allí y la nota que le poníamos era un aprobado. No era gran cosa, las camas eran incómodas y el baño diminuto, pero estaba limpio. Por los comentarios que leímos antes de elegir alojamiento en París, la limpieza no es una virtud que suelan tener los albergues de la ciudad, así que estábamos satisfechos.

 

Esa tarde nos marchábamos de París a Rennes desde la Gare-Montparnasse, así que nos dirigimos a la misma para dejar las mochilas en las consignas para no cargar con ellas todo el día. Una vez liberados de la carga fuimos en metro a La Défense, el distrito de negocios de París. Para ello tuvimos problemas al hacer el transbordo porque algunas estaciones y salidas estaban cerradas y nos pasamos de parada. Bajamos en la Madeleine y vimos que la gente se dirigía a ver el desfile de la Fiesta de la Federación (fiesta nacional francesa). Nos hicimos hueco hasta llegar a la primera fila, pero a los cinco minutos decidimos que ya habíamos visto suficiente desfile. Para llegar a la Plaza de la Concordia y coger el metro teníamos que, o bien dar una vuelta tremenda para esquivar el desfile o atravesarlo. Marc me dijo lo de “no hay huevos”, luego el “con dos cojones” y atravesamos corriendo (en un momento que no pasaban militares, claro) el desfile del día nacional francés. Nos metimos entre la gente que seguía el desfile desde el otro lado y salimos a sprint de allí mientras escuchábamos a un guardia que comenzó a pitarnos.

 

La Défense es una zona donde viven unas 20000 personas y de día hay 150000 empleados, así que siendo festivo, salvo unos cuantos turistas la zona carecía de actividad urbana. El principal atractivo que le presuponíamos a la zona era que entre los rascacielos había numerosas obras de arte. Con la ayuda de la Lonely Planet fuimos localizando una a una las obras que, ciertamente, no eran gran cosa. Sin guía tampoco es muy difícil localizarlas, ya que sólo que hay que seguir la explanada que conecta con el Gran Arco todo recto. El problema es que sin esa información no hubiéramos entendido qué eran muchas de las “obras” (al menos nosotros).

 

La primera que vimos fue al salir de la estación, el estanque de Takis, que está provisto de 49 luces multicolores sujetas en lo alto de unas barras de metal. Se ve que el reflejo de los edificios en el agua forma una imagen muy bonita y digna de ser fotografiada, pero no lo pudimos comprobar porque eran las doce del mediodía.

 

Un día más, el frío fue un invitado inesperado y tuvimos que ir provistos de las chaquetas toda la mañana. Temíamos no encontrar nada para comprar la comida siendo festivo, pero nos topamos con un enorme centro comercial y aprovechamos para comprar agua y unos bocadillos vegetales. En ese momento no sabíamos que esos bocadillos iban a convertirse en pieza clave de nuestra dieta durante el viaje.

 

Por cierto, al volver del viaje me enteré de que ese centro comercial se llama Quatre Temps y que tras su construcción en 1980 ostentó el título de mayor centro comercial de Europa. Después de comer nos hicimos unas fotos con una de las obras, un pulgar de bronce de doce metros de altura y llegamos al final de la explanada, donde se encuentra el monumento más destacado de La Défense, el Gran Arco. Hicimos las fotos de rigor y después de buscar y no encontrar un trozo del muro de Berlín que según la guía había por allí, cogimos el metro para ir al Barrio Latino.

 

Centro parisino de la enseñanza superior desde la Edad Media, el Barrio Latino se llama así porque estudiantes y profesores conversaban en latín (era la lengua académica) hasta la Revolución Francesa. En la zona hay varias universidades y Grandes Escuelas, y fuimos a ver la más prestigiosa, La Sorbona. Enfrente de la entrada principal se encuentra la Plaza de la Sorbona, un lugar de lo más animado y en el que nos sentamos un rato a descansar.

 

Dimos una vuelta por el barrio antes de llegar al Panteón, monumento en el que aprovechamos que no había cola (y que era gratis entrar) para echar un vistazo en su interior. Al salir del monumento nos dirigimos al Jardín de Luxemburgo. Este parque es uno de los pulmones de la ciudad, y representa para los parisinos lo que Hyde Park para los londinenses, o lo que Central Park para los neoyorquinos. Radiaba el sol por primera vez en los tres días, y dimos un agradable paseo por las avenidas del parque antes de sentarnos al lado del estanque, donde los niños jugaban con veleros en miniatura. Enfrente teníamos el gran Palacio de Luxemburgo, actual sede del Senado francés.

 

Poco a poco se acercaba la hora de coger el tren, así que salimos del gigantesco parque en dirección a nuestro último destino en la capital gala, la Torre Montparnasse. Elegimos acabar la visita allí básicamente por dos motivos; el primero era que el rascacielos está literalmente enfrente de la Gare-Montparnasse, estación desde donde salía el [acronym=Train à grande vitesse. Tren de alta velocidad francés]TGV[/acronym] a Rennes. El segundo es que considerábamos que las vistas que íbamos a tener de la ciudad serían la guinda perfecta para acabar la visita a París. Realmente compensa pagar los 8.50€ de la entrada para disfrutar de esa maravillosa perspectiva de la ciudad y de la Torre Eiffel. Quedaban unos tres cuartos de hora para que saliera el tren, así que nos quedamos en el mirador un rato antes de dirigirnos a la estación, coger las mochilas y montarnos en el primer tren del viaje rumbo a Rennes.

 

El trayecto duró poco más de dos horas, en las que Marc aprovechó para dormir y yo para adelantar el diario, que en solo tres días ya se me estaba quedando atrasado. Al salir de la estación sólo tuvimos que cruzar la calle para llegar al Citotel Le Bretagne, el hotelito que habíamos reservado para pasar dos noches. Era viejo pero estaba limpio, excelentemente situado y además estábamos solos en la habitación.

 

Entre que nos acomodamos en la habitación y nos duchamos se hizo hecho tarde, y dudaba que encontráramos algún sitio donde cenar casi a las doce de la noche. Por suerte, al doblar la esquina dimos con uno de los mejores kebab que habíamos probado nunca. Los devoramos rápidamente y en el mismo sitio compramos unas cervezas alsacianas (Kronembourg).

 

Tumbados en la cama nos las hincamos mientras intentábamos traducir el teletexto de la televisión francesa para averiguar cómo iba el Tour de Francia y la Copa América. Charlamos un rato y dimos por finalizado el día. Al día siguiente nos esperaba una de las jornadas más esperadas del viaje; la visita al Mont Saint-Michel.

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Viernes, 15 de julio de 2011. Día 4.

CAPÍTULO 4 – ENTRE MURALLAS, MAR Y TURISTAS

 

Después de las intensas pateadas por París, el sueño reparador de aquella noche nos vino muy bien. El desayuno no estaba incluido en el precio de la habitación, así que tardamos poco en ir a la estación y coger el tren hacia Pontorson, población situada a los pies del Mont Saint-Michel (9 km). Tuvimos que ponernos los pantalones largos y las chaquetas porque, un día más, hacía un frío más propio de otoño que de pleno verano.

 

No teníamos intención de donar ningún órgano para costearnos la comida en el Mont Saint-Michel, así que al llegar al pequeño pueblo de Pontorson buscamos un supermercado. Antes de eso nos aseguramos de los horarios para volver a Rennes por la tarde preguntándole al tipo de la taquilla de la estación. Sabía que hablaba inglés porque le había escuchado cómo contestaba a una pareja que iba delante nuestro. Por educación, antes de entrarle en un idioma que no era el suyo le pregunté “Do you speak English”, a lo que él contestó tajantemente que no. Fue curioso porque durante la conversación le hablamos en inglés y él contestaba en francés. Finalmente no resultó tan imbécil como parecía y nos dio lo que necesitábamos.

 

Vimos Pontorson en el rato que tardamos en encontrar un Carrefour gracias a las indicaciones de la simpática chica de la oficina de turismo (primera persona que encontramos en Francia que hablara castellano). Volvimos a la estación desayunando galletas Príncipe y esperamos a que saliera el siguiente bus dirección Mont Saint-Michel. El trayecto transcurrió por una carretera estrecha, con un arcén minúsculo, rodeada de campos de trigo, caballos, hotelitos y restaurantes pertenecientes a pueblos más pequeños incluso que Pontorson.

 

El Mont Saint-Michel es una de las construcciones medievales mejor conservadas del mundo. Está situado en una pequeña isla conectada con el continente por una carretera. En la antigüedad sólo se podía llegar en barco, cuando las aguas subían, y caminando cuando descendían. Enseguida distinguimos en el horizonte la imponente silueta del tercer monumento religioso más visitado de Francia (por detrás de Notre-Dame y del Sagrado Corazón) y de uno de los parajes más bellos del país.

 

No tardamos en emprender la subida por las escaleras laterales y por la calle principal del pueblo fortificado, repleta de tiendas de souvenirs y caros restaurantes. Me parece una pena que un lugar y un entorno tan fantástico como ese se encuentre “ensuciado” de cientos de tiendas de recuerdos cutres, pero es algo inevitable allí donde hay algo económicamente explotable. Algo parecido pasa en las cataratas del Niágara, un lugar de una enorme belleza natural, pero que está rodeado de casinos, moteles, etc.

 

Enfilando las empinadas calles llegamos al punto más alto al que se puede llegar sin pagar, la entrada a la abadía. Posiblemente valía la pena, pero no nos apetecía pagar los 9 o 10€ que costaba la entrada, así que seguimos recorriendo con calma todas las calles laterales y las murallas hasta que se hizo la hora de comer. Decidimos apalancarnos fuera del Mont, en la playa que horas más tarde, depende de lo que subiera la marea, estaría cubierta de agua. En las rocas nos plantamos y nos preparamos unos deliciosos bocadillos de atún.

 

Después de comer en compañía de unos turistas franceses a los que les molaron “nuestras” rocas, nos alejamos poco a poco del Mont Saint-Michel para obtener las mejores vistas que podíamos tener de toda la isla. El tiempo había mejorado, y el sol brillaba tanto que lamentamos no haber cogido el bañador, pero ¿cómo nos lo podíamos esperar después de la rasca matinal que nos había dado los buenos días?

Rodeando el Mont por la playa pasamos el rato hasta que se hizo la hora de coger el bus hasta Pontorson y luego el tren hasta Rennes.

 

Además de las interminables colas en casi todos los monumentos de París, otra de las constantes que identificamos durante el viaje fueron los cambios bruscos de temperatura y de condiciones climatológicas. Al llegar a Rennes nos sorprendió la lluvia, pero no impidió que diéramos un primer garbeo por la ciudad. Por la calle de detrás del hotel nos dirigimos al centro de la ciudad, pasando por el Teatro Nacional de la Bretaña, el río Vilaine y llegando hasta la Plaza de la República. En esa plaza se encontraba lo más destacado que habíamos visto en la ciudad hasta el momento, el Palacio de Comercio, que actualmente alberga una oficina de correos.

 

Lamentamos no saber francés cuando tres chicas nos preguntaron sonrientes algo que no entendimos. Educadamente les dije que no hablaba su idioma y ellas se empezaron a reír. Aún no sé si conmigo o de mí.

 

La primera impresión que tuve de Rennes fue bastante mejorable. Marc no fue tan benévolo con su valoración y a los quince minutos ya estaba poniéndola a parir. Esperábamos tener que cambiar de opinión al día siguiente, cuando seguiríamos con la visita a la capital de la Bretaña francesa.

 

Volvimos al hotel y nos duchamos antes de bajar a cenar al kebab. El tipo ya sabía lo que queríamos, y nada más saludarle nos preguntó “two kebabs?”. Esta vez los acompañamos con un abundante plato de patatas por 50 céntimos más. La noche anterior le pagamos las cervezas a precio de bar irlandés (3€ 50cl), pero teníamos aprendida la lección y nos acercamos a un badulaque que había a un minuto de allí en busca de cerveza más económica. Al principio, el vendedor no nos quería vender alcohol porque decía que hacía poco que unos turistas borrachos habían ocasionado problemas por la zona, pero insistiéndole de buen rollo empezó a hablarnos en castellano y al final accedió a vendernos la misma cerveza que el día anterior por la mitad de precio.

 

Gracias al “paki Manuel” (así lo bautizamos) nos bebimos las cervezas en el hotel viendo el Francia-Paraguay del Mundial del 98, que reponían en la televisión francesa. Cuando terminó el partido no nos quedaba birra, y nos jugamos a “piedra, papel o tijera” quién debía bajar a por más. Ganó un servidor, pero como soy un buen amigo y mejor compañero de viaje, acompañé a Marc. El “paki Manuel” ya había cerrado, así que la última la pagamos a precio de oro en el kebab. Cuando la cerveza se convirtió en historia ya era más de la una y caímos rendidos.

 

El quinto día del viaje estaba destinado a ir a Saint Malo por la mañana, terminar de ver Rennes por la tarde, volver a París y tomar el nocturno dirección Annecy.

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FOTOS CAPÍTULO 1

 

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Catedral de Notre-Dame

 

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Marc con la Catedral de Notre-Dame

 

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Río Sena

 

dsc00374sv.jpg

Dos figuras en uno de los puentes del Sena

dsc00449f.jpg

 

torrelo.jpg

Torre Eiffel

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