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5. Las piedras de la Historia

Algo había que beber. Aunque no nos decidíamos. No había manera. Curro, Ale y yo estábamos frente al expositor de bebidas de un pequeño supermercado de la calle Athinas, no muy surtido, sin atrevernos a escoger. Serían las ocho de la tarde de nuestro segundo día de viaje, y nos esperaba una larga e incierta noche en lo que sería el primer tren nocturno del viaje hacia Kalambaka, con trasbordo de una hora incluido en algún lugar de Grecia, y había que coger provisiones. Ya habíamos escogido un buen puñado de sanas galletas industriales y otros azúcares refinados e hipercalóricos, pero nos hacía falta algo de alcohol para afrontar la espera.

Había un montón de botellas indefinidas que parecían ser ron, whisky, vodka y cosas así. Pero que también podrían no serlo. Además de ouzo. El ouzo es un licor típico griego que puedes encontrar en las tiendas de souvenir en vistosas botellas, y en las tiendas de barrio, de mejor calidad, por un tercio de ese precio. Sin embargo, ya lo habíamos probado antes, y no nos entusiasmaba la idea. Sabe parecido al anís, aunque un poco más fuerte. Y a mí el anís no me gusta ni en Navidad. Es cierto que yo llevaba mi petaquita rellena de coñac lista para la ocasión, pero no había suficiente para todos. Y según se terciase la noche, ni para mí mismo. Al final, optamos por una botella de Cointreau, que era una de las pocas marcas que logramos identificar, y nos largamos.

 

El día había empezado bien. De hecho, empezó de la mejor manera posible: amaneció un sol claro y agradecido, y nosotros nos perdimos en el Plaka camino de la Acrópolis. Y esa es la única manera de conocer, o al menos intuir, una ciudad: perderse. El barrio de Plaka guarda las calles más mediterráneas y bohemias de la ciudad: callejuelas, recovecos, escaleras sin salida, ruinas esporádicas, macetas y plantas en las ventanas, paredes claras… Además de sus coloridas y bulliciosas calles principales. Si Atenas conserva aún un espíritu propio de ciudad, este, con toda certeza, reside en el Plaka. Y así estuvimos, dando vueltas alelados como carajotes a las nueve de la mañana, con el barrio prácticamente para nosotros, hasta que encontramos la entrada a la Acrópolis.

De Atenas se pueden decir muchas cosas malas. Pero con todos sus defectos y virtudes, Atenas es lo que es. Y lo que es, por encima de todas las cosas, es una ciudad vieja. Una ciudad con más de tres mil años de Historia abiertos en carne viva en forma de piedras y ruinas. Piedras que hacen obligatoria la visita a una ciudad tan contaminada y descuidada, y que encima hagan que merezca la pena.

Gratis por ser estudiantes (doce euros sin documento que lo acredite) entramos a las misma ruinas que la noche anterior contemplamos empapados y boquiabiertos desde el arco de Adriano bajo una tormenta de mil demonios, ahora con el sol filtrándose por las grietas de cada piedra tallada y cada roca. Las ruinas se encuentran desperdigadas en un gran espacio que, hace más de dos mil quinientos años, albergaba el epicentro cultural, social y religioso de la ciudad, y probablemente del mundo. Sus construcciones van ascendiendo por la ladera de la montaña hasta escalar un gran peñasco de piedra, sobre cuya cima se erige el Partenón y el resto de los grandes edificios, en la parte más alta de la ciudad. Que es precisamente lo que significa la palabra Acrópolis.

Desde el teatro de Dionisios, lo primero que nos encontramos al entrar en las ruinas, hasta las mastodónticas columnas del Propileos, que se convirtieron en las puertas de la Acrópolis, ascendimos por la loma antes de entrar en la explanada que se sitúa sobre el gran peñasco gris, en el que descansan los restos del Partenón, destrozados por nosotros mismos en una más de nuestras estúpidas guerras, el Erectión con sus seis caríatides y el resto de ruinas. Por supuesto, antes de irnos, Rafa, Ale y yo le hicimos una pequeña visita a los escasos restos que se conservan del templo de Asclepio, dios griego de la Medicina. A ver si nos pegaba algo.

partenn.jpg

 

Abajo, ya fuera de la Acrópolis y a su sombra, estaban los restos del templo de Zeus Olímpico y el Arco de Adriano. El día anterior, entre lo tarde que era y la lluvia que empezó a caer, no pudimos entrar al templo, así que aprovechamos y bajamos a ver sus gigantescas columnas. Y de ahí, al Estadio Olímpico (en el que Martín Fiz y Abel Antón entraron triunfantes en la maratón del Mundial de Atenas de 1997, dato que Curro se encargó de recordarnos unas trescientas o cuatrocientas veces y me ha obligado a dejar por escrito).

Después de eso, lo que hicimos fue comer. Comer como cerdos. Con la misma ansia que usamos para meternos un atracón en la cena del día anterior, y el mismo gozo que gastamos los primeros días de viaje. Porque en Grecia hay dos cosas que no están al alcance de otros países: piedras históricas y una gastronomía de toma gyro y moja. Y es que allí se come de lujo. Lo cierto es que no pudimos probar muchas cosas, aparte de los sempiternos gyros y alguna ensalada. Pero creo que podría vivir a base de eso toda mi vida. De gyros, ensaladas, berenjenas rebozadas con su salsa de yogur, y olfateando por las calles. Conforme va llegando el medio día, las calles se inundan de olores de todo tipo: especias, sazonados, fritos, salsas, dulces… que hacen que uno empiece a paladear y salivar hasta rozar la deshidratación. Desde luego, pasear a al hora de comer por el Plaka es un espectáculo olfativo. Sea en un restaurante, o en cualquier puesto callejero, es muy fácil disfrutar la comida allí. Había un hombre con un carrito lleno de muchos tipos de frutos secos que yo no había visto en mi vida, expuestos para que la gente los cogiera ellos mismos. A veces los mejores museos se los encuentra uno en mitad de la calle, así que nos acercamos a curiosear y a meter las narices donde pudiéramos. Empezamos a charlar con el vendedor y nos dejó probar algunos. Mezclando inglés, español e italiano nos explicó qué era cada cosa y como lo hacía. Con mucha simpatía además, porque nos contó había vivido un tiempo en España y guardaba mucho cariño a los españoles, y además nos recomendó que visitáramos el Instituto Cervantes de Atenas, que estaba a vuelta de una esquina y era muy bonito. Evidentemente le compramos unas bolsitas de frutos secos. Yo me llevé una especie de plátanos fritos secos, más comunes pero que me llamaron mucho la atención, que montaron en mi boca ellos solos un espectáculo de luz y sonido.

 

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Ale (de rojo) y yo (azul) a punto de comernos hasta las florecillas del plato

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Yo a esto lo titulo "Detalle de comida griega"

 

Cuando salimos de la tienda ya era prácticamente noche cerrada, aunque aún no había cambiado el paisaje propio de la noche ateniense. Todavía no habían quitado los periódicos y revistas de los quioscos callejeros para cambiarlos por los expositores de pornografía salvaje, y la calle Athinas aún permanecía gris y bulliciosa, con las tiendas abiertas y todo su material expuesto en el exterior, acumulando polvo: maletas, radios, tazas de váteres, ropa… Excepto el mercado de la ciudad que ya habíamos dejado atrás –yo y mi afición a visitar los mercados locales por la mañana– todas las tiendas desprendían un aire de mercancía vieja acumulada y descuidada. Sólo los barrios más turísticos o más comerciales se libraban de aquella impresión generalizada de Atenas, además de unas pocas y genuinas plazas, como la del Ayuntamiento, en la que la visión de los olivos allí plantados intentando sobrevivir, respirando y gastando clorofila a duras penas entre la contaminación y el tráfico, le enternecía a uno el lado vegetal.

Íbamos ya de vuelta al albergue. Teníamos que recoger las mochilas y llegar a la estación de tren con tiempo para cenar algo, aunque íbamos bien de tiempo. Al llegar a la plaza Kotzia, nos topamos con una manifestación. No era la primera que veíamos desde que llegamos. Ya el primer día nos dimos con una comunista frente a la Academia, aunque aquella no tenía mucha pinta de ser ni comunista, ni muy izquierdista tampoco, precisamente. Parecía que estaba ya terminando, pues la gente se empezaba a marchar entre aplausos y los gritos de entusiasmo del señor que estaba sobre las tablas. Adelantamos a una familia que salía de la misma, con sus hijos pequeños y carrito de bebé incluido, todos ataviados con banderitas y pegatinas del partido en cuestión, que los niños agitaban felizmente. Al ver aquello, torcí el gesto. Y supongo que porque llevaba rumiando al personaje toda la tarde, me acordé de Sócrates.

 

La puesta de sol la habíamos visto en el cementerio del Keramikos, y las últimas horas de luz las pasamos deambulando en el barrio de Monastiraki, entre la catedral ortodoxa (la primera que veía en mi vida), las plazas y los mercadillos. Sin embargo, en lo que habíamos invertido la mayor parte del tiempo de aquella tarde fue en el Ágora.

Aquél era, junto a la Acrópolis y construida bajo la misma, el centro neurálgico de la vieja Atenas de los libros de Historia: la de Pericles, Platón, y tantos otros. Funcionaba como recinto sagrado, además de mercado y centro de gobierno, por lo que allí bullía la actividad social y política de la ciudad. Era la gran superficie de templos, colinas y edificios en la que los atenienses se reunían para discutir y organizar la política de la ciudad. En la que los sofistas y oradores prestigiosos inventaron la democracia y sus corruptelas y demagogias, y Platón los criticaba por ello. Es, también, el lugar donde condenaron a Sócrates, y donde este decidió morir y tomarse la cicuta, aceptando las leyes injustas de su patria, negándose a escapar de una cárcel cuyas puertas tenía abiertas.

Sobre todo aquello dio bastante tiempo a reflexionar allí mismo. El día amaneció claro y soleado, y sin una nube en el cielo llegó el ocaso. Pero en medio, sin saber exactamente cómo ni de dónde, nos volvió a caer un chaparrón de los gordos que volvió a dejarnos en bragas. Las primeras gotas nos pillaron ya entre aquellas ruinas, pero afortunadamente llegamos a tiempo de refugiarnos junto a varios turistas y algún perro en el inmenso pórtico columnado del único edificio reconstruido del recinto, la Stoa de Atalo.

No fue una lluvia fugaz, así que nos acomodamos como pudimos y esperamos a que pasase la tormenta. O más bien, como nos dejaron. Los seis nos desperdigamos en torno a una columna, Ale se puso a leer la guía que llevábamos de la ciudad, Chory a escuchar música, y Curro, Rafa, Robe y yo a jugar a las cartas. Hasta que vino una mujer a llamarnos la atención. A nosotros cuatro. Por viciosos, supongo. Resulta que, a juicio de la señora, que era la vigilante del recinto, estábamos en un recinto cultural, y por tanto sólo se podían hacer cosas culturales. Podíamos escuchar música, como Chory, o mejor aún, leer, como estaba haciendo Ale. Esa opción nos la repitió varias veces mientras lo señalaba, mirándonos con ojos de “¿Por qué no podéis ser como él?”. Lo que evidentemente no podíamos hacer, señaló, era estar recostados de cualquier manera sobre el suelo, como estaba yo. Por allí había un par de perros empapados, tumbados en el suelo y sin hacer nada cultural que no amonestaba, estuve a punto de objetarle a la señora. Pero sabía que aquello era una batalla perdida, así que no lo hice. Los perros gozan de impunidad en Atenas. La mujer se marchó y despertó a unos guiris que estaban durmiendo cerca de nosotros con el mismo pretexto, dejándonos en paz. Pero advertidos de que si incumplíamos las normas, nos íbamos a mojar muy culturalmente fuera, entre las ruinas.

 

La Ministra de Cultura daba insistentes paseos por el pórtico vigilando que todo el mundo estuviese cultivando su alma como era debido, así que descartamos la opción de volver a sacar las cartas y echar una partidilla clandestina. A mí, sinceramente, aquello me tocó mucho los atributos, pero no me quedaba otra. Así que me dejé llevar por mis pensamientos y acabé recavando en Sócrates y todo aquello. Eso sí, esforzándome mucho en poner cara de estar pensando en algo profundamente insustancial, y bebiendo sorbitos de mi petaca de coñac cuando advertía que la tía me miraba. Simplemente por putear a la señora. Vale que estaba pensando en Sócrates, pero porque yo quería. Ojo.

lluviac.jpg

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y todo eso para decirnos que bebiais agua embotellada?

¿Bebíamos agua embotellada? ;)

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y todo eso para decirnos que bebiais agua embotellada?

 

WTF?

Cointreau, gran marca de agua...

 

Pedro, sigo insistiendo en preguntarme qué hubiese pasado si hubiésemos estado leyendo una revista porno en el Ágora, yo creo que la Ministra se hubiese cortocircuitado y habría explotado.

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y todo eso para decirnos que bebiais agua embotellada?

 

WTF?

Cointreau, gran marca de agua...

 

Pedro, sigo insistiendo en preguntarme qué hubiese pasado si hubiésemos estado leyendo una revista porno en el Ágora, yo creo que la Ministra se hubiese cortocircuitado y habría explotado.

Pssss.... es que ni la anatomía respetaba esa señora...

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6. Good moorning, Meteora

El tren salió de la estación puntual, a las doce de la noche. Con un trasbordo en medio –a las tres de la mañana– y una llegada prematura al destino –cinco y media– no nos planteamos en ningún momento reservar literas. Mejor, porque no hubiéramos podido. No existían.

Era el tren que hacía el recorrido Atenas-Tesalónica, cruzando de sur a norte todo el país. Y estaba lleno hasta los topes. Teníamos en un papel apuntado el nombre de la estación en la que debíamos bajarnos para hacer el trasbordo, en latino y en griego, y la hora aproximada a la que creían que llegaríamos. Recalquemos lo de “creían”.

La noche empezó como suelen empezar todos nuestros trayectos a los que vamos predispuestos a echar paciencia: sacando las cartas y jugando un chinchón. Con cartas, música, un cuadernito y conversación, vamos nosotros en tren de Moscú a Pekín, si hace falta. Y si tenemos suerte, algún día lo haremos.

La otra gran ocupación que se puede tener en un ten, además de leer o mirar el paisaje, es dormir. Yo ya tengo unos cuantos kilómetros sobre raíles a las espaldas, así que voy cogiendo mis propias estrategias. Me quito la sudadera y me le echo por encima a modo de cálida mantita, y me pongo mi gorro calado hasta los ojos. Y hasta mañana.

Ese gorro lleva conmigo desde que me lo compré en Venecia, el día que conocí la ciudad y estaba cayendo una tormenta que ya no tenía muy claro si los canales estaban debajo o encima nuestra y tuvimos que entrar a refugiarnos en la iglesia de San Giovanni y San Paolo, calentando nuestras manos en la velitas que encendimos a los santos. Es negro, impermeable por fuera, y muy calentito por dentro, y no hay viaje al que no me acompañe desde entonces. Para mí, es eso. Mi gorrito de los viajes. Antídoto para lluvia, frío y sueño. Y en un momento de agobio, le doy la vuelta y me sirve para que nos echen monedas a cambio de un baile. Todo se andará.

 

Cuando desperté e hicimos el trasbordo eran las tres y media de la madrugada. Nos encontrábamos, junto a unos pocos turistas más, en una estación de tren perdida en algún punto indeterminado de Grecia (eso lo dedujimos, tampoco podíamos estar seguros) que estaba, más o menos, en ningún sitio. Era un páramo desolado y desértico en el que sólo había un cúmulo de farolas acompañando una carretera.

En la estación –probablemente la palabra “apeadero de caballos” sea más correcta– no había absolutamente nada. Apenas un par de guardias que, con mucha dificultad comunicativa, nos dijeron en qué andén debíamos ponernos para esperar nuestro tren. Observamos que los guiris se van en tropel a otro andén distinto. Pardillos, pensamos. Por no preguntar lo mismo hasta pierden el tren. ¡Uno no puede irse en modo autista al extranjero! ¡Hay que comunicarse! En fin, para ir matando tiempo nos descalzamos, nos revoleamos por el suelo, y a mí se me ocurrió que sería una buena idea ir sacando las galletas y el Cointreau. Digamos que no lo fue, y dejémoslo ahí.

Cuarenta y cinco minutos más tarde vimos aparecer una luz, trazando una curva hacia nuestro apeadero de caballos. Comenzamos a recoger con parsimonia gaditana.

La luz continúa acercándose.

La luz aminora la marcha.

La luz sigue viniendo hacia nosotros. Somos víctimas de un efecto óptico-psicológico que nos hace creer que en realidad no se dirige hacia nuestro andén. Nos reímos de ello.

La luz está realmente cerca, pero ni nosotros nos movemos, ni los guiris tampoco. Ambos grupos nos miramos fijamente. Allí sólo podía llevar razón uno. Y evidentemente, íbamos a ser nosotros.

La luz, seguida por unos cuantos vagones, se detiene. Como cabía esperar desde el minuto uno, lo hace en el andén de enfrente. Los guiris se ríen. Nosotros corremos medio descalzos por los pasillos subterráneos temiendo perder el tren. Procuramos entrar en un vagón vacío en el que nadie pueda reconocernos.

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En algún punto indeterminado de, presumimos, Grecia

 

A eso de las cinco y pico de la mañana, llegamos a Kalambaka. En ese momento, para nosotros Kalambaka era la estación de tren –apeadero de zarigüeyas– de un pueblo dormido y a oscuras –no había visto una noche tan oscura en mi vida– sin signos evidentes de vida. Apenas un vigilante, y sin rastro de cafeterías abiertas. Barajamos las opciones de quedarnos a dormir ahí mismo, o irnos a pasear por la ciudad. En ese momento, yo no quería ni oír hablar de Cointreau, así que en realidad poco más podíamos hacer. De esas dos opciones, ganó ir a dar una vuelta por un pueblo desconocido y dormido, sin ningún mapa ni orientación que nos guiase, a las cinco y media de la mañana. Surrealista, cuanto menos.

El vigilante nos ofreció la consigna de la estación para dejar los macutos y no tener que cargar con ellos a cambio de unos euros, así que aceptamos. La “consigna” del apeadero de zarigüeyas consistía en un cuartucho con una cama deshecha –la del vigilante, imagino–, libros y polvo, en el que encontramos un poco de suelo para dejar las maletas. Cogimos disimuladamente los pasaportes y el dinero, y las dejamos allí sin hacernos más preguntas. A veces, la ignorancia es sinónimo de felicidad. O al menos, de tranquilidad. Y así, sin destino fijo, echamos a andar por las calles de Kalambaka. La estación de tren estaba en la linde del pueblo, así que lo único que podíamos hacer era adentrarnos, subiendo sus cuestas, bajo un cielo totalmente negro, entre faroles y adoquines.

 

El pueblo estaba desierto. Abundaban las casas bajas, humildes, sitiadas en los bordes de las cuestas que poco a poco lo iban escalando. Poco a poco, muy sutilmente, se iba levantado un tenue telón de luz por el este, que iba dibujando una línea de oscuridad horizontal en mitad del cielo, sobre el pueblo. No nos asustó especialmente. Llevábamos ya lo suficiente en Grecia como para estar preparados para esa posible eventualidad: chubasqueros, paraguas, plásticos… Un nuevo brote esquizofrénico-climático no iba a pillarnos de improviso. Sin embargo, lo que en un principio confundimos con densos bancos de nubes, fue solidificando cada vez más, densa y compactamente. Hasta que pocos minutos después, en un cielo teñido de añil y violeta y en el que sólo quedaba Venus como testigo, se recortaron definitivamente las montañas de Meteora, surgiendo en abruptos y verticales peñascos desde las mismas entrañas del pueblo, oscuros y grises de pura piedra desnuda.

Con la aparición de las montañas de la oscuridad, el pueblo comenzó a desperezarse. El olor a café, a tostadas, el ruido del agua cayendo los cuartos de baño, y el trasiego metálico de las cocinas de desparramaban por las ventanas abiertas a pie de calle. De vez en cuando se descorría discretamente una cortina, ocultando ojos curiosos poco acostumbrados a ver a turistas extranjeros pasear por aquella parte del pueblo –estábamos lejos ya de la estación– a aquellas horas. Y menos aún tan despiertos y risueños como lo estábamos nosotros. Porque aquello fue divertido. Absurdo y surrealista, pero divertido.

Cuando ya se podía ver con suficiente claridad sin ayuda de los faroles, decidimos ir hacia el nacimiento de la montaña, donde quedaban las últimas casas del pueblo y las cuestas a subir se iban escarpando cada vez más peligrosamente. Aún no había salido el sol, pero ya se distinguía vagamente el verde que coronaba las cumbres romas de las montañas y se iba desparramando por aquellas, hasta caer a la orilla de su falda, donde nosotros íbamos. Nos detuvimos allí mismo, en una de las últimas construcciones antes del nacimiento del peñasco rocoso: una vieja iglesia ortodoxa de piedra, muy rústica, con un gran patio, que se asomaba sobre Kalambaka como un gran balcón dominante, justo antes de la montaña. El cielo iba clareando cada vez más, aún sin sol, y los colores se iban tornando de malva a rosa y azul claro, salpicado por nubes doradas y anaranjadas aquí y allá. Estuvimos allí un rato, contemplando el amanecer, hasta que un hombre salió de la iglesia, desató una cuerda suspendida de lo alto del campanario, y empezó a tirar de ella hasta que siete campanadas tañeron, doblemente por el eco a causa de la pared de piedra, sobre las casas y el valle de Meteora.

 

Poco después abrieron las cafeterías, y pudimos pedir algo caliente que llevarnos al estómago. Yo, particularmente, llevaba aguardando aquel momento desde que me dio por probar el Cointreau a las tres y media de la mañana en ayunas. Estábamos sentados en la terraza del local, en una gran plaza. Y poco a poco, por turnos, fuimos dejándonos caer por el servicio del local para asearnos un poco, del modo más discreto posible. Una hora y media después, tras hacernos con un mapa al fin en la oficina de turismo, iniciamos el ascenso a los monasterios.

Los seis monasterios ortodoxos son la atracción turística de aquel lugar. En conjunción con las montañas, claro. Y es que están construidos sobre los peñascos, algunos, o en sus laderas verticales, otros. De forma que parece que literalmente cuelgan de las montañas o fueron dejados caer allí desde las alturas a propósito. Además de una red de carreteras que abraza las montañas y conecta los monasterios entre sí, puede hacer el recorrido original a pie en un circuito de unos 17 kilómetros, que obviamente empieza con el escarpado ascenso de los peñascos.

Tras comprar un poco de embutido y pan en un supermercado, iniciamos la ruta. Y a poco de hacerlo, pero ya inmersos en aquél bosquecillo griego, un miembro de nuestro equipo recordó –o su vientre le hizo recordar– que no hacía de vientre desde el día que salimos de España, así que tuvo que internarse en la maleza y contribuir con su particular monolito al paisaje rocoso de Meteora.

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Good moorning, Meteora

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