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Yo tmbn os sigo. ¿Qué tal resultados os da la tienda del Carrefour? ¿Difiere mucho de las de Quechua? La pregunta clave: ¿es más barata?

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20 de Julio

 

Capítulo III – El asunto del pollo chorreante

 

 

 

 

Para cuando Pablo despertó, hacía ya un rato que un equipo de barrenderos y jardineros municipales adecentaban el parque, barriendo hojas aquí y allá y haciendo comentarios acerca de las tiendas de campaña.

Como siempre al despertarse, Pablo remoloneó algún tiempo más dentro del saco de dormir hasta que pudo oír algo de movimiento en la tienda vecina.

 

En cuanto pudo confirmar que no era la única persona despierta del parque, salió de su saco de dormir y saludo al resto.

Al poco, Rafa, Mario y Pablo estaban despiertos y comenzaban a movilizar los mecanismos habituales: doblar los sacos, ponerse algo de abrigo, despejarse un poco.

 

Pablo salió a buscar una fuente, dejando a Rafa revolviendo en su mochila en busca de las tazas para el desayuno, mientras Mario intentaba despertar a Garrido de la forma más tranquila posible. Un Garrido recién despertado es un asunto peligroso, que merece el mayor de los cuidados, y seguramente una licencia especial.

 

Localizada una fuente y un banco en el parque donde sentarse, los cuatro se trasladaron y empezaron a comer. Para su desilusión, las galletas que compraron ayer y que creían de un tipo, eran muy diferentes de lo esperado, pero en cualquier caso, tenían suficiente comida como para quedar saciados.

 

Una señora madrugadora cruzó el parque en compañía de sus perros, para los que no pasó inadvertido el despliegue de comida, y se entretuvo delante de ellos deseándoles un buen provecho. Después siguió su camino y desapareció por la otra puerta del parque.

 

- Cuando acabemos de desayunar, alguien debe pasarle un agua a las tazas, que luego queda todo hecho una mierda – dijo Mario.

- Yo mismo – se ofreció Pablo – iré a fuente, y así dejo que Rafa huronee a su gusto en la tienda

 

Huronear es un verbo que seguramente acabe pasando al dominio de la RAE. No hay mejor manera de describir el cansino sistema de Rafa para ordenar meticulosa e ineficazmente sus cosas en una mochila.

 

- Nosotros a ver si podemos hacer algo para plegar la tienda del carrefa, que las instrucciones no hay quien las entienda.

- ¡Es verdad! ¿Qué tal se duerme ahí?

- Bueno, es mucho más grande – reconoció Mario – quepo totalmente estirado sin problemas, y aun sobra espacio para las mochilas abajo. Pero el tejido del suelo es bastante debilucho, se nota todo lo que hay debajo, y desde luego no creo que aguante una piedra o una rama. Se rajaría fácilmente.

- ¿Qué dices? ¡Reconoce que esta de puta madre! – Garrido, orgulloso de su compra, defendía a su criatura - ¡Y por solo veinte pavos! Se duerme mucho mejor, y así no te me abrazas por las noches.

- ¡Serás cabronazo! Me prometiste que no se lo dirías a nadie. – Mario le seguía el juego, olvidado ya el tema de la calidad de la tienda – Y tampoco es que te quejases mucho, ¿eh?

 

Siguieron con la coña un poco más, antes de ponerse a recoger todas las tazas y volver a recoger las tiendas. Lo cierto es que la tienda del carrefour era cómoda por grande, pero la calidad era manifiestamente peor que la de las “quechuas”. La estructura era más endeble, y había condensado un poco en la zona del techo. Por suerte, no esperaban mal tiempo ni frio, así que Mario se quitó rápidamente el tema de la cabeza y empezó a plegar el saco de dormir.

 

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El campamento itinerante de los vagabundos, informal pero elegante en un rincón

 

 

 

Cuando acabaron de recogerlo todo, lo que les llevó media hora holgada, se dirigieron al centro de la ciudad para recoger los equipajes, parando antes en los baños públicos del día anterior para lavarse la cara, los dientes, y en definitiva parecer un poco más personas y menos vagabundos recién escapados de prisión.

 

No hubo mayor problema, y cuando tuvieron de nuevo sus mochilas se metieron en unos de los edificios de los bancos para cambiar moneda.

Aunque no pasaron precisamente desapercibidos en las oficinas, vestidos prácticamente de playa y con un aspecto que evidenciaba que no se habían duchado esa mañana, no tuvieron mayor problema para conseguir unas cuantas kunas croatas, a un tipo de cambio bastante razonable. Garrido insistió en cambiar dinero para él mismo, mientras que los demás hicieron un fondo común para los gastos.

 

Acabadas las tareas básicas, se montaron en el primer autobús con destino Zagreb. El precio del billete no era precisamente barato, y guardar las mochilas en el maletero tenía un suplemento, pero por lo menos el autobús parecía razonablemente nuevo.

 

No hubo mayor novedad en el viaje, de cerca de tres horas de duración, y entre conversaciones y partidas de cartas jugadas en condiciones muy precarias, apoyados en libretas o reposabrazos, el tiempo pasó rápidamente, hasta que a través de las ventanillas pudieron ver los suburbios exteriores de la capital croata.

 

Parecía imposible, pero estaban consiguiendo recuperar el control del viaje.

 

Al bajar del autobús, empezó la aparentemente sencilla tarea de orientarse, lo cual en realidad no resultó tan sencillo. Había un plano sobre un cartel, pero era de tipo artístico, con dibujitos de los monumentos y cosas así, y les costó un rato situar el barrio de destino. Nunca puedes fiarte demasiado de un plano en el que la fuente de la plaza tiene, a escala, el tamaño de King Kong, pero a veces hay que aguantarse. Al final, una combinación de ese plano, la guía de viajes y el GPS integrado del flamante móvil de Garrido les permitió decidir un rumbo y comenzaron a andar.

Siguiendo al principio las indicaciones del aparato, en el que Garrido había depositado muchas esperanzas, en seguida dieron con una calle que debían recorrer en línea recta y lo guardó en un bolsillo mientras comenzaban a caminar bajo el peso de mochilas y tiendas de campaña.

 

El barrio donde está el albergue es una zona residencial muy tranquila, de casas bajas y con carácter de pueblo. Apenas a 15 minutos andando de la estación de autobuses, pero en un mundo totalmente diferente, nadie diría que se está en una populosa capital.

No resulta complicado encontrar la pequeña casita con el cartel de “hostel” pintado con el inconfundible estilo pictórico del “buenrollismo” que caracteriza a mucho de estos sitios, verdaderos reductos hippies en algunos casos que cumplen una función imprescindible para los viajeros, no siempre suficientemente agradecida.

 

Cruzan la estrecha valla metálica que protege un estrecho pasaje, para llegar a un pequeño patio donde rápidamente sale a su encuentro una pareja de jóvenes. Uno de ellos balbucea algo de español, bastante correcto, y les indica la dirección de la recepción. Mientras cumplen las formalidades de reservas, depósitos y entrega de llaves, Mario piensa en el extraño acento del chico que acaba de salir a recibirlos. No tiene una gran experiencia hablando con croatas, y menos en español, pero algo en la entonación le resulta familiar y extraño a la vez.

 

Hablan un rato con él tipo de la puerta, que les recomienda un par de sitios de la ciudad y les pregunta por su viaje. Tras una breve conversación, vuelve al trabajo y los demás deciden salir a dar una vuelta por el barrio, buscando un supermercado, o en su defecto un lugar donde comer.

 

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vale chicos, mirad a la cámara y decid todos "drag queen"...

 

 

 

Al final, se cansan de dar vueltas y se conforman con sentarse en unas piedras, restos del muro de una casa con aspecto de estar abandonada desde hace años. Rafa sacó los utensilios de costumbre de la bolsa y en seguida montaron el chiringuito habitual de pan de molde, atún en lata, del que parece que hay unas existencias enormes, y barritas energéticas Sirius. Después de una corta deliberación, se decidieron por las de cerezas con fresa, reservando las de chocolate, las de naranja y las de frutas del bosque para otro momento.

Comieron al sol con toda la calma de quien tiene un techo bajo el que dormir, y volvieron al albergue. Mario se acercó a recepción para pedir una guía de pequeña biblioteca, y Garrido se acercó a los ordenadores, mientras Rafa preparaba la libreta y los bolígrafos para apuntar los trenes y albergues de los siguientes días, que es lo que tenían que buscar ahora.

Durante casi dos horas, apuntaron nombre de albergues, de trenes, rutas y lugares por visitar.

 

- Creo que tengo una ruta factible – Mario alzó la cabeza de la guía, de donde hacía un rato que no levantaba la mirada – esta podría valer…

- Pues tú dirás. Con esta cuantas llevamos, ¿diez rutas? – Rafa estaba perdiendo la fe en sacar algo en claro aceleradamente.

- Oye, no te quejes tanto, que no es culpa mía que los transportes en los Balcanes no sirvan para nada. Si queremos mantener los básicos en la ruta, Sarajevo, Belgrado, Dubrovnik… todo tiene rutas de ocho, diez, o incluso catorce horas

- Ya, ya lo sé. Pero estoy ya aburrido de estar aquí – en el fondo, un sentimiento muy comprensible – ya lo acabaremos luego.

- De acuerdo – concedió Mario – vámonos a visitar la ciudad, a ver que sacamos en claro a la vuelta. ¿Tenéis todo lo que necesitamos? Pues vámonos.

Con la inestimable ayuda del GPS de Garrido, pusieron rumbo al centro. Recorrieron animadamente el barrio residencial donde estaba el albergue, y por el camino se encontraron con el de la puerta de esa mañana, que resulta ser francés. El tipo, si no se está inventando todo lo que cuenta, tiene un recorrido vital verdaderamente envidiable, pues ha recorrido mucho más de media Europa de la manera más lowcost posible, moviéndose de aquí para allá sin parar y sin apenas pisar su casa en años. No tiene oficio conocido, ni problemas económicos, lo cual siempre hace sospechar del verdadero espíritu aventurero de este tipo de gente. Venden un rollo pseudo-hippie de trotamundos sin recursos, porque tienen un padre que les manda dinero cuando están en apuros, y dentro de cinco años están trabajando de abogados con un traje tan caro como todos sus viajes anteriores.

 

En cualquier caso, las historias que cuenta son interesantes, y como ha pasado algún tiempo en España se desenvuelve con bastante soltura en la lengua de Cervantes. Ahora mismo, aparentemente, está trabajando en el hostal como ayudante a cambio de una cama y comida, y tiene planes de volver a corto plazo por Francia. No obstante, recomienda fervientemente Bratislava como capital con una fiesta increíble, a precios que solo son posibles en el este.

 

Después del inciso, siguen el camino paralelo a las vías del tranvía, y recorren en media hora los siete kilómetros y medio que los separan del centro. Desde luego, no tienen la sensación de haber hecho el camino en modo sprint, así que empiezan a aparecer las primeras sospechas acerca de la fiabilidad del GPS. No tardan mucho en rebautizarlo como “sistema de posicionamiento gitano”, sin que implique una intención especialmente racista.

 

Lo primero es una parada en un supermercado para aprovisionarse de cara a la cena. Sorprendidos por el precio de los alimentos más básicos, el latente sentimiento de ahorro, o cutrez según a quien se pregunte, aflora y no compran nada más que algo de arroz y unos trozos de pollo de dudoso aspecto.

 

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acercándose al centro de la ciudad, Rafa pone su sonrisa de "me estoy haciendo un book/me he tragado un bicho"

 

 

 

Desde la plaza central, siguen las rutas que marca un panfleto turístico que tienen, así que en rigor todo lo visitable y digno de mención, incluyendo monumentos culturales como la catedral o la tienda de intesport.

Desde la parte alta, con el sol poniéndose en el horizonte, la ciudad re revela acogedora y fascinantes. El centro está muy bien planteado, hay poco tráfico, buen ambiente…

 

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el centro neurálgico de Zagreb, con sus tranvías

 

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en la tradición de hacerse fotos en los monumentos fálicos

 

 

 

Atraviesan unas calles con una especie de feria, música de fondo, ambiente animado, parejitas buscando un rincón para darse al fornicio… finalmente, vuelven a estar en la zona monumental.

Después de comprar las postales de rigor y comer algo, aun hacen un desvío en la ruta para visitar el teatro nacional y la zona universitaria. Desgraciadamente, con esto dan ya más de las diez de la noche. La calle, antes tan animada, ahora está muerta, y los siete supuestos kilómetros hasta el albergue parecen más reales que nunca.

 

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zona universitaria y teatro nacional: si estas aquí, estas oficialmente lejos

 

 

 

Garrido, que está bastante harto de caminar y dar vueltas por hoy, hace lo mismo que siempre que está mosqueado: sacar kilómetros de ventaja. Aunque a primera vista parezca antipático o insolidario, lo cierto es que así no se desahoga con nadie, así que todos contentos.

 

Casi dos horas después, por fin llegan al hostal. Entraron los cuatro en la habitación para coger los instrumentos de cocina, puesto que al fin y al cabo, no llevan todo el día recorriendo la ciudad con comida para nada. Para no despertar al hippie chungo y su novia que comparten habitación con ellos, van con sumo cuidado pero, seamos honestos, casi cuatrocientos kilos de gallegos cogiendo cacerolas y pan bimbo, mientras uno de ellos sujeta en la puerta un bolsa chorreante con medio kilo de pollo dentro, no es precisamente un comando ninja. Los comentarios acerca del fuego y de ¿dónde está la navaja? seguramente no habrían tranquilizado mucho a la sorprendida pareja si los hubiesen entendido.

 

- ¿Lo tienes todo ya? Pues venga, vámonos – La conciencia de Mario, que aunque pequeña y asustadiza como un hámster en un laboratorio en ocasiones se esfuerza por hacer acto de presencia, habla aquí.

- Ya va, ya va…

- ¿Y… dónde vamos a ponernos con todo esto? – Como siempre, Garrido hace las preguntas precisas en el momento más incómodo.

 

No es una pregunta banal. Al entrar ya han probado a acercarse a la sala común donde estuvieron por la mañana, solo para descubrir que por las noches se pluriemplea como habitación extra, o quizás como burdel ilegal de bajo coste. Lo cierto es que la asiática semidesnuda que abrió la puerta no fue capaz de dejarlo muy claro.

 

Así que buscan un rincón donde colocarse, algún sitio discreto, apartado de las miradas de posibles transeúntes, pero a la vez iluminado, a ser posible con sitios para sentarse y razonablemente horizontal. Puestos a pedir, en todo un detalle que tenga un cierto nivel de higiene para no coger alguna enfermedad extraña.

 

Sin embargo (deben ser cosas de los países pobres), parece que las calles no están pensadas para que un grupúsculo de infra turistas troceen pollo a las dos de la madrugada.

 

Mientras piensan en el texto de la hoja de reclamaciones a la oficina de urbanismo, se deciden por un banco junto a un comercio. No hay farolas, les ilumina el escaparate de un comercio, tiene un trozo de hierba sin excrementos de perro, y los cercanos cubos de basura le cubren de las vistas desde la calle.

 

Es más que probable que, a esas horas y con un hambre atroz, no pensasen mucho en las condiciones del lugar mientas montaban el chiringuito de cazos, bombonas, hornillos portátiles y botellas con agua del grifo. Sí lo hicieron poco después, y en una especie de contacto tácito se pusieron de acuerdo en que su situación simbolizaba muy bien el espíritu aventurero. Estaría bien decir que sería penoso si no fuese por el simbolismo del momento, pero no nos engañemos. Es penoso, sencillamente lamentable.

 

Mientras litro y medio de agua hierve lentamente con arroz y un par de dientes de ajo en su interior (serán pobres, pero exquisitos), Mario trocea lamentablemente el pollo con la navaja.

 

- ¿Qué, como lo llevas? ¿Te falta mucho con eso? El arroz ya casi está… viscoso - Rafa intenta romper la tensión interesándose por la comida

- Bueno, no te creas que es muy fácil – contesta Mario - ¿Has visto estos huesos de aquí? ¿Y estos coágulos de sangre?

- ¿Eso es normal? - Garrido está empezando a no verlo nada claro - El pollo del mercadona no tiene esa pinta…

- Bueno, no es que esté muy limpio, ni muy bien cortado – que no se diga que Mario no entiende de pollo – De hecho, ahora mismo estoy bastante convencido de que a este pollo lo mataron con un cortacésped, o que lo atropelló un camión. Diría que el pollo es un animal que no tiene costillas en las patas…

 

Mientras se entretienen hablando del pollo, pues la cosa es quejarse de algo, llega la puntilla a la situación, la gota que faltaba en el vaso. La librería de la esquina, su única fuente de luz, acaba su programa automático, y el escaparate se apaga. Los cuatro se quedan en silencio, los rostros iluminados por la luz azulada de las llamitas del hornillo. Ninguno quiere hablar, pues mientras no digan nada, aun pueden creer que esto no está pasando. Al final, una sencilla frase rompe el silencio.

 

- Vaya puta mierda…

 

En fin, sería quizás excesivo cebarse demasiado con su paupérrima situación. Sería mejor hacer un salto del tiempo y situarlos, hora y media después, metiéndose en las literas y cerrando los ojos con fuerza para forzar el final del día.

 

Pero no sería justo que generaciones posteriores no oyesen nunca hablar, por lo menos, de cómo Garrido y Pablo se turnaron durante 40 minutos para darle a la manivela de la pequeña linterna con dinamo que llevaban consigo. Sería una lástima que nadie recordase los alaridos de Mario cuando chorros de aceite hirviente salpicaron sus brazos, o cuando se quemó los pulgares escurriendo el arroz.

 

O la cara de odio contra el mundo que pusieron cuando, en el reparto de comida, comprobaron que después de todo apenas tocaban a cincuenta gramos de pollo por cabeza, y la consiguiente cara de asco cuando se dieron cuenta, tras cinco minutos masticando con cara de asco, de que ese pollo tenía el sabor del jabón de limón con el que habían limpiado el instrumental la última vez, con un aclarado obviamente insuficiente.

 

Lo que si quedará escrito, por lo menos, es el sentimiento resignado, mientras tragaban con esfuerzo algo de arroz, de que al fin y al cabo estaban todos metidos en el mismo agujero inmundo. La situación es lamentable, cierto, pero al menos, son un equipo. Y entre todos, pueden superar cualquier cosa.

 

De momento.

 

cenapenosa.jpg

el New York Times ofreció en su momento 2000$ por incluir esta foto en su reportaje "la gente de las calles"

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No me puedo creer que este diario vuelva a ponerse en marcha después de tanto tiempo!!!

Me he reido mucho, muchisimo con este capitulo. Espero que hayas cogido carrerilla y vuelvas a colgar otro antes de fin de año XD

 

Animo!!!!

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