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silviavk

Argentina y Chile, en los confines de la tierra

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jajajajajaja

q estres de dia por dios, pero el chaval consiguió su gesta épica asi q, si el precio son unos calcetines no está mal XDDDDDDD

 

yo os leo, vale q muy de ve en cuando, pero os leo y os sigo

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Anda!! Gracias a esa gente que me lee (o dice hacerlo :)), me caeis bien sin siquiera conoceros...

 

Puerto Montt: embarcando en el Navimag

 

Sucede que a veces uno se pasa media vida mirando embobado en un mapa esa parte del mundo que le llena de incógnitas, preguntándose que leches habrá en tan aislado y quebradizo terreno cercano a la Antártida, y un día se despierta por la mañana y es el gran día de embarcarse en un carguero de dudosa fiabilidad rumbo a los fiordos chilenos. Años y años esperando ese momento, y cuando abro la ventana…. “- BINGO!!! Lluvia”.

Así que desayunamos frugalmente, nos embutimos nuestros chubasqueros y nuestra ropa de más abrigo hasta el punto de emular al muñeco de Michelín, y salimos para Puerto Montt, desde donde partía el barco, tras despedirnos de nuestros atentos anfitriones de noches pasadas.

 

El trayecto entre Puerto Varas y Puerto Montt es muy corto, cerca de 12 kms, y las únicas noticias que me habían llegado de semejante lugar eran poco halagüeñas, pero la verdad es que se quedaban cortas ante semejante panorama. Puerto Montt viene a ser la capital administrativa de la región de los lagos chilenos, y ofrece un contrapunto estremecedor con el resto de la región: lo que antes eran bosques se convierte en asfalto puro y duro, lo que era aire puro se convierte en contaminación a troche y moche, y lo que era un encantador paraje se convertía en sórdidos suburbios repletos de gente de poco fiar (si si, de esa que me gusta). Al llegar aproveché para ir a una farmacia a luchas por unos antibióticos, puesto que la aventura del día anterior me había dejado como resaca un horrible picor de garganta y un empanamiento aún mayor del que suele ser habitual en mi, así que mejor prevenir que curar. Antes de embarcar fuimos de compras a un supermercado del centro para abastecernos un poco de las posibles carencias de 4 días de viaje en barco. En otras palabras, había que comprar cerveza, cerveza y más cerveza. Dimos unas cuantas vueltas por la calle Angelmó, la principal vía de la ciudad, aprovechando para hacer alguna compra necesaria (ese maravilloso y chillón jersey rojo que me compré, dios en que estaría pensando), y comimos un poco de pollo una vez más antes de ir a la sala de embarque, donde nos reunimos con varios conocidos del viaje. Jan ya se estaba empezando a poner nervioso ante la cercanía del zarpe y irrumpía en el silencio generalizado de la sala con sus legendarios “ESTO ES INCREIBLE!!!!” o “DE PUTA MADRE!!”, mientras Silvia y yo escondíamos nuestras cabezas bajo las capuchas de los chubasqueros procurando que no se nos relacionara con semejante engendro.

 

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Calle de Puerto Montt (a que da ambientillo?)

 

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Mercado Angelmó

 

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sala de embarque del Navimag

 

A eso de las 2 aparecieron un par de tipas que serían algo así como nuestras guías durante la travesía y nos explicaron sin ahorrar en detalles la ruta de viaje. Nuestro barco era el carguero Navimag, la única compañía con licencia para transitar por los fiordos chilenos, y dado que no era un crucero de lujo, íbamos a estar acompañados durante el viaje con una carga tan variopinta como coches, autobuses, vacas, terneros y contenedores varios. También nos informaron de las normas de seguridad tan exhaustivamente que tuve la certeza que íbamos a naufragar y morir congelados al más puro estilo Titanic (este pensamiento venía muy sugestionado por el hecho de que el barco no había salido en un mes por problemas técnicos, y la previsión meteorológica no era precisamente buena). Tras la charla, rumbo pa´dentro. Tras una extraña espera en la zona de carga nos subieron en plataforma a los camarotes, y debido a que habíamos optado por lo más barato tuvimos el placer de tragarnos enterito el maravilloso perfume animal que inundaba el primer piso de aposentos. Puesto que íbamos a compartir habitación con dos personas más estábamos intrigados por conocer a nuestros compis, y en ese momento apareció Luke invitándonos a un mate. Australiano, fotógrafo, hombre apuesto donde los haya, con un curioso sentido del humor y una adicción cercana a la obsesión por la hierba argentina.

Un rato después salimos a explorar el resto del barco, en lo cual se tardaba entre 10 y 15 minutos, pues la zona habilitada para pasajeros era ciertamente pequeña. Lo mejor eran las dos cubiertas superiores desde donde íbamos a poder observar los paisajes que iríamos cruzando en nuestra travesía austral. En una de estas cubiertas había un ajedrez gigante del que dimos buena cuenta.

 

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Pa´dentro con los bártulos

 

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Perdón por los caretos (en especial el mio)

 

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Partida con Andrew, Silvia arbitra

 

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Vista de la bahía de Puerto Montt desde la cubierta

 

Solo llegar a la cubierta conocimos a Arturo, un madrileño que llevaba un mes vagando por Argentina, y que sólo llegar a Puerto Montt le habían robado a punta de navaja el móvil y la cartera, ya decía yo que esa ciudad no tenía mala pinta, leñe. Eso si, el tipo no perdía la compostura en ningún momento, la viva imagen de la tranquilidad. Un mate más de Luke y apareció un simpático ingles llamado Andrew, que a partir de ahora será conocido como “el palas” en este relato, que también estaba viajando solo. Entre delirios de Jan con la Nutella y sus virtudes, las risas de todos respecto a sus locuras y la demora en el zarpe, conocimos a una pareja de holandeses que estaban dando la vuelta al mundo como luna de miel, y ala, ya estaba completada la trouppe que íbamos a compartir este periplo durante los siguientes días.

 

Puesto que empezaba a anochecer y el barco no se movía ni para atrás bajamos a la zona del restaurante en la primera llamada para la comida, a eso de las 7:30, por cierto, mucho mas buena de lo que cabía esperar. Después de cenar salimos otra vez a ver si por algún milagro nos moviamos, pero nada, los estibadores seguían cargando la mercancía y parecía ser que la cosa se iba a demorar más allá de lo esperado, así que regresamos a la zona del bar ( que obviamente se iba a convertir en nuestra favorita), donde nos dedicamos a dar rienda suelta a nuestras ansias alcohólicas en una especie de comuna hippy en la que cada cual aportaba algo. Resultado final: primera noche y ya no nos quedaba alcohol.

 

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Ejemplo de como transcurrió la mayor parte de la travesía.

 

Con los ojos chispeantes por la bebida nos fuimos a dormir con la vista de Puerto Montt clavada en la retina. Cuando demonios dejaríamos esta ciudad del averno?

Editado por elmessi

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Anda!! Gracias a esa gente que me lee (o dice hacerlo :angry:), me caeis bien sin siquiera conoceros...

 

yo te sigo totalmente en serio me mola vuestro viaje y las fotos son superchulas animo!!!

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Rumbo a los fiordos: la travesía del Golfo de Penas

 

 

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Los rayos de luz del amanecer entraron tenuemente a través del ojo de buey del camarote. Puesto que me tocó la litera de arriba y de lado de popa fui el primero en la habitación en ponerme manos a la obra, y lo primero que hice fue comprobar si ya habíamos abandonado la bahía de Puerto Montt, y…. ALELUYA!! Por fin estábamos en marcha. Subí a desayunar al comedor, puesto que para la hora del desayuno no había turnos, y degusté el típico desayuno continental de toda la vida, aderezado con unos huevos revueltos. En estas que apareció el resto de la trouppe, y nos desperezamos a base de cafés mientras esperábamos la charla informativa diaria.

 

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Vista matutina desde cubierta

 

A eso de las 10 empezó la charla, tanto en inglés como en español, y nos comunicaron las cosas que íbamos a ver hoy. Al parecer la noche anterior el barco se había demorado por un problema con el agua caliente que trataban de solucionar antes de partir, y hasta las 3 de la mañana no empezamos a navegar. En cualquier caso eso no iba a alterar el calendario de nuestro viaje. Durante el día íbamos a bordear la costa de Chiloé, entrar en el golfo del corcovado y empezar una pequeña incursión en los fiordos patagónicos mientras bordeábamos la península de Tatiao dejando atrás Puerto Chacabuco, lo que nos llevaría hasta el Golfo de Penas, que cruzaríamos de noche.

 

Aquí es donde la guía puso un semblante serio, y todos nos empezamos a acojonar. Para empezar el nombre de “Golfo de Penas”, ya resulta bastante premonitorio, si a eso le añades que te aconsejan tomarte una pastilla para el mareo, y que la tripulación siempre nos advertía sobre la dificultad de ese paso, pos claro, ya nos veíamos zozobrando a merced de los designios de Neptuno.

 

El Golfo de Penas es uno de esos lugares conocidos por los marinos de todo el mundo. Sus particulares condiciones lo convierten en uno de los pasos de navegación mas peligrosos del mundo, y desgraciadamente es inevitable, puesto que estrechez de los fiordos patgónicos provocan que los barcos tengan q exponerse durante 12 horas a salir a mar abierto con olas de 4 a 8 metros de atura (eso si hace bueno). En ocasiones el barco directamente ha de esperar durante varios días antes de navegarlo para que sea posible franquearlo. En ocasiones ese mismo barco en el que viajábamos se habia visto sorprendido por un temporal imprevisto en plena navegación del fiordo, lo que se solía saldar con la perdida de varias toneladas de carga. Según la tripulación habían visto a gente rezar en el comedor en un día no del todo bueno. Por lo visto, hacía unos meses el capitán osó enfrentarse al golfo de penas con mala mar. Se obligo a todos los pasajeros a enclaustrarse en el comedor por su seguridad. En un momento puntual, una ola gigantesca levanto el barco 4 metros, dejándolo caer violentamente mientras otra ola muy seguida de la parecida altura paso por encima. La cosa prometía, aunque según la predicción del capitán habría buen tiempo y solo se “movería un poco”.

 

Salimos a cubierta a ver que se cocía por allí arriba, y la verdad es que cocerse, cocerse no se cocía nada. Navegábamos a mucha distancia de las prometidas recortadas costas chilenas, con mar tranquila y tiempo nublado. Así que nos dedicamos a ver si divisábamos fauna marina, puesto que esa zona es un lugar de apareamiento de ballenas blancas australes, los animales mas grandes del mundo. Ya que nos habían dicho que si esforzábamos la vista era posible ver alguna cola o una expulsión de agua de sus canales respiratorios, estuvimos durante una hora escudriñando cada rincón del gigantesco mar que se abría ante nuestros ojos. Pero ná de ná. Ni un triste delfín. Yo vi un león marino y fui el gran afortunado de los que estábamos en cubierta, con eso lo digo todo.

 

 

Tras la comida Luke volvió a sacar el mate, pero esta vez con condiciones. Me invitaba pero tenía que seguir las normas básicas. Yo pensaba “Pero macho, que normas ni que leches, si eres australiano”, pero el que invita manda, así que me dio un pequeño cursillo sobre la forma de tomar mate, es decir : Solo puede rellenar de agua el que invita, siempre se ha de pasar con la bombita (esa especie de pajita de metal que se utiliza para absorber) mirando para ti, cuando no quieres mas has de decir gracias, y cosas por el estilo. Na, un mundillo peculiar.

 

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Pasando el rato entre mate y mate

 

Una vez concluido el curso didáctico salimos a cubierta y la cosa había mejorado un poco, se veían algunos de los mil islotes que rompen la superficie chilena en estas latitudes, pero la cosa seguía sin acabar de convencernos del todo. La gente empezó a quejarse de que claro, es que esto no es un crucero, para ver las costas más claramente deberían haber cogido el crucero de lujo de la compañía Skorpios que se acercaba bastante más, etc, etc, etc…

 

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Desde la cubierta, antes de entrar al Golfo de Penas

 

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Silvia en plan Kenny

 

 

Un tanto decepcionados bajamos al comedor a cenar y a ver una película que proyectaban en el mismo comedor. Una vez acabada repetimos el ritual de la noche anterior, donde aprendimos que era la primera y última vez que nos sentábamos cerca de la barra, puesto que el camarero, personaje peñazo donde los haya, no paraba de tratar de instruirnos acerca de todo lo que se le venía a la cabeza, especialmente acerca de las virtudes de la dictadura de Pinochet. Y lo pero es que el menda no callaba. Tu tratabas de ignorarlo educadamente aquiesciendo con la cabeza pero el tío volvía a arrancarse. Ya de noche la cosa empezó a animarse. Empezamos a notar que el barco se movía más de la cuenta, e inauguramos un nuevo juego. Coger una pelota hecha con papel de aluminio, y construir dos porterías con botellas de cerveza. Cada vez que el barco se inclinaba a un lado al otro, uno ponía la pelota encima de la mesa y la dejaba ir sin darle fuerza, a ver si entraba. Con semejante tontería estuvimos una hora. Cuando más se movía el tema, me entraron ganas de asearme, así que me fui pa los baños comunitarios y realicé varios ejercicios de funambulista para evitar que la puerta se abriera con cada ola. Cuando me dispongo a volver al comedor aquello ya empieza a parecer una montaña rusa, me cuesta mantener el equilibrio por las estrechas escaleras y las olas chocan violentamente contra el barco, levantando gotas de agua por encima de mi cabeza. “Joer, si que se movía un poco, si”. En el comedor me encuentro sola a Silvia y a Arturo, y cuando les pregunto por el resto me dicen q están en la cubierta superior. Un tanto sorprendido me dirijo como puedo hasta allí, y me encuentro a mis colegas haciendo una especie de Surf, manteniendo el equilibrio como buenamente pueden y trastabillándose permanente mientras gritan de emoción. Ante semejante panorama un oficial de la tripulación les echa una soberana bronca y nos vamos derechitos a la cama con los primeros síntomas de mareo. En la cama tenemos la extraña sensación de que somos unos bebés a los que su madre los está meciendo con mimo en la cuna. Afortunadamente la posición de nuestras camas hace que nos balanceemos de arriba abajo, y no a los lados, por lo que no hay riesgo de pegarnos el trompazo padre al cae de la litera. Poco a poco se me van cerrando los ojos, mientras dentro de la cabeza aparece el pensamiento de lo insignificante que somos y lo expuestos que estamos a bordo de un barco en medio de un océano embravecido.

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Los canales Patagónicos: Puerto Edén

 

Al amanecer tuve la vaga ilusión de vislumbrar un rayo de sol penetrando por el ojo de buey del camarote, pero, obviamente, no eras más que una ilusión debida posiblemente al sueño. La movidita noche anterior había dejado graves secuelas en Andrew “el palas”, que era incapaz de salir de la cama aquejado de un abyecto dolor de cabeza.

 

Lo que si había cambiado y mucho era el paisaje que nos rodeaba. Habíamos empezado a adentrarnos en los auténticos canales patagónicos, y desde cubierta nos veíamos rodeados por doquier de pequeñas islas y montañas nevadas que flanqueaban nuestro paso hacia la Patagonia. Esto ya es otra cosa, leñe. La sensación que tienes mientras atraviesas esos angostos brazos de mar es de andar perdido en el más absoluto culo del mundo, navegando por pequeños islotes nunca hollados por el hombre y que se levantan abruptamente cientos de metros por encima del mar, quedando coronadas sus cumbres con nieves eternas desde las cuales se precipitan cientos de cascadas. Tanto pelearnos y matarnos en Huerquerhue para ver una triste cascada y ahora las teníamos ya cientos ante nuestros ojos y las contemplábamos sentaditos en cubierta. Si es que…

 

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Fiordos chilenos

 

La charla matinal prometía un día de lo más cargadito. Estábamos navegando por el Canal Wide, uno de los mas estrechos de todo el trayecto, y a lo largo del día atravesaríamos la angostura inglesa (el paso más estrecho de todo el viaje), avistaríamos un barco carguero abandonado y varado en medio de los fiordos y recalaríamos brevemente en Puerto Edén, un poblado indígena en medio de la nada, donde vivían los últimos descendientes de los legendarios habitantes de los fiordos, los Kawesqar.

 

Con tantas cosas por delante, que hicimos? Pos liarnos a jugar al ajedrez, al conecta 4 y a cartas como posesos. Eso es tener espíritu, joer.

 

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Jan y su Nutella, una imagen para la posteridad

 

Cansado ya de vapulear a mis contrincantes salí a tomar un poco el aire a cubierta, dejando a Silvia en un duelo a muerte con el palas al conecta 4, y me encontré de bruces con la más viva imagen que quepa imaginar de un barco fantasma. Ante mis ojos desfilaba el Leónidas, un antiguo barco de traficantes de azúcar, que fue abordado pro la policía y que quedo por los tiempos de los tiempos varado en medio d ela nada, sirviendo de refugio en la actualidad para hordas de leones marinos. Cuando entré de nuevo en la cafetería, nuestro afamado barman me puso al día de la historia del Leónidas y de otras muchas cosas que he decidido olvidar. Tanta información de golpe no me cabe, sorry.

 

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En vivo daba hasta miedo

 

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Angostura inglesa

 

Un rato después atravesamos una curiosa estatua de una virgen, patrona de los marineros chilenos y ante la cual existe la tradición que hay que hacer sonar la sirena del barco cuando pasas delante de ella. Además, cuando sonó, una multitud de leones marinos salidos de no se donde salieron espantados a zambullirse al mar.

 

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La patrona de los marinos chilenos

 

Seguimos navegando como Pedro por nuestra casa hinchándonos a nieve, cascadas y bruma, hasta que de golpe y sin previo aviso aparecieron unos rayos de sol (los primeros desde hacia 4 días) y entonces llegamos a un lugar irreal. Teníamos enfrente de nosotros Puerto Edén, una pequeña aldea pesquera inaccesible desde cualquier lugar excepto por la ruta del Navimag. Yacía a los pies de montañas nevadas, construida con casas de madera al estilo de los palafitos de Chiloé. En un pasado remoto este lugar se fundó como estación de apoyo a una línea aérea experimental de hidroaviones que uniría las ciudades de Puerto Montt y Punta Arenas. Alrededor de esta estación se reunió espontáneamente la dispersa población kawésqar, conformada por nómadas marinos que recorrían las islas entre el Golfo de Penas y el Estrecho de Magallanes. Eran cazadores-recolectores que se alimentaban principalmente de mariscos y aves marinas.. Pero a día de hoy es conocido simplemente por ser el último hogar de los supervivientes Kawesqar. Actualmente, el poblado cuenta con una población de alrededor de 250 habitantes y perdura únicamente para proteger a esta etnia, de no más de 20 personas, que está en vías de extinción.

 

 

El objetivo de la parada era abastecer al pueblo de suministros básicos para la supervivencia, ya que el único contacto de este lugar con el reto del mundo es el Navimag. A decir verdad, las averías del carguero del último mes habían dejado muy maltrecho al pueblo, y la gente estaba practicando una economía casi de subsistencia, sin ningún tipo d a yuda exterior. En el rato que estuvimos parados descargando los víveres, el cielo volvió a cubrirse y empezó a llover al principio, para luego conformar una especie de agua nieve que hacia daño al caer sobre la piel por las fuertes rachas de viento, y en ese momento apareció en un pequeño islote una imagen que llevaré clavada el resto de mi vida.

 

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Tras descargar volvimos a ponernos en marcha, ya que íbamos con bastante retraso y no nos podíamos permitir demoras innecesarias. Eso sí, antes de abandonar Puerto Edén embarcaron un par de tipos muy curiosos, que miraban el barco como si de una nave alienígena encontrada en el área 51 se tratara, ataviados con unas extrañas cajas de cartón atadas con cordeles que al día siguiente darían mucho juego. En todo el barco cundió la curiosidad de “Que leches llevaran esos mendas en esas cajas”?

 

 

Puesto que a los pasajeros nos permitían entrar en el puente de mando hicimos una breve visita al capitán.

 

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Silvia a la izquierda dirigiendo la embarcación. que diso nos coja confesaos.

 

Y nada más, al día siguiente nos esperaba el desembarque en Puerto Natales, y dejaríamos atrás los canales patagónicos rumbo a Torres del Paine.

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