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The city never sleeps

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yo estuve este verano 10 días y ha sido la ciudad que más me ha marcado de todas las que he visitado. Nunca he repetido destino pero con NY eso va a cambiar, me gustó mucho la verdad.

 

Eso sí, fuimos la primera semana de junio y nos pilló una ola de calor. Y 42 grados en NY es mucho xDD

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Acabo de volver de tierras neerlandesas y se me junta el trabajo. A ver si lo termino esta semana...

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Capítulo quinto. Brooklyn.

Había llegado el momento de visitar el barrio más de moda en todo el mundo. El lugar que está en boca de todos. Así pues, tras ingesta de café con leche y pancakes con frutas varias en otro dinner cercano a Grand Central, cogimos el metro para salir por primera vez de la isla.

 

Empezamos nuestra visita por este borough en Williamsburg, el barrio para hipsters veganos que había visitado la noche anterior. Dejé a mi familia de banda después de unos cuantos minutos de pasearnos por Bedford Avenue para sumergirme en el mundo de las tiendas de discos. Empleé más de dos horas en tres tiendas diferentes (y eso porque no me paré a visitar todas las secciones, pues toda economía tiene un límite) y compré bueno, bonito y barato; básicamente rap y rock independiente. Williamsburg es inmensamente tranquilo por la mañana, pues su vida se desarrolla de noche. Muchas tiendas abren a las 11 o a las 12 y los dependientes tienen claros síntomas de resaca. A parte de toda esta gente guay, hay una gran comunidad de judíos ortodoxos y polacos. Brooklyn empezaba a tener mejor pinta que Manhattan. Parecía un lugar donde uno puede vivir. Como anécdota contar que me encontré al chinoamericano que tocaba en un grupo local de la noche anterior y le llamé Chan cuando se apellidaba Chao (así me lo recordó mi amiga unas horas después, algo horrorizada por mi metedura de pata). Ciertamente el tío me miró raro.

 

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Era ya casi mediodía y volvimos a coger el metro. Esta vez para ir a la zona de Boerum Hill, también en Brooklyn. ¿Motivo? Estaba leyendo la novela “The Fortress of Solitude” de Jonathan Lethem. La acción transcurre en ese barrio y cuenta, entre otras muchas cosas, la gentrificación del mismo en los años 70 con la llegada de muchas familias y artistas blancos. Además este barrio está cerca de Flatbush y otros tantos lugares míticos que durante años y años he escuchado mencionados en infinidad de discos de rap. La zona de Atlantic Avenue, Dean Street, Smith Street… dista mucho de la peligrosidad de principios de los 70 y la época del crack que empezó a finales de los 80. Podemos decir que la mitad de vecinos son blancos y la otra mitad negros. La mayoría viven en casas unifamiliares adosadas antiguas muy bonitas y en la distancia se ven algunos projects (bloques típicos de barrios humildes estadounidenses). Andando por este barrio en un día precioso y soleado, llegamos a Brooklyn Heights. Seguramente el barrio más pijo de Brooklyn. Un poco antes nos paramos en la terraza de un restaurante para comer algo. Yo me pedí una ensalada mediterránea, que resultó ser canónigos y lechugas raras con una salsa de feta. Me preguntaron si quería pollo en la ensalada y les dije que no. Claro que al ver que no tenía ni un triste tomatito o zanahoria, me arrepentí un poco (aunque en primera instancia la idea de pollo en la ensalada no me convencía). Brooklyn Heights da al río (o ría, o llámenle como quieran) y tiene un bonito paseo desde donde se pueden contemplar todos los rascacielos del distrito financiero, en la otra orilla. Es precisamente desde este punto desde donde se suelen tomar todas las fotos del skyline. Las casas se ven algo más lujosas y el barrio ha tenido y tiene vecinos de lujo como el escritor Truman Capote.

 

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Después de tomarnos un helado justo debajo del puente de Brooklyn, donde una recién casada pareja de asiáticos (la novia llevaba un vestido blanco nuclear super hortera) se estaban haciendo las fotos de rigor, cruzamos el puente a pie para volver a Manhattan. La zona peatonal es prácticamente la misma que la reservada para las bicis, con lo que entre turistas, locales y ciclistas se puede liar una gorda porque el carril es estrecho y el tráfico abundante en algunos tramos. Eso sí, el puente es precioso y las vistas también. Cruzarlo, todo un placer.

 

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Llegados otra vez a Manhattan, mi familia quería tomar un ferry para ir a ver la Estatua de la Libertad. A mi me aburría un poco la idea y también tenía ganas de relajarme un poco. Así pues, volví al hotel solo en metro y me tomé una cerveza Brooklyn bien fresquita mientras veía el enésimo partido de béisbol. A eso de las siete salí a la calle y empecé una larga caminata. Concretamente estuve andando casi dos horas desde el hotel en la calle 39 hasta pasado Central Park, en la Columbia University (al principio del Harlem). Caminé rápido casi todo el tramo del Midtown, como un neoyorquino ajetreado más. En esa zona de la ciudad es casi totalmente imposible no contagiarse del ritmo acelerado que imprimen sus transeúntes. Ya bordeando el Central Park la cosa se vuelve bastante más tranquila, sobretodo de noche. El campus universitario es impresionante, gigante. La biblioteca es de estilo grecorromano y es descomunal. Más que cualquier templo original de ese estilo. Decir que tampoco dentro del recinto del campus se puede fumar, ni siquiera en el amplio parque al exterior que alberga. Esperando a que mi amiga saliera de clase, me asaltó un negro que vendía cervezas. No entendía la mitad de lo que decía porque hablaba con la boca prácticamente cerrada. En suma, los grandes mensajes que capté fueron que estudiase para labrarme un futuro, que él era muy viejo (incluso tenía hijos de mi edad) y que cerrase los ojos cuando escuchase música.

 

Luego llegó mi amiga, cenamos algo en su piso de estudiantes (comparte habitación con una judía turmekistaní criada cerca de Beverly Hills tremendamente divertida) y estuvimos con esto y con lo otro hasta que yo pillé un taxi para volver hacia las cuatro de la mañana. Es impresionante lo tremendamente fácil que es pillar un taxi en Manhattan a cualquier hora, en cualquier sitio.

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Capítulo sexto. Manhattan visto desde arriba.

 

Habiendo dormido apenas cuatro horas, la cándida voz de mi madre (¿es este el primer diario de alguien viajando con su madre y familia?) me despertó. Teníamos que ir al Empire State Building. Pues nada, una de las condiciones para autorizar moralmente mis escapadas nocturnas era estar levantado a primera hora y sin rechistar.

 

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Ésta es, probablemente, la cosa más turistera que hicimos. Antes de subir te conducen cual rebaño de borreguitos, previo pago de unos 16$. Pero claro, no irás a Nueva York sin subir al susodicho rascacielos para contemplar las vistas. Hacia la planta 80, nos hicieron bajar para, inexplicablemente, subir unas cuatro o cinco plantas a pie. Una pareja de mega obesos que pesarían más de 300 kilos entre los dos se negó rotundamente y les dejaron subir con otro ascensor. Las vistas son realmente preciosas. No hay mucho que decir, simplemente podéis ver las fotos. Saliendo del mirador, vimos que se podía subir unas veinte plantas más pero pagando otra vez un importe similar al de la entrada inicial. Total, que subir hasta arriba del todo te puede salir por más de 30$... No subimos.

 

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Como las principales partes de Manhattan y Brooklyn ya las habíamos visto y descartada cualquier visita fugaz al Bronx o a Queens, decidimos profundizar en algunas de las zonas que habíamos visto sólo por encima. El tema de subir al Empire State Building nos ocupó casi, casi hasta mediodía. Decidimos bajar por el Midtown por su lado oeste hasta llegar a Chelsea. Esta vez dimos un largo paseo por el barrio gay. Nada especial. Banderitas multicolores, algunos gays con más pluma que otros y en general un paisaje igual que el que te puedas encontrar en cualquier barrio gay del mundo (bastante más light que el Castro de San Francisco, por eso). Nos detuvimos para comer algo en un café restaurante precioso; techos altos, barra antigua y clientela con clase, precios nada abusivos. Mi familia se pidió sándwiches. Mi madre se horrorizó al ver el tamaño del suyo. Decía que se le quitaba toda el hambre sólo con ver las enormes cantidades de comida que sirven en ese país. Yo pedí una ensalada, otra vez. Me fui a Nueva York y me pasé los días comiendo ensaladas. Claro que con los desayunos que me marcaba a base de huevos con bacon, muffins gigantes, pancakes y etcétera, no me apetecía casi nunca comer contundentemente.

 

Un poco más abajo del café, fuimos a otro de esos supermercados super pijos. La verdad es que es una gozada entrar y echar un vistazo. En este tenían una sección de comida preparada deliciosa y luego las pertinentes secciones de quesos, vinos (el vino, cualquier tipo de vino, es casi producto de lujo ahí y es siempre caro), licores, galletas, dulces… Nada es barato pero si estás montado en el dólar a quien le importa, ¿no?

 

A todo esto ya serían las 6 o las 7. Parece mentira porque realmente tampoco has hecho nada en especial, sólo caminar y caminar. Pero es que Manhattan es grande y no hay ni una zona que no merezca ser vista. No sé la superficie que hará, tampoco te da la sensación de ser inabarcable, pero como no hay ni un barrio que no merezca una visita… Así pues, volvimos hasta Union Square, yo compré unos cuantos vinilos más en una tienda de la zona y volvimos a subir hasta nuestro hotel, disfrutando otra vez del Village.

 

Llegados al hotel, mi familia estaba claramente agotada (nos hacemos mayores…) pero a mi todavía me quedaba marcha. Bajé a comprar unas cuantas hamburguesas en el Mc Donald’s cuando me pasó algo divertido. Delante mía había un inglés, de unos cuarenta o cincuenta años que organizó un tronchante espectáculo con los dependientes, todos puertorriqueños. Intentaré reproducir el diálogo:

 

El Inglés: Va pidiendo cosas y finalmente añade ‘And tea, please’

Puertorriqueño: ‘What?’

El Inglés: ‘Tea’

Puertorriqueño: Le va preparando el pedido y le mete dos cheeseburgers.

El Inglés: “I ordered tea, where is it?’

Puertorriqueño: Con cara de circunstancias, va a pedir ayuda a su compañera, también portorriqueña. ‘Oye, no sé que es lo que me está diciendo este hombre. Tú sabes, habla un inglés rarísimo. Me pide cheese y no quiere cheeseburgers’

Puertorriqueña: ‘What’s the problem, sir? These are CHEESEburgers’

El Inglés: ‘I didn’t say cheese, God’s sake! I want TEA’

Puertorriqueña: se dirige a su compañero diciendo ‘Todo el inglés que hablamos no nos sirve de nada con este tipo’

Grey: ‘Perdón, es que está pidiendo te, no queso’

Puertorriqueño: ‘Aaaaaaah, ok, ok. Tea, tea’

El Inglés: ‘I can’t believe it. Is it so difficult?’ mirándome a mi.

Grey: ‘It shouldn’t be that hard, I guess’

Puertorriqueño: Sirve dos ice tea.

El Inglés: ‘Fuck’s sake! I don’t want soda. I want tea!’

Puertorriqueño: ‘This is ice tea, sir’

El Inglés: ‘Oh, I want hot tea!’

Puertorriqueño: ‘Ok…’ Luego se dirige a su compañera para decirle ‘¿Quién carajo pide hot tea en un Mc Donald’s? Just crazy’

 

Después de este espectáculo y de haber cenado, me fui otra vez hacía el campus de la Columbia para mi última noche de parranda que esta vez se alargó hasta las seis de la mañana.

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yo tuve un problema parecido al del inglés en un McDonald's en Atlanta, Georgia.

 

Le di a la chica los 5 dólares que costaba mi comida, y ella se quedó mirándome.

Como sé que no soy ni tan guapo ni tan monstruoso como para que la gente se me quede mirando así, intuí que había algún problema.

Entonces le pregunto is there a problem?

Y me dice: zuelse

- Pardon?

- zuelse!

- sorry, i'm not sure what you mean

- zuelse!

 

Esto del "zuelse" lo escribo así porque fonéticamente es lo más parecido a lo que la chica estaba diciendo, pero cuando lo escuchabas sonaba más o menos como el sonido que hace tu estómago al vomitar. No muy agradable.

 

Luego de varias veces más de la chica repetir su palabra, viene un policía y le da unas monedas a la chica. Y me mira y me dice: twelve cents.

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Que flipada de vistas desde el Empire....y el puente de Brooklyn impresionante.

 

No se como lo hacemos pero siempre nos quejamos del acento inglés de la genta jajajaj.

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Capítulo séptimo. Goodbye.

 

Poco hay que contar del último día de nuestra estancia en la Gran Manzana. Nos dedicamos a pasear y a despedirnos de la ciudad. Nos levantamos no muy temprano, para ir a desayunar en el dinner de la esquina por última vez. El camarero calvo con la corbata patriótica metida dentro de los pantalones nos deseó suerte en nuestro regreso. Acto seguido, mi madre nos acabó empujando de compras por el Midtown. Hacían rebajas, no sé muy bien por qué, ni si era la época. Cruzando la isla a lo ancho otra vez, llegamos al Hudson. Paseamos por su orilla tranquilamente, en un día en que las nubes iban y venían. Las temperaturas habían bajado un poco. Llegaba el otoño.

 

Y volvimos a pasar por Chelsea, vimos el edificio Flatiron (no sé si esta vez fue la primera o la segunda) y volvimos al Village, probablemente la zona más bonita de Manhattan. Allá mi madre se hizo la picha un lío con una dirección de un restaurante al que queríamos ir (recomendación de un compañero de trabajo de mi padre). Pensó que las calles empezaban su numeración en los ríos, cuando en verdad empiezan justo en el centro de la isla, e hicimos una caminata larga para arriba y para abajo hasta encontrar el sitio. Obviamente, y delante de la absurda indignación de mis padres, no nos iban a servir comida en un restaurante cuando eran casi las tres de la tarde. Lástima, porque el sitio tenía una pinta increíble. Total… que acabamos en el enésimo dinner, recomendado por un transeúnte cuando nos mirábamos la carta desde afuera (‘very typical American, so good’). Mi padre lo intentó con su inglés, pero la camarera era puertorriqueña (otra vez) y siguió en castellano vista la falta de habilidad de mi padre. Me zampé una ensalada y un bistec gigante con patatas y brócoli.

 

Volvimos hasta el hotel andando tranquilamente, cada uno a su aire. Yo unos pasos por delante sin abrir la boca. Mis padres haciendo ya valoraciones sobre la ciudad, sobre lo que les había gustado más o menos. Yo no puedo decir que Nueva York me haya encantado. No es una ciudad realmente bonita y amigable. Por otro lado, es sumamente atractiva. Es un reto. Aunque vayas sólo una semana lo notas. Nueva York es, seguramente, el mejor escenario para probarse a uno mismo. Y así me pasé todo el trayecto hasta el hotel, del hotel al aeropuerto y también en el avión, viendo la ciudad que nunca duerme iluminada allí abajo, situando mentalmente todos los rincones que configuran mis vivencias en la ciudad antes de que el avión se alejara de Manhattan y tratando de sacar una conclusión. Nueva York no es un sitio para conclusiones instantáneas. Todavía casi dos meses después no sé muy bien que pensar, como valorarla. Es una ciudad interesantísima y complicada.

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Todavía casi dos meses después no sé muy bien que pensar, como valorarla. Es una ciudad interesantísima y complicada.

 

Que yo quiero visitar ;)

Muy majo este diario Grey. Y las fotos también! Lástima que has subido poquitas. :(

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