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Un año más, y en lo que promete convertirse en toda una institución, se lleva a cabo la segunda edición del “Vagabundos’ Tour”.

Con un pequeño reajuste en los integrantes con respecto al año anterior, pero manteniendo el mismo espíritu y las mismas premisas: Presupuesto mínimo, dignidad humana reducida hasta extremos insospechados, y en general unos niveles de tiradez considerables para el joven burgués medio.

 

En fin, comienza aquí el relato de lo que durante 22 días ha sido una experiencia enriquecedora y alucinante, con momentos altos y momentos bajos pero, en conclusión, irrepetible.

 

Para empezar, nos presento: de izquierda a derecha y de arriba a abajo: Rafa, Jorge, Pablo y yo, Mario, posando todos para la vergonzosa posteridad

 

vagabundos08ll5.jpg

 

 

Jueves, 3 de julio de 2008. 8:45 PM. Aeropuerto de Peinador

 

Día 0: Empieza la aventura

 

 

Esta historia comienza aquí, con la llegada del que escribe estas líneas, que resulta ser el último de los cuatro. A diferencia del año pasado, esta vez la escena de la despedida es mucho mas enternecedora y familiar que el año pasado, a todos nos acompañan madres, padres y hermanos, todos sonrientes en apariencia y preocupados por dentro. En los primeros minutos facturamos las mochilas sin problemas y pasamos a la zona de espera, donde Rafa y yo cenamos algo.

 

A la hora de pasar los controles de seguridad, Pablo y Jorge vieron frustrados sus planes de secuestrar el avión con las piquetas de las tiendas para estrellarlo contra la torre de Hércules, aunque finalmente pudieron pasar sin mayor problema.

 

peinadorms8.jpg

 

Embarcamos en el avión y nos sentamos en nuestros asientos semi-vip, en tercera fila. Despegue, y comienzo de la aventura.

Una hora y media después, pisando ya tierras catalanas, pasamos a la zona de recogida de equipaje, donde nos dedicamos a hacer coñas con el equipaje de los demás y cogemos un par de carros que harán el resto de la noche mucho más divertida.

 

Ahora viene la parte importante, que es buscar un sitio para dormir. Nuestro siguiente vuelo no sale hasta mañana al mediodía, y en algún lugar tendremos que tirarnos. Después de recorrer la terminal un par de veces y descartar todos los rincones, y de comprobar que la estación de trenes está en obras, comenzamos a andar por el aparcamiento buscando un rincón con hierba.

 

Cuando ya estábamos resignados a no encontrar ningún lugar, llegamos a la parte de acceso del personal, y ante nuestra vista se extendían enormes extensiones de hierba. Nos alejamos todo lo que pudimos del aeropuerto, y supimos que estábamos suficientemente lejos cuando llegamos al letrero “planta de transferencia temporal de residuos”, más allá del cual el olor a estiércol era bastante inaguantable.

 

campamentove5.jpg

 

Sacamos las Quechuas, que un año más se negaban a montarse como en los anuncios de la televisión, y unas cuantas patadas después, teníamos campamento. Mientras montábamos todo el chiringuito, un paisano que estaba recogiendo sus cosas nos observaba, y el maldito debió ir a avisar a alguien, porque apenas diez minutos después aparecía por allí un coche de los Mossos de escuadra.

El tío que se bajo del coche vio cuatro tiñosos con carritos y tiendas de campaña, nos preguntó de dónde veníamos, y después de deducir que no éramos terroristas prefirió evitarse problemas con los gallegos y dijo que no era su jurisdicción, pero que si venia la policía nacional, deberíamos irnos. Nadie más nos molesto en lo que quedaba de noche, y pudimos dormir bastante bien. El viaje comenzaba de la manera más auténtica posible.

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4 de julio. Barcelona – Praga

 

Día 1: “Rumbo al este”.

 

Todos en pie bastante temprano, a las 7:30, pequeño tentempié a base de frutos secos y barritas energéticas Sirius y rápidamente recogemos campamento. A nuestro alrededor se han instalado un montón de obreros arreglando las aceras, así que no estamos tan solos como pensábamos. Ponemos rumbo a la terminal C, con la intención de desayunar un poco mejor y beber algo.

 

amanecerenelpratmo9.jpg

 

Una vez allí, nos bebemos un café acompañado con el grandioso bizcocho de la madre de Rafa y después procedemos a asearnos y lavarnos los dientes en el baño, como Tom Hanks de la vida. Las horas de espera pasan bastante rápido, facturamos las mochilas y esta vez también las tiendas, y montamos los primeros en el avión.

 

Salimos puntuales y sobrevolamos Europa a una sorprendente altura de 32000 pies, según el comandante. Pasamos el vuelo jugando a las cartas, escribiendo y pensando múltiples formas de morir en un avión.

 

Una vez aterrizados en Praga, empieza el impacto psicológico con los primeros carteles en checo. Identificados ya los términos “salida” y “equipajes”, llegamos a las cintas donde, al igual que en Barcelona, hay bultos olvidados de un vuelo de Francia.

Un frustrado Rafa comprueba que, un año más, su móvil se niega a funcionar en el extranjero, lo cual será excusa con los primeros nativos, en una tienda de Vodafone.

 

Compramos tiquets de autobús y después de un corto tramo transbordamos en metro. A la salida de este, nuestro inequívoco aspecto de turistas atrae a la brigada revisora, que le calca a nuestro amigo Pablo 700 coronas de multa por ser el único que no ha validado el billete. No volvería a cometer ese error en todo el viaje, pero aun así las multas serían tema recurrente de muchas coñas en los siguientes días.

 

Comienza la búsqueda del hostal, que tenemos reservado desde hace algo así como un mes (y es el único), pero aquí surge un pequeño problema: los únicos datos que tenemos de su ubicación son un leve recuerdo de la zona del mapa donde esta, pero no tenemos direcciones, ni barrio, ni teléfono…

 

Elegimos rodear el “pequeño parque ese que sale en el mapa”, que resulto ser en realidad un cementerio de colosales dimensiones. Esto desemboca en 2 horas largas vagando por la ciudad, en un barrio de un aspecto nada prometedor. Aunque tal vez sea más realista decir que el barrio es un reducto de pobreza, juego y prostitución, un agujero inmundo donde se alternan los clubs de striptease, casinos, club de striptease, vagabundos, más casinos… así hasta donde alcanza la vista.

 

Dejamos las cosas en un parque y Rafa y yo nos adelantamos para buscar la calle, pero sin resultados. Cansados y hartos de andar y preguntar a praguenses porreros que contestaban cualquier cosa para que les dejásemos en paz, recurrimos al apoyo logístico en la sombra: mensaje a Garrido para suplicarle que buscase la dirección en internet. Un rato después, y ya con la información necesaria, llegamos al hostal sin más dificultades.

 

Pasamos a la recepción y confirmamos nuestra reserva. Después de liarnos un poco para pagar, con el cambio de moneda y múltiples “yo doy 100 ahora, tú pones 200…”, quedo confirmada nuestra estancia por cuatro noches con desayuno incluido por algo menos de 5000 coronas, en habitación privada con baño compartido.

 

Subimos a la habitación y pusimos en práctica rápidamente nuestro patentado estilo “Zerg”, es decir, extender nuestras posesiones por todo lugar en el que nos parasemos más de 30 segundos, como extendiendo una imaginaria baba de corrupción que nos hace adueñarnos de los lugares e impide la presencia de otras formas de vida.

 

habitacionalllegarif7.jpg

habitación al llegar...

 

5minutosdespuesvq9.jpg

...5 minutos después

 

Después, y para reponernos de la caminata, nos tiramos como vacas y empezamos a devorar toda suerte de porquerías que habíamos traído en las mochilas, como frutos secos, latas de atún o barritas energéticas Sirius.

 

Nos costó varias horas, pero al final nos decidimos a movernos y echar un primer vistazo a la gran Praga. Para llegar al centro, atravesamos de lado a lado nuestro hermoso barrio, plagado de casinos, hijos de la droga y checos (gentes, por cierto, que tiene la curiosa característica de parecer todo criminales)

 

Una vez en el museo nacional, y después de encontrarnos a los primeros españoles, empezamos a bajar hacia el centro de toda la movida. En realidad, este amago de visita al centro no duró mucho, pues en cuanto empezó a aumentar la cantidad de edificios bonitos y de negros patrocinando discotecas extrañas con eslóganes como “dancing chiqui chiqui bum”

Lo que si pudimos intuir es que en la ciudad había muchísimos turistas, y muchísimos americanos entre ellos, y que McDonald’s ganaba por abrumadora mayoría a Burger King, inexistente en Chequia.

 

Ya de vuelta en el hostal, empleamos lo que quedaba de día en comer y jugar al futbolín (la versión mutante europea, con 2 defensas para enfrentarse a 3 delanteros y 5 medios…)

 

Cuando subimos a la cocina a preparar la cena, saludamos a unos guiris que estaban cenando también con un sutil “hello”. Aun tardaríamos cinco minutos más en darnos cuenta todos de que en la sala solo había españoles, tras lo cual se presentaron. Eran tres catalanes haciendo el típico interrail de capitales europeas, aunque con un planteamiento totalmente enfocado en la fiesta nocturna.

Intercambiamos anécdotas y consejos durante un rato, hasta que ellos se fueron de farra y nosotros nos quedamos comiendo nuestros bocatas de salchichón.

 

Cansados, mis compañeros se retiraron a dormir, pero yo aun baje un rato y tuve tiempo de conocer a unos mexicanos y a un colombiano que tuvieron incluso el detalle de invitarme a una cerveza. Y, ahora sí, el primer día estaba finiquitado.

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Este tambien promete. A ver que mas os pasó en Praha...

 

PD: multaca que le cayo a Pablo no? 700 Kc a 23 kc el euro....

 

Por cierto, fuisteis a Karlovny Lanzne (o algo asi)? La discoteca de 4 pisos, pa entendernos...

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5 de julio. Praga

 

Día 2: “Full de tibias y cráneos”

 

 

Primer día desde que estamos establecidos en Praga, y nuestro plan es, precisamente, salir de ella. Hoy nos vamos a Kutnà Hora. Después de enterarnos de los horarios con el simple pero efectivo sistema de información de la estación, compramos nuestros billetes y subimos a un tren en el que durante casi 3 horas, y por solo 344 coronas ida y vuelta entre todos, jugaremos a las cartas y dormitaremos hasta llegar a destino.

 

Una vez allí, optamos por seguir a la masa humana, que nos lleva irremediablemente en dirección al osario, aunque antes pasamos por una pequeña iglesia con un nivel de espectacularidad cercano a cero. El osario en sí, a pesar de su renombre, no es demasiado espectacular.

Es una cripta más bien pequeña, aunque muy curiosa en su decoración. Lámparas, candelabros, dibujos… todo hecho con los restos de cientos de niños y vírgenes sacrificados a los dioses paganos (la censurada versión oficial dice no se que de la peste que no me acabo de creer).

 

osariosh4.jpg

la presencia de tantos restos humanos nos hacía sentir deprimidos y compungidos...

 

Cierto que los escudos hechos con huesos y estas cosas son bastante interesantes, y las montañas de calaveras y tibias pueden incluso llegar a impresionar, pero creo que hablo en nombre de todos cuando digo que lo único que te motiva a estar más de cinco minutos allí dentro es la sensación de que, ya que has pagado por entrar (aunque más bien poco), pues tendrás que rentabilizarlo.

 

A la salida, dirigimos nuestros pasos al pueblo en sí, que estaba a un par de kilómetros a patas. El pueblo no tiene nada especial, al margen de una aparente aversion a los hippies en algunas tiendas y una catedral bastante bonita, muy esbelta al borde del barranco y con una cubierta muy curiosa. (Como novedad especial, estaba en restauración parcial…)

 

hippieswe9.jpg

 

catedralkutnahoravm2.jpg

 

Pero poco nos dura la contemplación, pues tenemos que volver rápido a la estación si no queremos pasar 2 horas tirados sin nada que hacer. Hacemos casi todo el viaje sobando, y a las 5 de la tarde ya estamos de nuevo en el albergue, donde preparamos preparo una especie de carne con nata y patatas fritas razonablemente comestibles.

 

Apalancamiento, futbolín y cartas parecen haberse convertido en las normas supremas, y así perdemos toda la tarde, hasta que forzamos una cena temprana con la intención de salir a dar una vuelta por la ciudad. Sin embargo, en el último momento, Pablo y Jorge se desmotivaron y tuvimos que salir Rafa y yo solos. Además, ya eran las 11 de la noche, y toda la gente que nos íbamos cruzando por la calle parecía estar ya en retirada.

 

Aun así, la noche dio para dar una vuelta, acercarse por primera vez al puente de Carlos y empezar a hacernos con la ciudad. También llegamos a la famosa discoteca de múltiples pisos, y nos planteamos entrar, pero la cola era bastante apabullante y pasamos.

 

Ya de vuelta, quisimos comprobar si había algo de ambiente en la sala común, y vaya si lo había. Nos encontramos a gente en el futbolín, gente en el ping pong, y a Pablo y a Jorge jugando al póker junto a los mexicanos y a los catalanes. Y nosotros buscando la juerga fuera.

 

Los intentos de enseñar a Pablo a jugar al póker no parecían servir para nada, así que le sustituí y jugamos un par de partidas de calentamiento. Ahora que los catalanes ya tienen rivales que se enteran de cómo va el juego, pueden dedicarse a drogarse como estaban haciendo antes.

 

Para animar un poco la partida, decidimos apostarnos unas cuantas coronas, algo simbólico. Entonces fue cuando se puso interesante la partida. El primero en salir del juego fue Neil, uno de los catalanes, pero recompro enseguida para volver a la mesa. El siguiente fue Joel, que cedió todas sus fichas de cartulina a los catalanes. Unas cuantas rondas más tarde, Neil otra vez y Bernat se marchaban, y el otro mexicano, Julio, dejaba con mucha dignidad la mesa y se iba a dormir.

 

El 90% de las fichas estaban en poder de Sergi, que sonreía seguro de sí mismo, sabiendo que tenía toda la ventaja.Pero en un alarde de paciencia y estrategia, en lo que resulto ser un ejemplo épico de habilidad y manejo de la situación, revertí la situación y gane la partida, dejándolos a todos anonadados. (Bueno, igual dramatizo un poco, pero en esencia fue así…)

 

Resultado: 100 coronas en un bolsillo, y el ego destrozado de los catalanes en el otro.

 

Aun tuvimos tiempo después de eso para ganarles un par de partidas al futbolín, y otras tantas al ping pong, y después nos retiramos todos. Al final, una noche fructífera: cerveza, poker, colegas, ganar dinero... pa que mas?

 

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catalanes y gallegos: la ludopatía checa se contagia

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La familia Ptinto os sigue en el diario, os saluda, y os pregunta:

Al tipo este que le multaron con 700 coronas: ¿cuanto costaba el billete del bus? ¿Tuvo que pagar in situ las 700 coronas o le dieron un recibo de multa y ya está?

Lo preguntamos, mas que nada porque ciertos miembros de esta familia siempre van sin billete y luego pasa lo que pasa, broncas y risas por un tubo. He dicho.

Adelante con la respuesta y el diario.

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Mmmm, yo también os sigo, que pinta interesante!

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Me acabo de leer de una sentada el diario de vuestro viaje del año pasado.

Estoy deseando ver como prospera este. Realmente es el primer diario que ha conseguido arrancarme, no sonrisas, sino carcajadas en toda regla X'DD

 

En fin, ¡tenéis una nueva lectora!

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Retomo la escritura de este diario después del forzado parentesis estival sin acceso a medios electrónicos de ningun tipo (me he dedicado a la meditación trascendental). Pido humildes disculpas a cualquiera que sintiese interés por la historia, pero ahora me pondre en serio.

 

Por cierto, el billete de tren costaba como 18 coronas nada mas, bastante menos de un euro, y tuvo que pagar en efectivo, aunque le dieron un recibo unos tios muy majos con plaquitas oficiales.

 

 

 

6 de Julio. Praga

 

Día 3 - 'Por fín, Praga'

 

 

Con la coña, ayer nos acostamos a eso de las 4 y media, así que hoy se hace bastante duro levantarse de la cama, pero como algún día habrá que ver Praga, reunimos lo poco que tenemos de dignidad humana y conseguimos estar abajo desayunando a una hora razonable. Mientras comemos, aparecen los catalanes y se sientan con nosotros a “comentar la jugada”. Sin embargo, en 10 minutos nos desviamos irremediablemente a los dos temas estrella en lo que va de viaje: La fauna de nuestro barrio, y las checas.

 

Nuestro barrio está poblado, básicamente, por una heterogénea mezcla vagabundos, drogadictos, prostitutas, ludópatas y gentes varias, todas ellas con cara de criminales.

Y las checas… bueno, sencillamente, juegan en otra liga. Una leyenda urbana dice que la única pega es que habría que enviar un batallón de dentistas sin fronteras a estas tierras. El único que se resiste a la gran verdad (que la mejor gallega, catalana o de donde sea lo tiene muy difícil al lado de “checa aleatoria #001”), es Rafa, que en adelante pasará todo el viaje con su mantra particular “pues Vigo tiene un nivelazo…”.

 

Como es de suponer, el desayuno se alarga muchísimo, y solo a las 11 y pico conseguimos salir del hostal, total, para volver yo 5 minutos después a por la cámara de fotos. En la puerta me encuentro con un grupo de madrileñas que vienen a pasar un día en Praga, nos saludamos, y vuelvo con el grupo a recorrer los arrabales rumbo al centro histórico.

 

Al final llegamos a la zona vistosa de Praga, y a los que les quedaban dudas se les van rápidamente. Praga tiene un tipo de encanto propio, diferente, y ni siquiera las hordas de turistas pueden estropearlo.

 

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La omnipresente plaza central de Praga

 

Al principio nos limitamos a un errático paseo sin pensar mucho por donde vamos, lo que nos hace acabar una y otra vez en la plaza central, pero a la hora de la comida nos desviamos hacia los barrios más periféricos para buscar el perrito más barato de todos, pero lo único que conseguimos es acabar en barrios raros en los que no venden ni perritos ni nada.

 

Por el camino encontramos una curiosa construcción de ladrillos pintados, que tenia toda una paranoia montada alrededor que consistía, aparentemente, en pagar 20 euros por el derecho a pintar tu propio ladrillo... mmm... pues me da que no, eh?

 

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ladrillos por euros: la especulación de toda la vida, en plan muy básico

 

Al final, resignados, volvemos a Mustek y nos comemos unos mucho más caros, aunque en realidad no lo son tanto. Yo en particular me cebé bastante, y 20 minutos y 100 coronas después, (mi gran sueño, alimentarme gracias a mis ganancias como tahúr) nos dirigimos al barrio judío.

 

Y tal como llegamos, casi nos fuimos, porque pasamos bastante de los museos judíos, las sinagogas viejas y chungueces por el estilo. (Oh, que ha dicho, que hereje, se pierde cientos de recuerdos históricos… ya, ya lo sabemos).

 

Llegamos al Rudolfinum y nos tiramos un rato en un banco del que espantamos a sus ocupantes originales, preparándonos psicológicamente para nuevas dosis de arte.

 

Después, dimos un rodeo estúpido para llegar al puente de Carlos, cruzamos, y en una plaza junto a Nerudova volvimos a pararnos como vacas que somos, esta vez en un Starbucks compartiendo un café entre cuatro como excusa para disfrutar de una mesa y jugar a las cartas.

Unas cuantas manos de gilipollas después, y cuando ya se hizo evidente que no podíamos exprimir por más tiempo un frapuccino derretido, empezamos la etapa final del día, la subida al castillo.

 

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El Rudolfinum. Para hacer esta foto me arrastre por el suelo durante varios lamentables minutos

 

A medida que nos acercábamos empezamos a temer la subida, pues parecía una colina de altura considerable, pero en realidad fue bastante asequible y muy pronto pudimos disfrutar de unas vistas increíbles de la ciudad. Divisamos la torre de comunicaciones, y así pudimos valorar la pedazo caminata que llevábamos ese día.

 

Empezamos a curiosear por el castillo, pasando por la increíble catedral (que necesitaría una buena plaza delante para poder apreciarla bien) y los patios interiores del recinto, donde encontramos a dos madrileños interraileros que nos sugirieron recoger tiquets del suelo para entrar gratis en los museos judíos.

 

Visto ya todo, y habiéndonos negado a pagar por un ver un callejón por muy del oro que fuese, empezamos a pensar en la bajada, cuando vimos al mismo grupo de madrileñas al que yo había saludado en el albergue esa mañana.

 

A la vez que las veíamos, nos vieron ellas, nos saludamos, y nos identificaron como los del albergue, con la curiosidad de que me reconocieron a mí, pero… también a Rafa, al que no habían visto en la vida.

Tardaríamos un rato en darnos cuenta, pero cuando ya bajábamos de la colina, caímos por fín: el señor Rafael acababa de ser confundido con el catalán yonkarra del albergue. Tres puntos para él, y muchas risas.

 

Esta vez volvimos en metro (y Pablo pagó el primero), y paramos a los pies de la torre de televisión, el edificio más alto de Praga. No teníamos mucha intención de subir, al menos no pagando 9 eurazos, pero encontramos un pasatiempo suficientemente divertido: cortarle el rollo a las parejas cariñosas de los bancos a base de hacer el cafre.

 

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La torre de comunicaciones, nuestro punto de referencia para no perdernos. No muy eficaz.

 

Ya de vuelta en el albergue, echamos unos futbolines y cenamos un arroz terriblemente pastoso, fruto de pasar de el mientras se cocía. Antes de juzgarnos como unos inconscientes, me justificaré: estábamos realmente ocupados primero decidiendo si la piel de las salchichas se come, y luego quitando cada plastiquito individualmente. Sí, los perversos checos envuelven cada salchicha en un plástico transparente y camuflado, pero incomestible (o no).

 

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Cocinando con estilo todo sabe mejor. Arguiñano Dixit

 

El ambiente hoy es cutre a morir, sin catalanes, sin mexicanos y con unas madrileñas sosísimas que prefieren pasar el tiempo ordenando calcetines que relacionándose con gente real, así que nos subimos a la habitación, nos pusimos cómodos, y pasamos las 2 horas de rigor diciendo paridas y comiendo frutos secos, conservas y barritas Sirius, mientras yo limpiaba la navaja en un apasionante ritual de limpieza, engrasado y pulido.

Después, nos fuimos a sobar, para mañana acabar de ver Praga.

 

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El caribe en Praga' o 'Por que nunca salgo en las fotos'

Editado por Exiliado

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