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...le dije a la mujer que de Warszawa nada, y por respuesta la hija de puta se partía de risa. En perfecto castellano le dimos recuerdos a su madre y seguimos corriendo buscando el vagón a Varsovia.

 

Si es que hay hijos de puta en todas partes ehhhh!!!!!! Los de los trenes son como los carabienieri, de otra raza.

 

...En perfecto castellano le dimos recuerdos a su madre...

 

Y que gusto se queda uno, a veces merece la pena :rolleyes:

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genial tu diario Fish

Como el del año pasado intuyo que me voy a enganchar

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10 de Julio de 2006. Día 5.

CAPÍTULO SEXTO:

“PIEROGIS, SUDOR Y PIWOS”

 

Penurias y estrés mediante, pero ya habíamos llegado a Polonia. En la estación central de Varsovia nos demoramos bastante por razones organizativas. Había que sacar dinero polaco (zlotys), dejar las mochilas en consigna, preguntar en información y demás cuestiones logísticas. Acudí también a la farmacia para adquirir una rodillera elástica, que nos acompañaría a mí y a mi pata (había perdido el derecho a ser denominada pierna) el resto del inter-rail.

 

Nos dirigimos hacia la salida de la estación esquivando los cazatalentos de los albergues que venían disputándose el ser los primeros en ofrecernos alojamiento. No íbamos a dormir en Varsovia porque aquella misma tarde nos marchábamos, pero las avispadas chicas del Dizzy Daisy nos ofrecieron una reserva para su albergue de Gdańsk. Como no había que pagar nada, nos engatusaron con facilidad, hicimos la reserva por si acaso y nos fuimos a ver la ciudad.

 

La visita comenzó el Palacio de Cultura y Ciencia, recordatorio del antiguo régimen y construcción no muy querida por los habitantes de Varsovia. Legado de Stalin, la enorme mole soviética es el edificio más alto de la ciudad. Desde allí caminamos hacia el centro histórico, reconstruido casi en su totalidad tras ser arrasado totalmente por los nazis en 1944.

 

Después de deambular un rato por la zona, nos dirigimos hacia el Ghetto. Apenas quedan allí algunos vestigios de aquella oscura época, todo fue reducido a escombros por los alemanes tras la masiva deportación de judíos hacia los campos de exterminio. Recorrimos el barrio, llegando a la prisión de Pawiak, testigo de miles de encarcelamientos y torturas por parte de los nazis. No pudimos entrar allí por ser día de cierre del museo. Poco después, paramos a descansar del sol y de la caminata en un parque de las inmediaciones, hasta que el hambre nos hizo movernos.

 

Un asfixiante calor nos había acompañado durante toda nuestra visita, y sudando como pollos fuimos hasta el barrio universitario con el firme propósito de buscar el bar más cutre de Varsovia, donde según nuestra guía podíamos comer por escasos zlotys. Desoyendo los consejos sobre las condiciones higiénicas del local que nos había dado un chaval, entramos en el establecimiento. Todo estaba en polaco, así que había que jugársela y señalar algo al azar. La elección fue acertada, y por el módico precio de 6 zlotys (aproximadamente ecu y medio) comimos sin saber aún qué era el contenido del plato. Muchos días más más tarde, a la vuelta del inter-rail, me enteraría por Polandesa de que aquello eran Pierogi, el plato nacional de Polonia.

 

Tras la comida, emprendimos la vuelta a la estación. No habíamos pasado mucho tiempo en Varsovia, pero la ciudad no nos había gustado demasiado y aquella misma tarde queríamos llegar a uno de los destinos más atractivos de Polonia, Gdańsk.

 

De camino paramos en un supermercado a aprovisionarnos de pan y agua (con agitado previo preventivo), porque por alguna extraña razón teníamos la divertida costumbre de extraviar botellas por Europa. La amplia variedad de productos alimenticios del Albert nos embelesó, y acabamos llegando con el tiempo justo a la estación, para comprobar que nuestro tren no aparecía en los paneles y tener que correr de andén en andén en su busca. Nos preguntábamos entre tanto si alguna vez sería posible que cogiéramos un tren, uno tan sólo, con algo de calma y sosiego.

 

Nos metimos en un compartimento-sauna, con la consiguiente actividad frenética de nuestras glándulas sudoríparas (que sudábamos como cerdos, vamos). El excesivo calor de aquellas latitudes nos hizo entonces plantearnos la posibilidad de que fuera debido a una ola de calor, hipótesis que con el paso de los días tomamos como cierta, puteante e indiscutible. En estas reflexiones estábamos cuando de repente llegó una mujer con los niños y toda la parentela a echarnos de allí. Resultaba que el tren tenía reserva, que nosotros no teníamos, como se puede deducir de nuestra inminente expulsión del compartimento. Empezamos a bajar las mochilas de los soportes de arriba. mientras la ceporra de la mujer se puso a entrar, y entre la gente que ya había en el compartimento, nosotros intentado salir, y la mujer intentando entrar contra toda lógica e inteligencia humana, el atasco fue inmediato. Allí no había quien se moviese, y la mujer en un alarde de ingenio seguía intentando entrar allí. Después de imprecarnos recíprocamente en nuestros respectivos idiomas, pudimos escapar y ya hicimos la reserva con el amigo revisor.

 

Y seguíamos sudando igual, pero ahora con más felicidad porque ya teníamos asiento y no nos lo quitaba ni dios. Aproveché para escribir el diario, echar una cabezada, asomar la cabeza por las ventanas y otros menesteres que se hacen en el tren y llegamos por fin a Gdańsk, bella ciudad situada en el norte de Polonia.

 

Nada más salir nos encontramos con dos tíos preguntándonos si estábamos buscando alojamiento, pensábamos que eran cazatalentos pero resultaron ser dos noruegos que estaban allí alojados y que simplemente nos querían ayudar. Nos dijeron cómo llegar al albergue, y dado que era más barato, pasamos de nuestra “reserva” y nos quedamos allí. Rápidamente dejamos nuestras mochilas en la habitación y totalmente convencidos de la viabilidad de nuestra idea, nos fuimos a pegarnos un chapuzón en el Báltico antes de cenar. Poco tardamos en percatarnos de que allí no había nada más que puerto y que para ir a la playa debíamos recurrir a transporte distinto de nuestros pies, por lo que no nos quedó otra que volver a nuestro albergue cabizbajos.

 

Allí nos encontramos con unos cántabros interraileros que nos fueron a por unas cervezas mientras nos duchábamos y preparábamos unos bocadillos para cenar. Mientras degustábamos aquellas primeras pivos polacas(escritas piwos, pronunciadas igual, aleluya), nos quedamos atónitos al ver cómo el noruego sacaba una guitarra y se ponía a tocar Rojitas las orejas. Y de repente medio albergue revolucionado, con la gente dando palmas, uno que nos hablaba en italiano bailando desfasado subiéndose a las sillas y el dueño del albergue que estaba borracho y se descojonaba, liándola más que nadie y de vez en cuando pidiendo silencio para después seguir vociferando.

 

Poco después dejamos el albergue en compañía de los cántabros en pos de algún garito en el centro de la ciudad, pero no había casi nada y acabamos en una discoteca un poco lamentable donde estuvimos un largo rato.

 

Más tarde Alex y yo nos marchamos de vuelta hacia el albergue, y como a la ida nos habíamos dejado llevar por los cántabros, sin fijarnos en el camino, la consecuencia fue que nos perdimos irremediablemente. Siguiendo falsas indicaciones, y sin tener ni la más remota idea de dónde estábamos, acabamos caminando por la periferia, entre largos silencios de esos que expresan “estoy hasta los huevos”. Eran poco más de las 3 de la mañana cuando comenzaba a amanecer y una hora más tarde, totalmente de día, llegábamos por fin al albergue, preguntándonos por qué en el este no hay persianas.

 

 

 

dia05003ji3.jpg

Yo, mi pierna tuneada y el edificio de Stalin

 

 

dia05009id6.jpg

Stare Miasto, Warszawa

 

 

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Plaza medieval del Mercado, Warszawa

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Me encanta tu diario!! Sigue con él que me tienes intrigada. Si el verano que viene me decanto por otro inter creo que haré esa zona, así que me interesa!

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weje!! yo tb t sigo, a ver q pasa luego...

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Nydra si puedes hazla sin dudar porque es la hostia. De hecho ahora mismo a mí me da pena haberla hecho ya ;) , creo que es la mejor zona de interrail en todos los aspectos. Así que cuando tengas alguna pregunta no te cortes!

 

dea, no te defraudaré :cool:

 

En un momento pongo el siguiente capítulo, que estoy subiendo las fotos.

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11 de Julio de 2006. Día 6 (parte I).

CAPÍTULO SÉPTIMO:

“CHAPUZÓN EN EL BÁLTICO”

 

El movimiento de mochilas y bolsas de plástico de nuestra concurrida habitación nos despertó sobre las diez de la mañana. Fuimos a la sala común a desayunar y aproveché para conectarme a Internet para dar señales de vida, mirar algunos horarios de trenes y comprobar que en mi correo se seguían acumulando mierdas varias.

 

Gracias al noruego cantautor de nuestro albergue, nos enteramos de que para ponerse en remojo en el Báltico había que irse a Sopot, un pueblo cercano a Gdańsk. El calor hacía que la mañana fuera propicia para pegarse un baño, así que cogimos el tren y en 20 minutos escasos llegamos allí.

 

Caminamos hacia la costa y llegamos a lo que parecía la única entrada a la playa, a través de un enorme muelle. Muy decididos fuimos hacia éste para quedar al instante anonadados ante las despiadadas estrategias de marketing sopotienses; allí había que pagar. No podíamos creer tal cosa, pero el intenso sol había mermado nuestra capacidad cerebral y ante la dificultad de comunicación con el señor taquillero pagamos religiosamente los 2 zlotys que daban derecho la entrada.

 

Efectivamente, un minuto después caímos en la cuenta de que nos habían estafado porque por allí ni se entraba a la playa ni se podía mojar un mísero pie, pero nos consolamos ante la vista de la costa que se nos ofrecía desde donde estábamos, poblada de árboles y apenas urbanizada. Acostumbrados a las aberraciones que se suelen ver en España, se agradecía la contemplación de aquel panorama. Caminamos un rato a lo largo del amplio muelle, donde había atracado un barco pirata-bar en el que no entramos por el bien de nuestros zlotys; y también una especie de circo de Shrek y Harry Potter donde tampoco entramos porque nos parecían personajes obsoletos.

 

Después de recorrer el muelle y hacer las fotos de rigor, salimos de allí y no tardamos mucho en encontrar la semioculta entrada a la playa, que nos había pasado desapercibida poco antes. Había bastante gente, hecho bastante normal puesto que días de calor como aquél no debían abundar en Polonia, y menos aún tan al norte como nos encontrábamos.

 

Ante nosotros se encontraba el mar Báltico. Acojonados por las bajas temperaturas con las que sospechábamos que nos íbamos a enfrentar nos fuimos a bañar, con la sorpresa de que el agua estaba muchísimo mejor de lo que esperábamos. Increíble además la poca sal que tenía aquel mar, que permitía la osadía de hacerse el duro buceando con los ojos abiertos sin sufrir luego las consecuencias. Después de chapotear felizmente en aguas bálticas, dimos por finalizada la mañana playera, nos enfundamos de nuevo las chanclas y sacudí la arena de mi minibayeta-toalla de 20 cm2 (la vileda de mi casa es más grande y no bromeo).

 

Quiso el destino que cuando íbamos a ducharnos el cielo se cubriera de densos nubarrones, haciendo a decenas de personas levantarse al unísono de sus toallas y mirar hacia arriba con caras de indignación. El repentino viento que se levantó provocó que al agua de la ducha, ésta sí, congelada, nos hiciera pasar el frío que no habíamos pasado antes. Sin embargo, el sufrimiento se llevaba con alegría al estar al mismo tiempo viendo a bellas polacas en bikini.

 

 

 

dia06002yu6.jpg

Alex posando publicitariamente en el muelle

 

 

balticopk9.jpg

Como Fish en el agua, con galeón pirata incluido

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