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a nosotros tambien nos costo un huevo encontralo ,pero lo encontramos ,no se si tanta busqueda valio la pena.la peña no se repeta y se joden los dibujos unoa a otros.

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Bueno ha llegado el momento de darte mi valoracion, y este junto con el de Wiki me parecieron los mejores diarios con diferencia.

 

Buen trabajo XD

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old, no es más que lo que ves en la foto, un muro alargado lleno de pintadas (unas mejores que otras) que como dice Holden se tapan unas a otras. Aunque también es comprensible dada la cantidad de gente que debe pintar al año ahí. Supongo que dentro de un tiempo si vuelvo a Praga el muro no tendrá nada que ver con el de la foto.

 

A nosotros nos costó también encontrarlo, dimos unas cuantas vueltas por las calles laberínticas de Malá Strana hasta llegar a él.

 

ultron, gracias.

 

 

Esta tarde termino ya el diario.

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pues eso, esperando a leer el final!

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26 y 27 de Julio de 2006. Días 21 y 22.

CAPÍTULO VIGÉSIMO NOVENO:

“GOOD BYE, LENIN”

 

El temido día del regreso había llegado. Dejamos el albergue a eso de las 8 de la mañana y cogimos un par de metros y un autobús para llegar al aeropuerto, comenzando así la larga vuelta a casa (para quien que no se haya percatado, este capítulo abarca dos días).

 

Esta vez el vuelo salió a la hora prevista, por lo que no tuvimos que esperar demasiado hasta entrar en el avión que nos dejaría en Barcelona poco después. El viaje se hizo corto; salvando el despegue y el aterrizaje, que siempre tienen su emoción, nos pasamos el resto del vuelo en hibernación (y lo de hibernación no viene sólo por lo dormir, es que en el interior de aquel cacharro volador, sí, era invierno).

 

Afortunadamente, antes de incubar por completo constipados patrocinados por SkyEurope, llegamos a Barcelona. Aunque daba la sensación de estar ya prácticamente en casa, la realidad es que estábamos como a 1000 kilómetros de allí, y con el dinero justo en el bolsillo (menos de lo que parecía porque en realidad todo era calderilla multicultural variada). De modo que tocó comer de nuevo chopped y atún checos, tirados por la plaza Catalunya.

 

La idea era quedarnos en Barcelona, extendiendo el viaje un día o dos más, por invitación de las chicas que conocimos en Korčula. Sin embargo, tras ir a la estación de Sants y comprobar que no teníamos manera de volver a Extremadura en un futuro próximo (no se podía ir ni hasta Madrid) nos entró el agobio. Ni teníamos dinero, ni dábamos para más, así que finalmente no nos quedó otra que recurrir a un autobús que encontramos de coña a última hora de la tarde, que nos dejaba en Castuera, un pueblo perdido de la geografía extremeña. Esto era lo más cercano que podíamos llegar de Badajoz (y aun así estaba a tomar por culo).

 

Quince horas de viaje, quince. En autobús. Sin embargo, nuestras habilidades contorsionistas estaban plenamente desarrolladas tras el gran número de nocturnos que teníamos a las espaldas (éstas bien lo sabían), así que pudimos dormir durante la mayor parte de la noche. Tras el largo trayecto, llegamos por fin a nuestro destino. A pesar de todo, aún bien lejos de cualquier atisbo de civilización. No había manera humana de salir de allí.

 

Mientras intentábamos averiguar cómo volver a casa, degustamos un desayuno tipical spanish que nos revivió un poco gracias a la churrería que había en la estación de autobuses. Al final decidimos ir a probar suerte a la estación de tren, desde donde pudimos coger uno hacia Mérida. Allí fue donde el equipo se separó finalmente, Alex tomaba rumbo a Cáceres y yo a Badajoz, donde llegué empezada la tarde, cojeando para susto de mi madre de verme aparecer así tras tres semanas por el mundo.

 

Y así fue como después de aquel largo viaje por las europas, llegué a mi casa, besé a mi madre, luego a la nevera, me pegué una ducha resucitadora, volví a besar a la nevera, engullí tortilla de patatas y gazpacho, mi madre me llevó a rastras a urgencias, y me eché a dormir catorce horas seguidas.

 

No desperté hasta el día siguiente, preguntándome qué hostias sería aquel lugar tan silencioso e inmóvil donde me encontraba. Abrí los ojos y un fuerte sentimiento de añoranza me inundó: ya no había más trenes, más albergues, más ciudades, más mochila, más aventura. El viaje había terminado, y un año más me enfrentaba al temido síndrome post-interrail.

 

Pero la imaginación tarda poco en retomar el vuelo, y nuevos viajes empezaban a rondar por mi cabeza. Es inevitable, el ansia de viajar nunca se calma, sino que se acentúa tras cada viaje. Ése es el mal del viajero y no la diarrea como dicen en los telediarios en verano. Y una vez jodido el final tan entrañable que me estaba quedando (la palabra diarrea nunca debería formar parte de un desenlace), nada más me queda que añadir a esta crónica que no sé muy bien cómo acabar. Porque esta historia no termina, sólo continúa. Es el mal del viajero, nunca tienes suficiente. Imperceptiblemente, un nuevo interrail empezaba a tomar forma en mi cabeza…

 

 

 

dia22001re3.jpg

Llegada a Castuera

 

 

dia22002vf9.jpg

Desolación - Esperando que pase un tren

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de puta madre fish has bordao el diario ,nos has tenido aqui pendientes siguiendo tus aventuras ,me ha encantado de verdad ,espernado las del siguiente viaje.

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.Abrí los ojos y un fuerte sentimiento de añoranza me inundó: ya no había más trenes, más albergues, más ciudades, más mochila, más aventura. El viaje había terminado, y un año más me enfrentaba al temido síndrome post-interrail.

 

Joder Fish, me haces rememorar todo eso que sentí al volver... te juro que me han entrado ganas de llorar

 

Pero la imaginación tarda poco en retomar el vuelo, y nuevos viajes empezaban a rondar por mi cabeza. Es inevitable, el ansia de viajar nunca se calma, sino que se acentúa tras cada viaje. Ése es el mal del viajero y no la diarrea como dicen en los telediarios en verano. Y una vez jodido el final tan entrañable que me estaba quedando (la palabra diarrea nunca debería formar parte de un desenlace), nada más me queda que añadir a esta crónica que no sé muy bien cómo acabar. Porque esta historia no termina, sólo continúa. Es el mal del viajero, nunca tienes suficiente. E imperceptiblemente, un nuevo interrail empezaba a tomar forma en mi cabeza…

 

sin palabras....

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22 de Octubre de 2006. Recordando.

EPÍLOGO

 

Otro año más, la vuelta a casa fue dura. Después de descansar y venerar electrodomésticos varios, poco tardé en empezar a subirme por las paredes y a echar de menos cada instante del viaje. Y un fuerte sentimiento de nostalgia comenzó a invadirme.

 

Entonces recordé. Recordé todo lo visto, todo lo vivido durante aquellas intensas tres semanas. Me resistía a deshacer mi mochila, era como si al hacerlo de algún modo rompiera el último hilo que me ataba ya a aquella realidad que se esfumaba. Saqué las fotos de la cámara y hojeé mi cuaderno. Quedaba dejar todo por escrito, no quería olvidar un solo detalle de aquellos días. Y empecé a escribir este diario, que ahora acabo con algo de tristeza, igual que cuando terminó mi viaje, pues de alguna forma he vuelto a vivirlo mientras lo trasladaba a estas líneas.

 

Durante el viaje, muchos fueron los ratos que pasé escribiendo en mi sufrido cuaderno, fiel compañero, que cada día aguantaba mis chapas, reflexiones y desvaríos. No siempre fue fácil de tratar, era difícil llevarlo al día y más de una vez me robó ratos de sueño. En mi afán por retener los detalles más insignificantes del viaje, por mantenerlos a salvo de mi memoria fugaz y destructiva, acabé llenando casi todas las hojas de aquella libreta, que de vez en cuando Alex revisaba para anotarme en los márgenes lo que se me olvidaba relatar.

 

Más de una vez se mojó, también en una ocasión estuvo a punto de perderse, pero volvió, no en las mejores condiciones, pero volvió. Y gracias a ese cuaderno que he releído ya tantas veces, he podido escribir el presente tocho, que nos servirá a mí y a Alex –ése que tuvo la osadía de aguantarme durante todo el viaje– para recordar con todo detalle lo acontecido a lo largo de este interrail. También para compartirlo con mis amigos, y por supuesto, con el tercer integrante del equipo original del pasado interrail por Francia y el Benelux: Fransuá, que esta vez no pudo acompañarnos en nuestro nuevo periplo por Europa.

 

Muchos kilómetros, muchos destinos. Y a menudo un pensamiento: “tengo que volver aquí”. Cómo no querer volver a Cracovia, callejear por su Stare Miasto, ir de piwos de búnker en búnker… o darse una vuelta por la bella ciudad de Gdańsk, y acercarse a Sopot para pegarse un baño en el Báltico. Inolvidable Polonia, de la que tanto me queda por conocer y a la que espero volver de nuevo en cuanto pueda para recorrerla en profundidad, como ella se merece.

 

También queda pendiente volver a Croacia, uno de los países que más me impresionó durante el viaje. Un auténtico paraíso del que me fui con la sensación de no haber visto más que una ínfima parte, pero llevándome impagables recuerdos. Esa desierta ciudad de Dubrovnik tras dormir en la mítica cama de losas de sus calles de mármol. El viaje en ferry entre espectaculares paisajes, con bronceado multicolor incluido. Las islas dálmatas, Korčula, lugar que nunca olvidaré, cómo olvidarse tampoco de una de sus más insignes habitantes, la loca espectral. El cristalino mar Adriático, Split y sus restos romanos, la acogedora Zagreb… y aún quedas con la sensación de que te queda muchísimo más por conocer.

 

Imborrable es también el recuerdo que tengo de la República Checa: Kutná Hora y su osario, Ceský Krumlov… y cómo no, su bellísima capital, Praga, a pesar del asedio de turistas. Inolvidable aquel primer día, el gran pateo a la ciudad para acabar la noche de fiesta, de garito en garito y de pivo en pivo. Y luego volver atravesando el puente de Carlos al amanecer, camino al albergue, mientras se cascaba mi pierna, que a pesar de los pesares milagrosamente aguantó las caminatas todo el viaje, con rodillera desde Varsovia.

 

Hungría. La inmensa Budapest, con su increíble arquitectura y sus bocatas de chopped y sus pivos en la cima del monte Gellért. El parque de las estatuas comunistas, con la odisea que supuso llegar, el archienemigo, los baños resucitadores de efectos psicotrópicos, la enésima quedada internacional con los catalanes…

 

A decir verdad no hubo lugar al que me arrepienta de ir. Incluso Bratislava, injustamente vilipendiada por muchos, me resultó una agradable visita en nuestro breve paso por Eslovaquia.

 

Hubo también lugar para la reflexión, con la visita al campo de concentración de Auschwitz, en Polonia. Una visita dura, de las que te marcan por siempre, pero sin duda obligada, tras la que quedamos enormemente impactados.

 

Una sorpresa fue Bosnia. Mostar se convirtió de inmediato en una de mis ciudades predilectas. Quedé muy impresionado con aquellas calles y sus casas de piedra, la sociedad multicultural, iglesias y mezquitas a uno y otro lado del río Neretva, cruzado por el bello puente, todo un símbolo. Aquella pequeña ciudad me cautivó, siendo una de las que mejor recuerdo guardo del viaje, además de haberla visitado en muchedumbre con buena compañía.

 

Pero al margen de lo auténtico, de lo diferente de aquel país, lo cierto es que las huellas de la guerra eran aún muy visibles en Bosnia, en las fachadas con impactos de metralla, en los rostros de los niños que pedían dinero por las calles de Mostar, o en los edificios destrozados por los bombardeos en Sarajevo. Y siempre aquellos brutales contrastes que daban tanto en que pensar.

 

Son muchos lugares, muchos los recuerdos, que se agolpan en mi mente mientras escribo; sensaciones, momentos inolvidables. Los viajes en tren, con la ilusión de llegar al siguiente destino, siempre con la emoción de la improvisación. También los trenes nocturnos, en unos se pudo dormir más que en otros. La odisea con los cambios de vagón tirados en la frontera de Polonia, la perla de los Balcanes… Las estaciones, nuestro segundo hogar, los personajes tarantinianos de algunas de ellas. Los bocatas de atún, las cenas improvisadas en los trenes, las pivos, desde las Pilsner a las Sarajevskos. Los chapuzones en Báltico y Adriático. Las bellísimas mujeres polacas. Los autobuses croatas y su peculiar estilo de conducción. Los momentos pictionary, los albergues y los contorsionismos para dormir en los trenes. Toda la gente que conocimos a lo largo del viaje, los paisajes pasando desde la ventana del compartimento, todos los buenos momentos y también los malos, porque al fin y al cabo igualmente forman parte de la esencia del viaje, de esta aventura.

 

Y una vez más, volver. Volver habiendo crecido un poco más, porque viajar no es hacer turismo. Regresar con muchas historias, y también con ganas de vivir otras nuevas. Y es que aún quedan muchos viajes por delante. Ésta fue la historia del último.

 

Fish

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tronco no me puedes hacer esto qeu yo acabo de volver.

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