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21 de Julio de 2006. Día 16 (parte I).

CAPÍTULO VIGÉSIMO TERCERO:

“SARAJEVSKOS EN SARAJEVO”

 

Nos despertamos sobre las siete de la mañana para marcharnos a Sarajevo junto con los madrileños. Para el desayuno habíamos comprado un zumo con fotos de naranjas en el cartón, por lo que no sería ninguna locura suponer que era de naranja. Pues no, era de uvas. Y light.

 

Recogimos el desorden habitual, recompusimos las mochilas y nos fuimos a la estación. Después de tantos días sin utilizar el billete, volvíamos a los trenes. Salíamos del agujero negro del inter-rail.

 

Dejamos Mostar atrás y viajamos entre los bellos paisajes de los Balcanes, rodeados por escarpadas montañas y contemplando las espectaculares vistas que se nos ofrecían desde las ventanas de nuestro vagón. Unas tres horas después llegábamos a la ciudad de Sarajevo.

 

La estación de tren no tenía consigna, así que dejamos las mochilas en la estación de autobuses y fuimos a un banco a cambiar algunos euros por movidas bosnias. Después entramos en un supermercado a comprar las provisiones para la jornada, entre las que no podían faltar las omnipresentes latas de atún, a cuya visión me enfrenté con verdadero pavor. Fue aquella mañana en el supermercado de Sarajevo cuando juré a los cuatro vientos que prefería comer cualquier cosa cruda antes que volver a comer puto atún infernal. Y se cumplió.

 

De nuevo echamos en falta nuestra botella de agua, se nos había perdido para variar. Probablemente habría ido a parar al misterioso vórtice espacio-temporal al que van a parar los calcetines que se pierden en la lavadora, los alambres del pan bimbo y ahora también nuestras botellas de plástico del inter-rail. Ante la imposibilidad de comprar agua sin gas, nos tuvimos que conformar con un agua caducada de sabor a fresa y nos dirigimos hacia el centro de la ciudad.

 

A diferencia de Mostar, de la que gran parte está ya reconstruida, en Sarajevo se advierten en mucha mayor proporción las huellas de la guerra. Edificios destrozados por los bombardeos pueden verse a lo largo de toda la ciudad, y los impactos de bala están presentes en cada muro y fachada de la capital, que fue totalmente destruida durante el conflicto.

 

Seguimos el cauce del río que atraviesa el valle donde está emplazada la ciudad y llegamos al casco antiguo. Realmente no había mucho que ver allí, eran pocas las calles interesantes de recorrer por los alrededores, y después de venir de la encantadora Mostar, la capital de Bosnia decepcionaba. Sin embargo no dejaba de ser una visita interesante; ver las colinas repletas de casas, las callejuelas del centro, y perderse en la cultura musulmana que predomina en la ciudad y que inunda las calles de Sarajevo, con las mezquitas y fuentes públicas desperdigadas por cada plaza.

 

Nos sentamos en unas mesas junto a una de las maravillosas fuentes de agua fresca-resucitadora, los madrileños con unos siempre socorridos kebabs y nosotros de gañote preparando bocatas porque no teníamos un puto duro bosnio. Se dio la maravillosa circunstancia de que lo que habíamos tomado por tomate en el supermercado resultó ser un bote de macedonia con pimientos con la que embadurné mi triste bocadillo de salchichas, descubriendo así uno de los más deliciosos manjares jamás probados por el ser humano. Estaría crudo, pero no era jodido atún, y aquello me supo a ambrosía después de tantos días con aquella dieta rica en fósforo.

 

Nos dimos otra vuelta por los alrededores, y a media tarde dimos por finalizada la ruta por Sarajevo para sentarnos en una terraza a tomarnos unas pivos, el calor así lo dispuso. Después volvimos a la estación, no sin antes comprar unas siempre míticas y entrañables Sarajevskos con las que amenizar la espera.

 

Nos sentamos en el suelo a esperar mientras contemplábamos como montaban un tinglado de degustación en todo el medio de la estación, con barriles de Sarajevsko incluidos, y al que supusimos no estábamos invitados, pero sí tentados de infiltrarnos. Lamentablemente la hora de nuestra partida llegó antes del inicio de tan magno acontecimiento, y nos montamos en el tren con el que nos disponíamos a abandonar tierras ex-yugoslavas para dirigirnos hacia Budapest. En aquel momento el grupo aumentó con la llegada de los catalanes a nuestro vagón.

 

Acabábamos de entrar en un tren cuya leyenda perdurará. Un duro trayecto estaba a punto de comenzar. Aún no lo sabíamos, pero nos encontrábamos a bordo de “La Perla de los Balcanes”.

 

 

 

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Paisaje balcánico

 

 

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En el compartimento con la mítica lata de Carnex (sin huevos a abrirla desde Zagreb)

 

 

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El recuerdo de la guerra aún está muy presente en Sarajevo

 

 

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Un ejemplo de los impactos de metralla, impactante ver esto en cada edificio

 

 

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Mezquita y casas junto al río

 

 

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Calles de Sarajevo

 

 

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Tejados

 

 

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Las colinas repletas de casas

 

 

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Álvaro, Villa, Jaime y Alex - De pivos

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q interesante se ha quedado el capítulo... tío, q hambre me estás dando! me voy a cenar que yo sí que tengo comida buena... sigue pronto!

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Que impresionantes son los Balcanes, pero que pena da, este diario ya se acaba :cool: , pero bueno todo el bueno llega a su fin.

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Aún quedan otros cuantos días de viaje, el inter estuvo bien aprovechado :cool:

 

Mañana espero seguir con el capítulo 24: "La perla de los Balcanes".

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21 de Julio de 2006. Día 16 (parte II).

CAPÍTULO VIGÉSIMO CUARTO:

“LA PERLA DE LOS BALCANES”

 

Con la felicidad que da la ignorancia, la noche de aquel viernes 26 de Julio, los madrileños, los catalanes y los protagonistas de este diario, entramos en uno de los vagones del legendario tren Sarajevo-Budapest, que pronto pasaría a ser conocido como “La Perla de los Balcanes”.

 

Si el tren en sí ya daba mala espina, pronto comprobamos que algunos de sus pasajeros no le iban a la zaga. Personajes salidos del casting de la próxima de Tarantino miraban nuestras mochilas con desmesurada alegría, algo que por otra parte ya encontrábamos habitual. Nos aposentamos en un compartimento con los madrileños, y en el vagón siguiente se adueñaron de otro los catalanes.

 

Entonces apareció el señor revisor. La noticia fue dura. Cuando el propio revisor te aconseja efusivamente que no te duermas por el número de robos que hay en ese tren, por algo será.

 

Y así fue como con un viaje de nada menos que 13 horas por delante, tomamos la determinación de que allí no se dormía ni dios, bajo amenaza de somanta de hostias al primero que relajase los párpados. También pensamos la posibilidad de establecer turnos de vigilancia, pero la propuesta no auguraba un buen futuro, teniendo toda la pinta de que terminaría con todos sobados, por lo que hubimos de escoger las medidas más drásticas.

 

Teniendo en consideración que nos habíamos levantado a las 7 de la mañana, para luego estar todo el día pateando Sarajevo, nuestra capacidad de resistencia no es que fuera la idónea para enfrentarnos a la larga lucha frente a Morfeo, siendo más apropiado definir nuestro aguante como: ninguno. Efectivamente, poco tardó un feroz sueño en hacer aparición, y el viaje no había hecho más que comenzar. Se sucedieron los paseos entre compartimento y compartimento, asomarse a la ventana para recibir el aire frío en la jeta, escribir el diario, leer un poco, jugar a las cartas… todo valía para intentar mantenernos despiertos, la tarea no era fácil.

 

Nuestro compañero inicial de compartimento daba mal rollo porque no dejaba de moverse, pestañear, rascarse la cara y mirar raro. Fue el primer sospechoso, la gente que viaja sin equipaje no da confianza ninguna. Sólo llevaba una riñonera consigo, en la que en nuestra paranoia colectiva vimos claro que llevaba sprays para gasearnos y desvalijarnos (los míticos robos de dejar traspuesto al personal con gas). No tardó mucho en ser apodado como “el gaseador hiperactivo”. Resolvimos responder con contundencia en cuanto le viéramos llevarse la mano a la riñonera. Si el tío llega a entender español lo hubiera flipado con la charla-coloquio que se había organizado en torno a su persona: “security, night trains & violence”.

 

Pasamos el tiempo intentando matar a una gigantesca polilla amenazadora y finalmente se bajó del tren (el gaseador, no la polilla, esta última acabó sus días pegada en el techo de nuestro vagón, si a alguien le interesa). Concluimos que al final el “gaseador hiperactivo” era buena gente aunque te pusiera nervioso con su sola presencia, y que no pretendía robarnos, aunque cualquiera sabe. Siendo de lo mejorcito que conoceríamos durante aquella larga noche, finalmente le sustituimos el apodo por el de “el buenazo”.

 

Las horas pasaban lentamente y la lucha contra el sueño era ya encarnizada. En esto apareció otro nuevo y extraño personaje en nuestro compartimento: un hombre calvo con cara de muñeco de cera, traje blanco y maletín se paró frente a nosotros haciendo un eterno giro de 360º en el que nos miró detenidamente uno a uno, con nuestro consiguiente acojono, y sin poder reprimir un “hostiasss”. No habíamos visto personaje tan aterrorizador ni en Cine de Barrio. Esta vez nuestro miedo se centraba más en la posibilidad de robo de nuestros queridos órganos que en lo puramente material, pero no le volvimos a ver por el vagón. Supusimos que en realidad era otro ente espectral como la puta loca de Korčula (nunca olvidaremos).

 

Más. Los tres sicarios. Tres chungazos con estética skinhead y bolsas de plástico de colores. Frecuentes paseos por nuestro vagón, ojos inyectados en sangre, brillo de colmillos. Tardó poco en venir el cabecilla a pedirnos dinero, el tío estaba a la última y te pedía el diezmo en monedas de 2 euros. Poco después la policía entró en una de las paradas tirando fuera al líder de los sicarios y a uno de sus secuaces con el tren en marcha, a lo peli de Indiana Jones. Sublime.

 

El último, y más pequeño pero no por ello menos temible enemigo que conocimos fue el apodado como “niño satánico”. Un pequeño cabrón que iba hasta las cejas de cafeína y que viajaba con una vieja chunga que no paraba de fumar. Lo del jodido niño era ya un descaro, pasando continuamente arriba y abajo por el vagón para comprobar si nos quedábamos dormidos, sosteniendo la mirada el hijo puta.

 

La guerra seguía su curso, y aquello parecía una película de Freddy Krueger, pesadilla en balcan train. No morías a manos de un loco con jersey feo, pero te desvalijaban. Todo el mundo sabía lo que pasaba en el tren. La tensa espera. Tú sabes que si te duermes, te roban. Ellos saben que tú lo sabes, pero también saben que antes o después caerás. Y tú sabes que ellos saben que tú lo sabes. Y podría seguir así eternamente pero prefiero ahorrar papel porque tampoco tiene mucho sentido esto.

 

Llegaron las seis de la mañana y amaneció. Puteados como nunca, tras 9 horas de viaje seguíamos alerta, pero la luz del día nos hizo relajarnos, y el tren parecía estar entonces más tranquilo. Ya no podíamos más y llevábamos bastante retraso; calculando por dónde iba el tren en aquel momento, la cosa iba ya para 15 horas, lo que significaban 6 horas más de viaje por delante. Habiendo aguantado ya todo lo humanamente posible, nos distribuimos en varios compartimentos y dormimos durante unas dos horas, al término de las cuales a Carlota de los catalanes le habían robado la mochila pequeña con todo: billete, cámara, móvil, tarjetas, documentación…

 

Fue un inmenso putadón de los que te estropean el viaje, sin embargo admiro la entereza con que se lo tomó ella dentro de lo jodida que evidentemente estaba. Yo estoy seguro de que me lo habría tomado mucho peor en su lugar. Semanas después de regresar del viaje me enteré de que no fue la última víctima de “la perla”, el día anterior le habían robado en el mismo tren la cámara a Julia, de las chicas con las que estuvimos en Mostar. Una joya de tren.

 

Como espero que este diario sirva también para los que se decidan a aventurarse en un futuro por las europas, aprovecho para dar un par de maravillosos briconsejos para evitar robos, precauciones que siempre he seguido sin tener percances. Durante todo el interrail, pero más en estos nocturnos es imprescindible utilizar riñonera interior. Además conviene meter la mochila “de mano” dentro de la grande durante el viaje, ya que cuando van a robar siempre van a por éstas. Saben que es donde sueles tener las cosas de más valor, y las grandes pesan y cuesta mucho más abrirlas. Yo cuando no quería guardarla lo que hacía era utilizarla de almohada atando los brazos a las correas. Es un coñazo cuando te vienen a pedir el billete porque lías el pifostio para desatarte y sacar las cosas, pero de paso te echas unas risas y practicas escapismo.

 

Tras enterarnos del incidente, buscamos por todo el tren, pero quien hubiera robado la mochila ya debía de haberse bajado. A día de hoy seguimos sospechando que el autor del crimen fue el niño satánico hijo puta. Queda pues añadido a la lista de nuestros archienemigos europeos, que voy redactando porque algún día me pienso vengar a lo Kill Bill. Los yonkis de Carcassonne, el chungo de Budapest, la loca espectral de Korčula y ahora, el niño satánico. Supervillanos del siglo XXI.

 

Tras 15 horas de viaje, llegamos por fin a Budapest, con todas nuestras pertenencias y órganos intactos, aunque destrozados. Descendimos de aquel tren, que ya habíamos bautizado convenientemente. Nunca nos olvidaremos del Sarajevo-Budapest. Sobrevivimos a la Perla de los Balcanes.

 

 

 

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Este capítulo está dedicado a mi amiga Carlota, la gran

damnificada de la Perla de los Balcanes. Va para ella.

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22 de Julio de 2006. Día 17.

CAPÍTULO VIGÉSIMO QUINTO:

“LAS AGUAS TERMALES NO CURAN RÓTULAS”

 

Aún conmocionados tras el viaje a bordo de la Perla de los Balcanes, nos reagrupamos todos en la estación de Keleti. Los catalanes fueron a comisaría a denunciar el robo y nos despedimos de los madrileños, que continuaban su viaje hacia Bratislava para poner fin a su inter-rail.

 

Llamé por teléfono al albergue que tenían reservado los catalanes a ver si había sitio, pero estaba completo y al final nos llevaron en minibús a uno de Buda que buscamos a través del puesto de información. Con el retraso del tren, habíamos perdido la mañana entera, así que sin perder tiempo dejamos las mochilas para empezar nuestra segunda visita a Budapest.

 

Nos dirigimos hacia el Danubio, viendo en la orilla opuesta el imponente edificio del Parlamento, uno de los monumentos más admirados de la capital húngara. Recorrimos la orilla del río y atravesamos el Puente de las Cadenas, otro símbolo de la ciudad. Una vez en Pest, necesitábamos con urgencia encontrar algo para comer, eran ya más de las 4 y el hambre acuciaba, mas no encontrábamos nada que pudiésemos pagar.

 

Pero las fuerzas del mal disponen de múltiples sendas por las que atraer a los incautos a su reino de eterna oscuridad. Y así fue como acabamos en un Burger King. Engullimos agradecidos aquella masa insabora a la que llaman menú y continuamos nuestro camino hacia el parque principal de Budapest, donde se encuentran los baños Széchenyi, la merecida recompensa tras el duro viaje. Estos baños son unos de los más antiguos y los más grandes de Europa. Tienen tres piscinas de aguas termales al aire libre e infinidad de jacuzzis, baños y saunas en el interior.

 

Antes pensaba que todo esto de baños turcos y aguas termales era una mariconada y un enredo. Cuán equivocado estaba, vaya puta maravilla. Cada una de las tres piscinas de fuera tenía una temperatura, pero la que triunfaba era la de 37 grados. Aquello era el paraíso. Podías ponerte debajo de unos chorros que te daban en la espalda, tan sufrida ella de cargar con la mochila a lo largo de tantos días, y joder si se agradecía. También había lo que definimos como movidas submarinas, que eran unos chorros que salían del suelo de la piscina, para deleite de nuestros destrozados pies.

 

Un rato en remojo, y te quedabas como nuevo. Al salir de la piscina parecía que te habías fumado cuatro porros, el bajón de tensión que te pegaba allí dentro era brutal, era todo relajación. De hecho había un cartel que para prevenir jamacucos avisaba de que no estuvieras más de 20 minutos seguidos en el agua.

 

Por cierto, que el Alex es un chungo y se bañó en gayumbos y llevándose de toalla la sábana del albergue porque había perdido la suya.

 

Después de sucesivos baños en la piscina resucitadora, donde invertimos la mayor parte del tiempo, fuimos a la sauna. Ahí me acojoné al abrir la puerta y recibir la bofetada de calor, e intuyendo una muerte instantánea me quedé fuera mientras Alex se suicidaba un poco.

 

El precio de los baños va por tiempo, así que después de dos horas nos dimos por satisfechos y nos fuimos hacia el albergue de los catalanes, donde habíamos quedado con ellos después de que solucionaran los papeleos con el consulado y demás. Las aguas termales serían todo lo medicinales que ellas quieran, pero lo cierto es que mi pierna seguía jodida, y lo noté especialmente en la caminata que nos dimos en aquel momento.

 

Nos reunimos por fin con los catalanes y después de deambular un poco por Pest, encontramos un sitio para cenar. Platos buenos y generosos, pivo de medio litro… como toda cena debiera ser, como toda cerveza debiera ser, y por no muchos florines. Éramos todo felicidad después de la relajación de los baños y la frugal cena, pero llegó el momento de desperdirnos de Laura, Carlota, Ona, Esther y Carles, con los que habíamos compartido muchos encuentros en distintos países a lo largo del inter-rail. Allí se separaron definitivamente nuestros caminos.

 

Medio muertos tras el largo día, cogimos el autobús hacia el albergue. El viaje ya estaba en su recta final, pero aún quedaban días por delante, sitios que conocer, historias que vivir. El inter-rail continuaba. Siguiente destino: Eslovaquia.

 

 

 

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El Parlamento y yo

 

 

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Alex con el Puente de las Cadenas

 

 

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Los baños Széchenyi

 

 

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En la plaza de los Héroes

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ala fish! yo estuve en el mismo balneario...XD, qué recuerdos... Sarajevo, Mostar.... me haces recordar mi inter, y me traen tan buenos recuerdos... :bye2:

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