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jajaja tampoco es tan corto, lo que pasa que normalmente los escribo más tochos y os malcrío :bleh:

 

Si es que he tenido que partir el día en dos capítulos, porque yo intento resumir, pero luego me empiezo a enredar y mi capacidad de síntesis es nula.

 

Mañana pongo el siguiente :wub:

¿Para qué quieres tener capacidad de sintesís? No sabes lo que disfruto yo leyendo estas parrafadas, y creo que no soy el único.

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¿Para qué quieres tener capacidad de sintesís? No sabes lo que disfruto yo leyendo estas parrafadas, y creo que no soy el único.

No eres el único no, yo también te sigo de cerca! :bleh: Y también tengo ganas de ver alguna foto de Dubrovnik, las que hayas podido recuperar. Porque vaya putadón. Me llega a pasar a mí y muero, porque yo fui tan confiada y no descargué las fotos ni una sola vez :wub:

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19 de Julio de 2006. Día 14 (parte II).

CAPÍTULO VIGÉSIMO:

“DUBROVNIK Y EL COLCHÓN DE LOSAS”

 

Nos encaminamos hacia la parte antigua, o Stari Grad, de la imponente ciudad de Dubrovnik. Bordeamos el puerto y subimos por largas y empinadas calles que nos condujeron a las inmensas murallas que rodean el casco antiguo. Aquella primera visión de la ciudad fortificada desde lo alto de la colina resultaba impresionante. Sin lugar a dudas el complicado camino que habíamos recorrido para llegar a aquella región del sur de Dalmacia había merecido la pena.

 

Croacia volvía a sorprendernos de nuevo. Dubrovnik es una de las ciudades más bellas de Europa y es ahora la más visitada de Croacia. Ésa era la pega, la excesiva masificación turística le robaba encanto a la preciosa ciudad.

 

El mochilero debe ganarse Dubrovnik. Debido a las inexistentes líneas férreas para llegar al sur de Croacia, no hay interrail que valga, sólo se puede llegar en autobús o ferry tras largas horas de viaje. Así que en cierto modo jodía ver a toda aquella masa de turistas invadir la ciudad, que llegan directamente del aeropuerto a hacerse las fotos y comprar los souvenirs y no aprecian dónde están.

 

Es el turismo de postal, el del fly & destroy, al que tan poco aprecio tengo. Que no se me malinterprete, nosotros también éramos turistas, pero es distinto. En este mundo hipócrita de la tolerancia de moda, en la que toda actitud debe ser respetada porque sí, se me dirá que no puedo criticar algo que yo también hago y que esa forma de viajar es tan respetable como cualquier otra. No me queda más que responder que el que piense esto no se ha enterado de la misa la mitad. Aclaro, no es lo mismo viajar que hacer turismo, tal como se entiende éste hoy día.

 

El tipo de turista al que me refiero es aquél que no viaja por el ansia de conocer, sino por hacerse la foto que enseñar a la vuelta de las vacaciones, aquél que se dirige cual miembro de un enorme rebaño a ver el museo o monumento de turno sin tener ni puta idea de por dónde anda ni de qué es lo que está viendo. Es aquél que no sabe ni le importa saber acerca de la historia o cultura del sitio que visita, él se justifica diciendo que está de vacaciones, y su cerebro parece que también. Es el turista que no se adapta a dónde va, sino que adapta el entorno a sí mismo, creando indirectamente allá donde va su pequeña colonia repleta de restaurantes, hoteles y tiendas de souvenirs. Destruyendo.

 

Es evidente que la masificación turística atrae el dinero, y éste a su vez la destrucción del encanto del lugar. Hay muchos ejemplos de esto en España, aquí somos reyes en eso del turismo de rebaño. Es claro que es éste el turismo que busca un país, es el que deja dinero a espuertas, y no el de los mochileros que comen de supermercado. Pero es triste ver cómo cambian lugares impresionantes para acomodarse a las exigencias del turista paleto de turno. Y para que no se me llame radical, diré que ojo, yo los respeto, pero que conste que son unos malditos hijos de puta.

 

Una vez más me aparto del género de la crónica para meterme en el ensayo, pero no he podido evitar verter aquí lo que pienso sobre esto, esperando aclarar de este modo el porqué de mis frecuentes referencias a los sucios turistas destructivos. Pero lo dejo ya, retomo la historia antes de que siga desvariando.

 

Cruzamos la antigua puerta que da acceso a la ciudad medieval, y paseamos entre el tumulto de gente que recorría la calle principal. Caminamos durante un rato por las relucientes calles enlosadas, el suelo del casco antiguo es todo de mármol y el reflejo de las luces durante la noche ofrece un panorama espectacular. El encanto de la ciudad no tiene igual, y su increíble estado de conservación la hace aún más impactante. A pesar de los bombardeos sufridos durante el asedio de las tropas serbias en 1991 y 1992, durante la guerra de los Balcanes, no se aprecian en absoluto los daños de la guerra en sus calles y edificios, tras los trabajos de restauración que se realizaron.

 

Después de un primer reconocimiento de la zona intramuros, nos sentamos durante un rato en la Fuente de Onofrio, en la plaza de entrada a la ciudad antigua. Mientras cenábamos unas extrañas ensaladas del Konzum, observábamos entretenidos cómo la gente se intentaba subir a una especie de poyo con forma de cabeza intentando mantener el equilibrio y nos reíamos de un pijo patoso que se estuvo durante una media hora intentándose subir sin dar muestras de desánimo alguno, sin éxito y estando a punto de desnucarse en sucesivas ocasiones.

 

Era cerca de medianoche, y el Stari Grad se llenaba de gente para salir por los numerosos bares de la zona. Una vez más nos encontramos con los madrileños, que yo había visto por última vez en Split un par de días atrás, mientras Alex hibernaba y yo me daba una vuelta por aquella ciudad.

 

Dimos vueltas por todo el casco antiguo, entrando en algún que otro garito de la zona, sin que nos convencieran mucho, hasta que un nota que no recuerdo de dónde salió nos habló de la archiconocida en Dubrovnik “Disco Latino Fuego”, que por lo visto era la hostia. Allí nos dirigimos, según nos contaron se ponía bien a partir de la 1, pero como había que pagar entrada esperamos prudentemente un rato hasta aquella hora punta para ver el percal que entraba allí.

 

Mientras estábamos en la puerta y asistíamos a un deplorable espectáculo propio de los relatos de Bukowski, observamos el escaso número de mujeres que entraba en la discoteca en comparación con el ingente número de nabos. La desafortunada estadística, unida al poco prometedor pachangueo que se escuchaba desde afuera y las pocas kunas que nos quedaban para aquel último día en Croacia, nos hizo darnos la vuelta.

 

Los madrileños se fueron entonces a su sobe, ellos cogían el mismo autobús que nosotros hacia Mostar, así que nos despedimos hasta la mañana siguiente. Nosotros no teníamos techo, así que nos quedamos deambulando por Dubrovnik. Caminamos a lo largo de las grandes murallas, que rodean el casco antiguo. Las altas y gruesas murallas, con una longitud de dos kilómetros de largo, eran espectaculares. Lamentablemente no pudimos subir a éstas porque no se puede acceder por la noche, pero nos contentamos con perdernos por las calles únicas de Dubrovnik, que a aquellas horas ya habían quedado vacías de turistas y podían verse en todo su esplendor.

 

Recorrimos la ciudad vieja en su totalidad, subiendo y bajando escaleras para alegría de mi rodilla lesionada, entre monumentales palacios góticos y lugares extraordinarios. Dubrovnik es una ciudad que merece la pena visitar a altas horas de la noche, puesto que es el único momento del día en que se puede ver con tranquilidad y disfrutar plenamente de sus incomparables calles, únicamente pobladas entonces de gatos y algunos borrachos. Las fotos que ilustran este capítulo no son muy buenas por la falta de luz, y le hacen escasa justicia a la belleza de Dubrovnik. Tomaríamos las mejores horas después, a la salida del sol, pero ésas pertenecen al siguiente episodio.

 

Terminamos nuestro recorrido nocturno llegando al Palacio del Rector, bello edificio gótico del siglo XV, ante cuyas puertas nos aposentamos. Allí dormimos, tirados sobre las duras losas que había junto a la puerta con las mochilas a modo de almohada. El sitio no es que fuera especialmente cómodo, pero eso sí, ahora puedo contar que dormí en un lugar emblemático como pocos, en plena ciudad medieval de Dubrovnik.

 

 

 

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Callejuela cualquiera de Dubrovnik

 

 

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Torreón de la inmensa muralla

 

 

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Torre del Reloj, al fondo de la calle Placa

 

 

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Palacio Sponza

 

 

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Sentado en la plaza desierta

 

 

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Nuestro alojamiento, en el Palacio del Rector

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Fish, me alegro de que vuelvas a coger ritmo escribiendo tu diario. Al que ya le deben de faltar pocos días. Que razón llevas en lo de los turistas borregos. Todavía me acuerdo de uno que ví este año en la playa de las catedrales en Galicia que no hacía más que criticar porque estaba todo en gallego, menudo borrego. Esta gente no valora lo que ven, van porque esta de moda, todo el mundo, hacen un poco el paripé con la foto de turno. No sé cuántos borregos al día harán la foto con la torre de Pisa sujetandola.

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Totalmente de acuerdo con tu critica constructiva sobre el turimo-rebaño que invade muchas ciudades.

 

Respecto a la visita de Dubrovnik de noche, no es la primera vez que lo leo ni que lo oigo, así que va cogiendo fuerza, para cuando decida ir por allí.

 

Las fotos del amanecer en la ciudad prometen, te esperamos

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Hey Fish, ves como ocurren milagros de vez en cuando:

y mi pierna sufrió una milagrosa curación por unos instantes en los que corrí como una gacela a miccionar en una callejuela no muy alejada

Si es que no hay nada como que la naturaleza se cure a si misma xDDDDDDDD

 

Y hablando de masificaciones, tienes parte de razón en lo q dices, deberían exterminar a los que van a un sitio sólo a hacerse la foto sin interesarse de lo que estan visitando. Yo en Venecia lo pasé fatal y no vi nada romántico, y eso que iba con mi pitufita, jejej, menos mal que callejeamos y entonces sí disfrutamos más de la ciudad, con sus rincones ocultos.

 

Ah! Carbayon, que pasa con Pisa?? Que yo NO me hice la de sujetar la torre pero SÍ la de apoyarme en ella (yo soy mas chulo q todo eso :D ) jejej, y eso no significa que sea un borrego, sino que me descojono de mi mismo. ;) A los que hay que vetar es a los malditos padres que llevan a sus hijos por la solana sin gorrito.

 

Bueno a seguir disfrutando de este diario!!!! Saludinessssssssss!

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Muchas gracias sócrates, todo un honor que te guste. ;)

 

Sobre los turistas-borregos, sabía que en un foro como éste, no me quedaría solo en mi opinión :bye2: Saludos a todos :D

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20 de Julio de 2006. Día 15 (parte I).

CAPÍTULO VIGÉSIMO PRIMERO:

“EL MUNDO ES UN PAÑUELO, ESTE AÑO TAMBIÉN”

 

Entre lo duro que estaba el mármol de Dubrovnik y los chillidos de los murciélagos que poblaban los viejos edificios, yo no pude pegar ojo. La ciudad estaba repleta de criaturas vampíricas que chillaban como posesas, como anunciando el fin del mundo o la venida del anticristo por lo menos. O eso me imaginé yo, mientras contemplaba con envidia como Alex podía dormir a pierna suelta, sin ajos ni crucifijos que le protegiesen y él tan tranquilo. Aquello era acojonante, yo creo que la cría de murciélagos está financiada por el ayuntamiento para acojonar al personal a modo de toque de queda, porque allí no quedaban más que ellos, nosotros y gatos salvajes asesinos.

 

Me levanté (que no es lo mismo levantarse que despertarse) poco antes de las seis de la mañana de aquellas losas duras como las piedras que eran. Acababa de amanecer, y las calles del Stari Grad estaban totalmente desiertas, relucientes ante aquellos primeros rayos de sol. Emprendimos la marcha hacia la estación de autobuses, impresionados ante las hermosas calles peatonales de mármol que ahora veíamos totalmente vacías y en todo su esplendor.

 

Lamentablemente, no pude disfrutar en demasía del inigualable emplazamiento. La mañana había comenzado de manera explosiva, las ensaladas del Konzum de la noche anterior habían hecho mella en mi sistema gastrointestinal, por lo que insistí en acelerar la marcha hacia la estación y dejarnos de mármol, murallas ni hostias.

 

Llegamos a la estación de autobuses, donde pagué las 3 kunas mejor invertidas de mi vida por entrar al servicio, y nos sentamos a esperar al autobús que nos llevaría a Mostar. Junto a nosotros se sentaron dos españolas, dándose una de las casualidades propias de nuestros inter-railes; encontrarse a alguien conocido en la otra punta del mundo. Ya ocurrió algo parecido el año anterior en Bélgica, esta vez en Croacia. Resulta que una de las chicas y Alex se conocían de antes del interrail. Son estos accidentes del azar que hasta acojonan.

 

El día no había hecho más que empezar, pero evidentemente estábamos bastante hechos polvo después de no dormir apenas (en mi caso sin el apenas). Confiamos en que nos tocase un buen autobús donde poder dormir todo lo posible, el billete tocho que teníamos así lo auguraba, daba confianza.

 

No fue así, tampoco nos sorprendió demasiado cuando apareció una tartana. Esta vez no nos libramos de pagar equipaje, el día anterior no habían cabido nuestras mochilas en el maletero y gracias a llevarlas arriba nos había salido gratis. Jode esta costumbre que tienen de cobrarte el macuto aparte cuando tú ya has pagado por tu billete, pero bueno, tampoco era mucho.

 

También aparecieron por allí los madrileños, y a las ocho de la mañana dejábamos atrás Dubrovnik. El viaje transcurrió entretenido, fuimos hablando con estas chicas, y después de pedirnos los pasaportes como medio millón de veces y pegar algunas cabezadas, cruzamos la frontera. Estábamos en Bosnia.

 

 

 

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La calle principal (Placa), desierta

 

 

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Torre del Reloj

 

 

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Murallas de Dubrovnik

 

 

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Dubrovnik, “la perla del Adriático”

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