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Pues la fiesta muy muy muy bien alberto mas que nada por ver a la gente y tal pq la comida daba pena, yo que mis padres se han dejao mas de 4 millones en ese colegio i despues que te den coca de verdura i truita de patata del dia antes y seguro que precocinada... (que malo soy)

 

En cuanto el botellon del maritimo yo tengo lagunas mentales que aun no he despejado pero da igual me lo pase bien que es lo que cuenta

 

El viaje en Barco debio estar guay, este año creo que tambien lo han exo asi yo fui en avion hasta milan y luego autocar tutto il tempo pero estuvo muy bien, no se si en montecatini os hicieron hacer de guardaespaldas pq les metian mano a las tias jeje nosotros tb casi nos pegamos...

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Yo no sé mucho de fútbol, pero creo que te refieres al estadio del Ajax.

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Pues ala, tercera y ultima parte... hasta el proximo viaje, claro.

 

Martes, 15 de marzo de 2005

El autobús nos lleva a Brujas, donde nos ofrecen una visita guiada por un individuo cuyo español, fuera de ser incomprensible, resulta bastante cómico. Preciosa ciudad, aunque tampoco me dice demasiado. A eso de las 3 nos sueltan para comer. Ana y yo encontramos un restaurante cojonudo, cuyo único inconveniente es que nos sirven agua con gas sin haberla pedido y además nos cobran 1’50 a cada una por un vaso.

Tiramos para Bruselas. De camino a la Grand Place, la profesora de lengua me agarra inesperadamente del brazo.

- Mira, eso es el Palacio de Justicia.

- Ahhh, muy bonito

- ¡Que no mujer, que es coña, es la Bolsa!

- Ahhh, qué bien

- Es que llevo una borrachera encima, que no distingo los canales de Tours, del barrio rojo de Brujas…

Sin comentarios. Vamos a cenar. Nos llevan a dar una vuelta por la ciudad y a comprar chocolate (¿seguro que vender algo tan delicioso no es delito?). Nos tiramos media hora larga parados delante de la estatua del Manneken Pis. El profesor de arte nos explica que el niño meón este es una representación del pícaro carácter belga porque, palabras textuales, "está jugando con su colita y eso le presta". Mientras tanto, el de psicología devora compulsivamente dos tabletas de chocolate, haciéndonos sospechar que el trauma de Manu le ha llevado a darse al cannabis y no a la bebida.

Última noche de hotel. Instalaciones de cuatro estrellas a 250 euros la noche. Pensamos pillarnos una borrachera de lujo. ¿El inconveniente? Por el camino la botella de Bacardi ha acabado estampada contra el suelo y un martini en el bar del hotel cuesta 12 euros. Nos dedicamos a intentar ver pelis porno en el canal de pago. Solo dura diez segundos antes de perder la imagen, pero hay dos cadenas, así que nos tiramos una media hora alternando entre un garrañón negro de proporciones colosales y una venus siliconada que se deleita en proezas imposibles ceñida en unas botas de vinilo dorado. Me pregunto por qué el papelillo de la parte trasera de mi cajetilla de Marlboro es diferente al español, y Ana afirma muy convencida que si juntas un quilo y los mandas a la empresa le regalan una silla de ruedas a un paralítico. Tras tres cuartos de hora de apasionada discusión sobre el particular, Ana hace mutis por el foro con su novio y los ocupantes de la habitación nos dormimos cual angelitos. Me despierto cerca de las tres. Ana no lleva pintas de aparecer, los compañeros de habitación parecen desconectados de la vida y en el canal internacional están entrevistando al presidente de Bulgaria, así que me fumo un cigarrillo y vuelvo a los brazos de Morfeo.

Miércoles, 16 de marzo de 2005

Me despierto a las seis y media en la cama del novio de Ana. Después de varios intentos infructuosos de hacer levantarse a la gente, decido tomarme un desayuno al estilo yonki: un cigarrillo y un par de tragos de cerveza. Faltan 20 minutos para el desayuno, así que he de irme a molestar a la parejita. Por suerte, sólo estaban durmiendo.

Llegamos a París bajo un sol resplandeciente, y sé que en esta ciudad siempre es verano. El guía nos explica que han protegido con cristales el último piso de la torre Eiffel por los suicidas, mayormente porque limpiar los restos espanzurrados daba bastante asquito. Supongo que tirarse desde el segundo no tiene el mismo glamour. De todos modos, con cristal o sin él sigue siendo una experiencia apasionante subirse allí arriba e imaginarse por un segundo que eres dueño de todo lo que ves.

Llamada de mi madre. "¿Qué haces en París?" "Mamá, vuelvo mañana"; "Ah, pensaba que era el viernes". Comemos bocadillos tirados al sol en el Campo de Marte. En el autobús, decido superar mi timidez y ponerme a jugar a las cartas con la gente del D, sin saber que había descubierto un vicio peligrosamente adictivo.

Si viviera en Montmartre, odiaría a los turistas. Sería mi barrio, mis pintores, mi parque donde tenderme al sol sin importarme que pensara la gente de mi aspecto. El Sacre Coeur sería mi iglesia, donde encontrar un rato de paz entre vidrieras y rosetones iluminados al atardecer, sin que nadie pretendiera cobrarme diez euros por encender una vela. Y mis vecinos pintores podrían dedicarse a pergeñar obras de arte, en lugar de desperdiciar sus horas retratando a alemanes con la boca abierta.

Atasco en el Bulevar Magenta. No podemos ver Notredame ni la Saint Chapellle. Y que más me da si tengo un trío y dos ases y en esta mano voy a dejar en bolas al capullo de Patako.

Visita panorámica desde el autobús. No me alcanza, yo quiero recorrer los 50 kilómetros de París perdiéndome por sus callejones, intentando averiguar los miles de historias que se esconden en ella, y que quizás se me aclaren si camino el tiempo suficiente. Medianoche frente a la torre Eiffel. Siento que no quiero marcharme, y me pregunto por la autenticidad de un sentimiento prefabricado e iluminado por el Ayuntamiento para obtener sustanciosos beneficios. Y me respondo que me da igual ser una oveja del rebaño, siempre que mi pastor me conduzca hacia París.

Jueves, 17 de marzo de 2005

Dormimos en el bus. A las siete me despierto con los tumbos del vehículo, y me percato de que extrañamente vamos en primera por la autopista. Diez minutos más tarde el vehículo se rinde en el arcén. Bienvenidos al Culo del Mundo. El paisaje se compone de mucha hierba, árboles y un lago. La fauna consta de procesionarias peludas de diez centímetros de longitud y, a juzgar por el tamaño de los excrementos esparcidos por el prado, también mamuts. ¿Infraestructuras? Una cabaña con váteres y duchas públicos atascados por una misteriosa sustancia negra. ¿Entretenimiento? Jugar a las cartas.

Al cabo de una hora tienen a bien informarnos de que el autobús se ha estropeado porque se confundieron con la gasolina . Han llamado a la central de Alsa en París, pero ninguno de los presentes tiene el nivel de francés suficiente para explicar la avería. Han intentado mandar un servicio de reparaciones de 24 horas, pero no dejan entrar a empresas privadas en la autopista. Están intentando enviar otro autobús desde Irún, si no lo consiguen tendremos que esperar al de Santander. Entretanto, la profesora de lengua saca existencias de porquerías comestibles varias y nos ofrece un desayuno pantagruélico. Tras casi tres horas de desesperación, Nacho y otro par de compañeros van a auxiliar al conductor con la maquinaria. Un pequeño puente en el motor, y la cosa parece que funciona.

El profesor de psicología nos anuncia que la empresa nos invita a una cena para compensar las molestias, y tardamos casi una hora en darnos cuenta de que era coña. Intentamos organizarla por nuestra cuenta, pero estamos demasiado cansados. Unas fábricas escupiendo humos extraños nos reciben en la entrada de Avilés; coño, mira, pero si yo vivía aquí. Discursos, despedidas, ya te llamaré, pásame las fotos.

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Menuda forma de condensar los tres últimos días del viaje...

 

He resultado una lectura muy entretenida. Me alegro de que al final te decidieras a poner el diario. :shock:

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